Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Tolstói: el escritor que convirtió la Historia en experiencia humana.
Hay libros que intimidan antes de abrirlos. Los intimida el nombre, la extensión, la antigüedad, la fama, la dificultad que otros lectores les atribuyen. Los intimida incluso aquello que sabemos de ellos antes de leerlos: cientos de personajes, nombres que no conocemos, lugares que nunca hemos visitado, guerras que ocurrieron hace siglos y páginas que parecen exigirnos una constancia que no estamos seguros de tener.
Guerra y paz es uno de esos libros.
Lev Tolstói construyó una novela poblada por centenares de personajes, organizada en quince libros y dos epílogos, que atraviesa varios años de la sociedad rusa durante las guerras napoleónicas y tiene como telón de fondo uno de los períodos más convulsos de la historia de Rusia.
Pero ocurre algo curioso.
Cuando finalmente se da el primer paso, Tolstói puede resultar mucho menos intimidante de lo que imaginábamos. La literatura rusa tiene fama de ser densa y exigente, especialmente cuando pensamos en Dostoyevski, Turguénev o Gógol. Tolstói, en cambio, consigue algo extraordinario: llevarnos a un mundo inmenso a través de personajes que, aunque pertenecen a otra época y a otra sociedad, nos resultan reconociblemente humanos.
Y ahí comienza la recompensa.
Porque Guerra y paz no es solamente una de las grandes novelas de la literatura universal. Es también un extraordinario laboratorio para observar algo que hoy nos cuesta cada vez más comprender: la complejidad de la sociedad.
Hoy hablamos de pensamiento sistémico, redes, interdependencia, actores, comportamiento colectivo, incertidumbre y sistemas complejos. Hemos desarrollado incluso formas de representar esas conexiones: puntos, relaciones, redes y grafos. En otras palabras, hemos construido un vocabulario para intentar explicar por qué una sociedad produce resultados que ningún individuo, por poderoso que sea, puede controlar completamente.
Ni siquiera Napoleón, cuya imagen como hombre capaz de dirigir el curso de la Historia Tolstói se atreve a poner en cuestión.
Tolstói no utilizaba el lenguaje con el que hoy intentamos explicar la complejidad. Pero la literatura puede llegar a esas intuiciones por otro camino: observando cómo las personas, sus relaciones y las circunstancias producen resultados que nadie controla por completo.
Y ahí empieza nuestra Lectura Aplicada.
Guerra y paz, del escritor ruso Lev Tolstói (1828–1910), comenzó a publicarse por entregas en 1865 y apareció completa en 1869. Ambientada en las guerras napoleónicas, especialmente en la invasión francesa de Rusia de 1812, la novela es mucho más que una historia de guerra: es el retrato de una sociedad entera enfrentada a la Historia.
Tolstói no se concentró únicamente en emperadores, generales y grandes batallas. Puso en escena familias, soldados, campesinos, funcionarios, aristócratas y personas comunes; siguió sus conversaciones, sus amores, sus conflictos y sus decisiones mientras recorrían ciudades, caminos, campos y territorios atravesados por la guerra.
La geografía tampoco era un simple escenario: condicionaba los movimientos, las posibilidades y los encuentros mientras, alrededor de ellos, la Historia avanzaba.
La Historia deja de ser solamente una sucesión de acontecimientos y se convierte en algo que les ocurre a personas de carne y hueso.
El mapa de una sociedad. ¿Quiénes están ahí?
Los Rostov, los Bolkonski, los Bezújov, los Kuraguin y cientos de personajes más ocupan posiciones distintas dentro de una misma sociedad: tienen diferentes recursos, intereses, valores, relaciones y expectativas.
Tolstói nos recuerda que una sociedad no es una masa uniforme. Es un entramado de personas y grupos que ven la misma realidad desde lugares diferentes.
Esa es una primera herramienta para cualquier organización: identificar a los actores no basta; hay que comprender qué busca cada uno y desde dónde interpreta la realidad.
El mapa de las interacciones. ¿Qué ocurre entre ellos?
Una decisión de Pierre puede afectar a Natasha. Una conversación puede modificar una relación. Una orden militar puede cambiar el destino de cientos de personas. Una decisión tomada en la corte puede terminar repercutiendo sobre alguien que jamás conocerá al emperador.
La sociedad no está hecha solamente de individuos, sino de relaciones que producen consecuencias.
La teoría de grafos ofrece una forma sencilla de representar esa realidad: puntos conectados por relaciones. Hoy esta manera de pensar resulta fundamental para estudiar redes sociales, sistemas complejos y también para comprender buena parte de la inteligencia artificial.
Por eso un organigrama tampoco cuenta toda la historia de una organización. Muestra la autoridad formal, pero no necesariamente quién influye, quién conecta personas, quién genera confianza o quién puede cambiar una decisión.
El mapa de las contingencias. ¿Qué puede alterar lo que todos habían previsto?
Los personajes hacen planes. Los generales hacen planes. Los gobiernos hacen planes.
Y la realidad no está obligada a cumplirlos.
Una orden llega tarde, una información resulta incompleta, alguien interpreta una instrucción de otra manera o una circunstancia inesperada modifica toda una cadena de acontecimientos.
Napoleón puede ordenar movimientos militares y movilizar ejércitos, pero entre su voluntad y el resultado están sus generales, sus soldados, sus enemigos, los caminos, los suministros, el terreno, los errores y miles de acontecimientos simultáneos.
Napoleón importa. Pero Napoleón no basta.
Ahí aparece una de las grandes intuiciones que podemos extraer de Tolstói: la Historia no puede explicarse únicamente por la voluntad de los grandes hombres. Surge también del encuentro entre innumerables acciones, relaciones y circunstancias.
La contingencia no significa que planear sea inútil.
Significa planear sabiendo que el mundo también participa en nuestros planes.
Quizás ahí reside uno de los grandes logros de Guerra y paz: Tolstói consigue hacer comprensible una realidad inmensamente compleja sin reducirla a una explicación sencilla.
No nos entrega una teoría. Nos entrega una sociedad profundamente humana.
Y al acompañar a sus personajes, aprendemos a mirar esas fuerzas en acción: quiénes forman un sistema, cómo se relacionan y qué puede alterar lo que todos habían previsto.
Por eso la Rusia de las guerras napoleónicas deja de ser un escenario distante. Pierre, Natasha, Andréi, los Rostov, los Bolkonski y tantos otros dejan de ser nombres difíciles de recordar. Se convierten en personas.
La Historia deja de estar delante de nosotros como una sucesión de acontecimientos y empieza a ocurrir dentro de las vidas de quienes la viven.
Tolstói convierte la Historia en experiencia humana. Desmitifica a los héroes y los devuelve a su condición de seres humanos: importantes, sí, pero también sometidos a las mismas fuerzas, relaciones y contingencias que los demás.
Andréi Bolkonski es uno de los personajes centrales de Guerra y paz. Joven aristócrata, oficial del ejército ruso y admirador de Napoleón, ha depositado en la figura del gran conquistador una parte de sus propias aspiraciones de gloria y grandeza.
Por eso resulta tan revelador el momento en que, herido en la batalla de Austerlitz, Bolkonski queda tendido en el campo de batalla y Napoleón aparece ante él. Sabe que quien está frente a él es su héroe. Sin embargo, mientras contempla el cielo, algo cambia. Napoleón empieza a parecerle insignificante frente a lo que ocurre dentro de él, entre su alma y ese cielo alto e infinito que se extiende sobre su cuerpo.
Y ahí está, quizá, el verdadero milagro de la novela: una Historia que parecía lejana y difícil de comprender termina hablándonos de personas que sienten, deciden, sufren, aman y buscan su lugar en el mundo.
Al final, la complejidad deja de ser una palabra. Tiene nombres. Tiene rostros. Tiene historias. Y cuando la literatura consigue eso, ya no solamente nos cuenta cómo fue el mundo de otros: nos ayuda a reconocer el nuestro.
Próxima estación: La letra escarlata
Después de observar con Tolstói cómo funciona una sociedad compleja, nuestra próxima lectura cambiará nuevamente de escala.
Entraremos en La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, para explorar una pregunta incómoda:
¿Qué ocurre cuando un ser humano está obligado a ser perfecto en una sociedad que, como toda sociedad humana, es imperfecta?
Una nueva mirada sobre la moral, la culpa, el deseo y la contradicción entre lo que somos, lo que se espera de nosotros y aquello que una sociedad considera que deberíamos ser.
(*) Dramaturgo, Magíster en Asuntos Internacionales, Comunicador Social | Universidad Externado de Colombia | Instagram: @buenavistasocialbook | Substack: @rodrigovelasquez1
