Por Fredy Muñoz Altamiranda

El 9 de abril pasado se cumplieron 76 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el político más popular que ha tenido Colombia.

En vida defendió como abogado la causa campesina frente al gamonalismo y le infundió a los “sin tierra” la esperanza de ser y de tener.

Representó a las víctimas de la “masacre de las bananeras”, un episodio oscurecido de nuestra Historia, en el que el ejército regular, al servicio de la United Fruit Company, masacró a más de tres mil obreros concentrados en la plaza principal de Ciénaga, en el departamento del Magdalena, y en los mismos trenes de sacar el banano hacia el Norte, los echó al mar; “un mar sucio y triste, al que no mira nadie” escribió Álvaro Cepeda Samudio” en su novela “La casa grande”.

Gaitán fue, sin ser militar o rebelde armado, el equivalente de lucha de Ezequiel Zamora en Venezuela, o de Emiliano Zapata, en México. Ha tenido, para las generaciones posteriores, el mismo efecto inspirador.

Después de su asesinato, el establecimiento latifundista y conservador persiguió desde el poder y salvajemente, cualquier expresión campesina que pidiera tierra y derechos.

Echados a plomo de sus parcelas originales, los gaitanistas en duelo partieron hacia las montañas más recónditas del ramal central de la cordillera de Los Andes, y fundaron aldeas libres.

Libres de las balas del latifundismo, del saqueo y de todo abuso característico de una era que, genéricamente, nuestra Historia recoge como “la Violencia”, con mayúscula.

Fundaron “Gaitania”, en honor al caudillo asesinado; Marquetalia, El Pato, Río Chiquito y Guayabero. Un cónclave de aldeas autorreguladas cuya mayor motivación fue la preservación de sus vidas y la existencia bucólica en paz.

Cuando el gobierno del conservador Guillermo León Valencia tuvo razón de la osadía de estos campesinos, que se distribuyeron entre sí tierras indómitas para plantar minifundios productivos, ordenar sus poblados alrededor de ríos y cuerpos de agua helados en las montañas, y sembrar maizales y crear ganaderías de subsistencia, ordenó en 1964 la Operación Marquetalia para desalojarlos.

Por tierra y por aire se combatió la osadía libertaria de este centenar de familias que desafió al Sistema en busca de autonomía y paz.

La mayoría de ellos murió en esa salvaje arremetida militar en la que participaron pilotos y asesores estadounidenses bajo la figura de plan LASO, Latinoamerican Security Operation, que luego se llamó Plan Colombia, y luego Plan patriota, y cambia de nombre según el ánimo intervencionista del momento.

Los que sobrevivieron fundaron guerrillas que el tiempo y las condiciones políticas han hecho prevalecer hasta hoy, y que se han tratado de desarmar con una docena de armisticios, de los cuales los herederos de aquellas luchas han salido siempre traicionados, asesinados, y resueltos a abrir otro capítulo de violencia.

Cuando miro los pétalos siguientes de la Flor de la Permacultura pienso siempre en la historia de aquellos campesinos de Marquetalia.

La lectura de la Flor dice que debemos tener la tierra y lograr un gobierno pequeño y común.

Esa gobernanza comunitaria administrará el terreno en función de las necesidades y capacidades de quienes lo reciban, y su trabajo deberá integrar organizaciones económicas colectivas, como las cooperativas, o cualquier otra forma de asociación productiva caracterizada por la democracia directa y el reparto equitativo.

Las finanzas y la economía deberán caracterizarse por crear sistemas monetarios locales, circulares y en función de la redistribución. Mercados locales para consumir lo que se siembra y sembrar lo que se consume.

Algunos textos sobre permacultura intentan acercarnos al Sistema, como si construir esta opción significara tener un pie en la rebeldía y otro en su condena. Proponen inversiones en la figura del Comercio Justo y otros disfraces de la especulación financiera. No es posible vivir esas dos vidas.

La Permacultura es rebelión. Irrumpe pero funda, concilia y crea. Y no podemos crear siendo alimentados por lo que queremos destruir. El capitalismo y su mecánica extractivista viven siempre monetarizando a la naturaleza, no pueden ser sino objetivo de nuestra lucha en esto de aplazar la extinción.

Por eso si ya sembraste un huerto, si tienes una tierra, si usas energía solar o eólica, si te desconectaste del apremio consumista del centro comercial o el supermercado, lo que sigue es la organización y la rebelión.

¿Como hacerlo? No está escrito. Habrá que ir sembrando, conversando, aprobando y escribiendo, pero siempre insurgiendo.

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