Por Rodrigo Velásquez Ángel
Supongamos que Colombia es un computador y que, como todo computador, tiene un sistema operativo que hace posible que lo demás funcione. Lo que no puede fallar dentro de un sistema operativo es la gestión de recursos básicos, la estabilidad del núcleo y la capacidad de coordinar todo sin que el sistema colapse.
La cultura -más exactamente la cultura ciudadana- es el conjunto de valores, comportamientos, símbolos y reglas no escritas que permiten la sana convivencia entre ciudadanos y hacen posible el funcionamiento de una nación. En términos simples, es el sistema operativo de una nación.
Un país puede tener infraestructura, instituciones y recursos, pero si no existe una cultura ciudadana sólida que garantice confianza, respeto por las normas, cooperación y reconocimiento del otro, el sistema comienza a fallar.
Sin cultura ciudadana no hay seguridad sostenible, porque ninguna cantidad de fuerza pública reemplaza la autorregulación social. No hay prosperidad económica, porque la confianza es el activo invisible de los mercados. No hay salud pública efectiva, porque depende de comportamientos colectivos. Y no hay democracia sana, porque el debate termina degradándose en agresión y deslegitimación del adversario.
Colombia enfrenta hoy un deterioro visible de ese sistema operativo. El matoneo convertido en espectáculo, el vandalismo normalizado, la tensión en el espacio público y en el discurso político, y la incapacidad creciente para debatir sin destruir al otro son señales de una erosión cultural profunda.
Este deterioro no apareció de la noche a la mañana. Durante décadas, la cultura del narcotráfico introdujo valores como el dinero fácil, la ostentación, el desprecio por las normas y la violencia como vía de ascenso (más tarde esas formas y recursos sustentarían proyectos políticos regionales como el narco-comunismo). Luego se profundizó la cultura de la corrupción que permeó distintos niveles de la vida nacional, debilitando el mérito y normalizando el atajo, con un impacto directo en la confianza social. Más recientemente, resultado del estallido social, la polarización política y las narrativas de lucha de clases han profundizado las fracturas sociales, debilitando la posibilidad de reconocerse como un proyecto común.
Frente a panoramas desolados como el descrito, Colombia ya conoció una respuesta: Antanas Mockus entendió en los años noventa que muchos problemas de Bogotá no se resolvían solo con normas o sanciones, sino interviniendo el sistema operativo de la ciudad. No se trataba de reiniciar la sociedad, porque un país no puede perder su memoria sin perderse a sí mismo, sino de corregir y reorganizar sus reglas de convivencia para que el sistema volviera a funcionar. A través de pedagogía, símbolos y corresponsabilidad ciudadana, logró transformar comportamientos colectivos. Si ese milagro fue posible en Bogotá, también lo será en la Patria.
El desafío del próximo gobierno, como punto de entrada al siglo XXI en términos reales, no es solo económico o institucional. Es cultural. Se trata de impulsar una transformación basada en la historia compartida, la educación, los valores, el civismo, la confianza institucional, la ética pública, el respeto por la ley, el mérito, la creatividad y el sentido de lo común.
La pregunta no es qué cultura debemos imponer, sino qué sistema cultural permite que la sociedad funcione mejor.
La recuperación de Colombia no comenzará únicamente en las instituciones. Comenzará cuando entendamos que la cultura ciudadana no es un complemento del Estado, sino su infraestructura invisible. No necesitamos instalar un país nuevo. Necesitamos una reinstalación del sistema operativo cultural de la Nación. Ese será el Renacimiento de Colombia.
(*) Magister en Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
