Por Rodolfo Díaz Wright
Cartagena parece haberse acostumbrado demasiado a la resiliencia. Esa capacidad de adaptarse a lo adverso terminó convertida en resignación, en silencio frente a lo que perturba y molesta. Y lo más grave: frente a un personaje que ha hecho de la ofensa y la calumnia su oficio cotidiano.
Este individuo no respeta nada ni a nadie. Se autoproclamó paladín anticorrupción sin credenciales, sin pruebas, sin autoridad moral. Basta con que señale a alguien de ladrón o corrupto para que lo repita como verdad, aunque jamás presente evidencia. Su vida entera consiste en insultar, humillar y atacar, y lo hace con total impunidad.
Las denuncias se acumulan, las tutelas lo obligan a retractarse, pero nada cambia. Retractarse se volvió rutina, como si fuera un trámite más. Ha pasado de atacar enemigos a esposas, padres, hijos, colegios y hasta elecciones estudiantiles. Nadie se salva de su dedo acusador.
La pregunta es: ¿hasta cuándo Cartagena va a soportar este ruido? La ciudad necesita paz, armonía, trabajo serio y colaboración de quienes quieren construir futuro. No puede seguir hipotecando su tranquilidad a un personaje que solo genera malestar.
Es hora de un reproche social firme. Que se le diga con claridad que lo que hace no está bien, que el único que cree en su cruzada es él mismo. Cartagena no puede seguir siendo rehén de un discurso vacío y destructivo. La resiliencia no debe confundirse con aguantar lo inaguantable.
La ciudad merece respeto, merece calma, merece avanzar sin este lastre. Y la sociedad tiene que pronunciarse ya.
Urge la voz de la educación
En relación con el último de los temas que se suscitan en la ciudad con una comunidad educativa en particular es hora de que los centros educativos se pronuncien. Que rechacen tajantemente este tipo de intervenciones injustificadas e inapropiadas, prohibidas por la ley. El rechazo debe ser total contra el matoneo, el bulling y el constreñimiento contra estudiantes, padres de familia y directivas no puede ser tolerado como otro de los ataques de este señor.
Los colegios, las instituciones educativas y la Secretaría de Educación deben alzar la voz. Deben convertirse en voceros de los jóvenes, de los padres y de la sociedad en general para ponerle fin a esta situación que amenaza con corroer la convivencia cartagenera.
Llegó la hora de iniciar un movimiento serio y contundente. No sabemos hasta dónde puede llegar este personaje con su forma baja y rastrera de demostrar su incapacidad de vivir en sociedad. La educación, como columna vertebral de cualquier ciudad, no puede permanecer en silencio. Cartagena necesita que sus instituciones se planten con firmeza y digan: basta ya.
