Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
La declaratoria de las Fiestas de Independencia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación abre el tercer gran capítulo de una ciudad que ha marcado la historia de Colombia durante casi cinco siglos.
Cartagena no es solamente una ciudad patrimonial. Es, probablemente, el ecosistema patrimonial más completo de Colombia. En ella convergen casi cinco siglos de historia, arquitectura, tradiciones, herencias indígenas, africanas e hispánicas, memoria republicana, vocación caribeña y proyección internacional. Esa riqueza no nació de un solo acontecimiento ni puede explicarse a partir de un único monumento. Es el resultado de una ciudad cuya historia parece avanzar mediante grandes puntos de inflexión que, una y otra vez, han terminado influyendo en la construcción del país.
El primero ocurrió en 1533, cuando la ciudad fue fundada sobre una bahía destinada a convertirse en una de las principales puertas del Atlántico americano. El segundo llegó en 1811, cuando Cartagena proclamó la independencia absoluta y abrió uno de los caminos que conducirían al nacimiento de la República. El tercero comienza hoy, con el reconocimiento de las Fiestas de Independencia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. No porque una declaratoria transforme por sí sola la realidad, sino porque invita a reconocer algo que durante mucho tiempo ha permanecido frente a nuestros ojos sin ser plenamente comprendido: Cartagena constituye uno de los mayores activos culturales de Colombia.
La historia nacional ofrece una coincidencia reveladora. Algunos de los grandes símbolos de Colombia terminaron consolidándose en Bogotá, pero encontraron parte de su inspiración en Cartagena. Rafael Núñez escribió originalmente la letra del Himno Nacional como una oda a la Independencia de Cartagena antes de que se convirtiera en la voz de toda la República. Años después, el mismo Núñez lideró la Regeneración que dio origen a la Constitución de 1886. Bogotá fue el escenario institucional de aquellas obras; Cartagena fue una de sus fuentes intelectuales. Quizá aún no hemos dimensionado cuánto de la colombianidad comenzó a tomar forma en esta ciudad abierta al Caribe.
Hace unos días, en la columna «Ministerio de Cultura en Cartagena. ¿Por qué no? 500 años de poder cultural», proponíamos mirar a la ciudad desde una perspectiva distinta: no como un territorio que reclama privilegios, sino como uno que, después de casi cinco siglos de acumulación histórica, cultural e institucional, reúne condiciones excepcionales para ejercer un liderazgo nacional en materia de patrimonio y cultura. Este nuevo reconocimiento no cierra aquella conversación; la vuelve más pertinente.
Cinco siglos de historia no producen únicamente memoria; producen capacidades. Producen conocimiento acumulado, instituciones, redes, archivos, tradiciones de investigación, símbolos compartidos y una densidad cultural que pocas ciudades colombianas poseen. Esa acumulación constituye precisamente un ecosistema patrimonial: un sistema vivo en el que monumentos, fiestas, archivos, universidades, comunidades, expresiones artísticas y memoria colectiva se fortalecen mutuamente. A ello se suma una condición excepcional: Cartagena es también el principal escenario colombiano para festivales internacionales, encuentros literarios, musicales y cinematográficos, congresos, foros económicos y culturales, y grandes eventos que reúnen a Colombia con el Caribe, las Américas y el mundo. Pocas ciudades del continente reúnen con tanta naturalidad el patrimonio del pasado, la creación artística del presente y las conversaciones que ayudan a imaginar el futuro. Su patrimonio no permanece inmóvil; dialoga permanentemente con el presente.
Porque el patrimonio no vive de las conmemoraciones. Vive de las instituciones.
Las declaratorias reconocen. Las instituciones desarrollan.
Si este reconocimiento termina reduciéndose a unas fiestas más vistosas cada noviembre, Colombia habrá entendido muy poco del alcance de la decisión que acaba de tomar. El patrimonio exige investigación permanente, documentación rigurosa, archivos abiertos, formación especializada, cooperación internacional, innovación y políticas públicas capaces de transformar la memoria en conocimiento, el conocimiento en desarrollo y el desarrollo en identidad compartida.
Quizá el mayor descubrimiento pendiente de Colombia no se encuentre bajo el mar, como el galeón San José, ni oculto en la selva, como Chiribiquete. Tal vez esté a plena vista. Bajo las murallas de Cartagena conviven la memoria indígena, la expansión atlántica, la herencia africana, el mundo hispánico, las rutas comerciales, la construcción republicana, la tradición caribeña y buena parte de los procesos que terminaron dando forma a la identidad colombiana. No necesitamos inventar un nuevo patrimonio; necesitamos comprender plenamente el que ya existe.
Cartagena nunca ha pertenecido únicamente a Colombia. Desde el siglo XVI ha sido uno de los grandes puertos políticos, comerciales y culturales de las Américas, punto de encuentro entre Europa, África y el continente americano. Su historia trasciende las fronteras nacionales porque en ella confluyen procesos que marcaron buena parte de la construcción del mundo atlántico y de la identidad del Caribe. Pensarla únicamente como patrimonio colombiano es comprender solo una parte de su verdadera dimensión histórica.
Esa complejidad convierte a Cartagena en un laboratorio natural para el país y en una plataforma de cooperación para las Américas. No para competir con Mompox, San Basilio de Palenque, Popayán, el Pacífico, la Amazonía o cualquier otro territorio patrimonial, sino para desarrollar modelos de investigación, conservación e innovación que fortalezcan el conjunto del sistema cultural colombiano y proyecten esa experiencia hacia el Caribe y el continente. Las grandes políticas públicas suelen nacer allí donde los desafíos son más complejos.
La coyuntura nacional hace aún más pertinente esta reflexión. Colombia avanza hacia una mayor descentralización y un fortalecimiento del papel de las regiones. En ese contexto, también resulta legítimo preguntarse si ha llegado el momento de descentralizar parte del liderazgo cultural del país. Más importante que trasladar una institución es construir una arquitectura capaz de aprovechar plenamente el extraordinario ecosistema patrimonial que Cartagena ha consolidado durante casi cinco siglos.
Esa arquitectura debería trascender la lógica de un evento anual. El nuevo estatus patrimonial reclama centros de investigación, observatorios del patrimonio, archivos digitales, programas especializados de formación, laboratorios de innovación cultural, redes internacionales de cooperación y una estrategia de diplomacia cultural que proyecte a Colombia desde uno de sus mayores activos históricos. Las Fiestas de Independencia podrían dejar de ser únicamente el momento en que Cartagena celebra su historia para convertirse también en el espacio donde Colombia dialogue con el Caribe, las Américas y el mundo sobre patrimonio, identidad, memoria e innovación cultural. Las grandes naciones no solo tienen lugares donde celebran su cultura; también tienen lugares donde la estudian, la investigan y la proyectan.
No deja de ser significativo que esta reflexión se publique un 20 de julio. La historia suele concentrar la mirada en Santafé y en el grito que inició el camino hacia la independencia. Sin embargo, la República fue una construcción territorial en la que Cartagena desempeñó un papel decisivo desde 1811 hasta la consolidación del nuevo Estado. Tal vez ese sea también el mensaje para nuestro tiempo. Así como la libertad se construyó entre las regiones, la Colombia del siglo XXI está llamada a construir desde ellas su liderazgo cultural.
Hace unos días preguntábamos: ¿por qué no Cartagena? Hoy la historia devuelve una pregunta todavía más exigente. Si el país acaba de reconocer oficialmente uno de sus mayores activos culturales, ¿por qué no construir precisamente allí una institucionalidad capaz de investigarlo, preservarlo y proyectarlo hacia Colombia, el Caribe y el mundo?
Quizá esa sea también una forma de entender la independencia. No como un acontecimiento concluido hace más de dos siglos, sino como una obra que cada generación está llamada a completar. En el siglo XIX, Colombia conquistó su libertad política. El desafío del siglo XXI consiste en convertir su extraordinaria diversidad cultural en una fuente de conocimiento, desarrollo y proyección internacional.
Los grandes puertos no solo reciben barcos; también dispersan ideas. Durante casi cinco siglos, Cartagena conectó continentes, culturas y civilizaciones. Hoy puede volver a cumplir esa vocación, no como la puerta de un imperio, sino como uno de los grandes laboratorios culturales de las Américas: un lugar desde donde Colombia investigue, piense y proyecte uno de sus mayores activos históricos hacia el Caribe y el mundo. Si esa tarea encuentra en Cartagena uno de sus principales escenarios, esta declaratoria dejará de ser un reconocimiento simbólico. Será recordada como el momento en que Colombia decidió convertir casi cinco siglos de patrimonio en una política de Estado con proyección continental y vocación de futuro.
(*) Rodrigo Velásquez Ángel es magíster en Asuntos Internacionales y comunicador social | Universidad Externado de Colombia.
