Gianni Infantino, presidente de la FIFA, apareció sonriente y muy cómodo en la posesión de Abelardo de la Espriella. Su presencia fue interpretada como un gesto de respaldo institucional, un símbolo de la importancia del fútbol en la vida pública y la propuesta para la nueva versión del mundial de fútbol. Sin embargo, cuando la calamidad golpeó al país, ese mismo Infantino parece haberse esfumado. No hay pronunciamientos, no hay gestos de solidaridad, no hay acción concreta.
La conclusión es inevitable. Vino por intereses de la entidad, no por compromiso con la sociedad. La FIFA, que se presenta como una multinacional del deporte con alcance global, tiene a su disposición mecanismos como el Fondo Humanitario de su propia Fundación. Ese recurso podría aliviar la crisis, tender puentes de ayuda y demostrar que el fútbol no es solo espectáculo, sino también responsabilidad social. Pero hasta ahora, silencio.
El problema no es la ausencia física de Infantino, sino la ausencia moral de la institución que representa. Porque no basta con posar en ceremonias y aparecer en fotos; las organizaciones se legitiman en la acción, en la capacidad de responder cuando la gente más lo necesita. El fútbol mueve pasiones, pero también mueve recursos. Y esos recursos deben ponerse al servicio de la humanidad, no solo de los estadios.
La FIFA no puede seguir escondiéndose detrás de su maquinaria mediática. El fútbol es un fenómeno cultural que atraviesa fronteras y une comunidades, pero esa fuerza se convierte en vacío cuando sus dirigentes se limitan a aparecer en actos protocolarios y se ausentan en los momentos de crisis. Infantino representa esa contradicción: un líder que se muestra en la foto, pero que se borra cuando la realidad exige compromiso.
El país necesita más que discursos y ceremonias. Necesita que las instituciones globales como la FIFA actúen con coherencia, que el Fondo Humanitario de su Fundación se traduzca en ayuda concreta y que el poder del fútbol se ponga al servicio de la gente. Porque si el fútbol es capaz de llenar estadios y mover millones, también debe ser capaz de tender la mano cuando la sociedad lo reclama. Esa es la verdadera prueba de liderazgo, y es la que Infantino y la FIFA aún tienen pendiente.
Hoy es el momento de exigir a la FIFA que se sienta de verdad, que deje de ser pantalla y asuma su papel como actor social. Porque ni las instituciones ni los hombres pueden vivir solo de imagen: la verdadera grandeza se mide en el compromiso con quienes sufren.
