Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Artes, cultura, sociedad y academia como expresión de un ecosistema de liderazgo colectivo
¿Qué tiene que estar funcionando detrás de los escenarios para que las artes puedan brillar?
La pregunta parece referirse a las artes pero en realidad, habla de la sociedad. Cuando los artistas aparecen en escena, cuando las salas están llenas, cuando los técnicos hacen posibles las presentaciones, cuando existen productores, gestores, profesionales, recursos e instituciones que permiten que las obras lleguen a sus públicos, estamos viendo mucho más que una serie de acontecimientos artísticos. Estamos viendo la expresión visible de un sistema.
Detrás de cada escenario existe una trama menos visible: familias que acompañan, escuelas que forman, universidades que investigan, instituciones que construyen políticas, empresas que participan, comunidades que sostienen procesos, gestores que articulan, profesionales que hacen posible la producción y públicos que apoyan con su participación. Por supuesto también están presentes el Estado, las organizaciones sociales, la cooperación internacional y múltiples formas de financiación.
Los artistas aparecen en los escenarios, pero detrás de los escenarios existe toda una sociedad que hace posibles esos momentos.
El escenario como espejo de la sociedad
Las artes tienen una particularidad: hacen visible aquello que muchas veces permanece oculto. Una orquesta que interpreta una obra, una compañía que presenta una coreografía, un actor que representa un personaje o un artista que expone su trabajo pueden parecer, en principio, acontecimientos individuales. Sin embargo, detrás de cualquiera de ellos existe una compleja combinación de formación, infraestructura, conocimiento, financiación, organización, capacidades técnicas, instituciones y públicos.
Para que una sociedad pueda sostener una vida artística activa necesita haber construido, de una u otra manera, condiciones que hagan posible la creación y la participación. Necesita personas que quieran crear, instituciones capaces de sostener procesos, profesionales que los hagan viables y ciudadanos dispuestos a reconocer que la creación artística tiene un valor que merece ser preservado, financiado y compartido.
Por eso las artes pueden ser leídas como la punta visible de un ecosistema. Y de allí surge una idea que vale la pena llevar más allá del campo cultural:
Las artes no florecen aisladas; florecen cuando florece el ecosistema cultural que las sostiene.
El escenario puede convertirse, entonces, en una especie de espejo. Lo que vemos sobre él también puede decirnos algo sobre lo que ocurre detrás de él.
Una cultura que también se expresa como el arte
Esta perspectiva obliga a ampliar nuestra propia definición de cultura. Cultura no es solamente aquello que sucede en un museo, un teatro, una biblioteca o una sala de conciertos. También hablamos de cultura ciudadana, cultura ambiental, cultura empresarial, cultura institucional, cultura del cuidado, cultura de la innovación o cultura de la seguridad. Esas también son expresiones del ecosistema.
En todos esos casos existe una idea común: la manera como una sociedad convierte determinados valores en comportamientos y aprende, a partir de ellos, a vivir, decidir y relacionarse.
Por eso una sociedad puede tener excelentes instituciones culturales y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades para construir confianza. Puede producir grandes artistas y mantener una débil cultura ciudadana. Puede contar con universidades de calidad y no conseguir que el conocimiento dialogue suficientemente con los problemas de su territorio. Puede disponer de recursos y, sin embargo, carecer de mecanismos efectivos para articularlos.
La pregunta relevante deja entonces de ser únicamente cuánto produce una sociedad en materia cultural. Empieza a ser qué capacidades colectivas está desarrollando para sostener aquello que produce.
El liderazgo colectivo detrás del escenario
Aquí aparece una idea fundamental: el liderazgo colectivo.
No se trata de que todos hagan lo mismo, ni de diluir las responsabilidades de cada institución, sector o persona. Se trata de algo más exigente: conseguir que quienes tienen responsabilidades, conocimientos, recursos y perspectivas diferentes sean capaces de ponerlos en relación para alcanzar propósitos que difícilmente podrían realizar por separado.
El Estado tiene responsabilidades que no corresponden a la empresa. La empresa posee capacidades que no tiene necesariamente una universidad. La academia produce conocimiento que puede no encontrarse disponible en las comunidades, mientras que las comunidades poseen conocimientos del territorio que difícilmente pueden sustituirse desde una institución. Los artistas aportan una capacidad de creación y expresión que tampoco puede ser reemplazada por ninguno de los demás sectores.
La fortaleza del ecosistema aparece precisamente cuando esas diferencias no se convierten en aislamiento, sino en complementariedad.
Nadie hace florecer por sí solo un ecosistema cultural.
El liderazgo colectivo consiste, en buena medida, en crear las condiciones para que esa diversidad pueda encontrarse, reconocerse, generar confianza y convertirse en capacidad de acción. No elimina las diferencias entre los participantes; las convierte en una fuente de posibilidades.
Y esta idea trasciende las artes. Una sociedad capaz de articular capacidades diferentes alrededor de propósitos compartidos está desarrollando una capacidad fundamental para enfrentar problemas complejos.
Una pirámide que comienza en las artes
Podemos representar esta relación como una pirámide. En su parte superior encontramos las artes, como expresión de creación, belleza, pensamiento, identidad, memoria e imaginación. Debajo encontramos la cultura, entendida como el tejido de valores, comportamientos, memoria, identidad y formas de relacionarnos que permite que esas expresiones existan. En la base está la sociedad, conformada por personas, comunidades, instituciones, empresas, Estado y territorio.
La academia atraviesa los tres niveles. Investiga la sociedad, interpreta la cultura, forma capacidades, produce conocimiento, cuestiona lo establecido y conecta disciplinas. Pero también puede hacer algo particularmente importante: poner ese conocimiento en relación con otros saberes y con las necesidades concretas de la sociedad.
La relación, además, no funciona solamente de abajo hacia arriba. La sociedad sostiene la cultura; la cultura crea condiciones para que las artes florezcan; y las artes regresan a la sociedad aportando memoria, identidad, pensamiento, sensibilidad e imaginación. Lo que aparece sobre el escenario puede terminar transformando aquello que ocurre fuera de él.
Es, por tanto, un sistema de retroalimentación permanente.
Las artes como señal de vitalidad cultural
Esta lectura permite llegar a una pregunta de política pública y de desarrollo: ¿puede el florecimiento de las artes ayudarnos a observar cómo está funcionando una sociedad?
Resulta pertinente plantear que el florecimiento de las artes puede funcionar como un indicador estratégico de la vitalidad cultural de una sociedad, especialmente cuando se observa junto con las condiciones que lo hacen posible.
Una escena artística activa puede revelar la existencia de formación, talento, infraestructura, financiación, instituciones, públicos, participación y capacidad de organización. Y cuando todas esas condiciones se articulan de manera sostenida, lo que estamos observando ya no es únicamente actividad artística: estamos observando capacidad colectiva.
Esa capacidad puede tener efectos que trascienden el campo cultural. Puede contribuir a la educación, generar oportunidades económicas, fortalecer vínculos sociales, favorecer la apropiación del territorio, estimular la innovación y enriquecer las formas de participación y gobernanza. No porque las artes produzcan automáticamente cada uno de esos resultados, sino porque un ecosistema cultural fuerte puede formar parte de las capacidades con las que una sociedad enfrenta sus propios desafíos.
Volver la mirada hacia atrás del escenario
Tal vez por eso necesitamos cambiar la pregunta.
En lugar de mirar solamente qué ocurre sobre los escenarios, debemos preguntarnos qué ha tenido que construir una sociedad detrás de ellos para que esos momentos sean posibles.
La respuesta nos lleva hacia la cultura que construye valores, identidad y formas de relacionarnos; la educación que forma, las instituciones que sostienen, las empresas que participan, las comunidades que se involucran, el conocimiento que se produce, los recursos que se movilizan y, sobre todo, la confianza que permite que todo aquello pueda relacionarse.
Ahí aparece el verdadero significado del liderazgo colectivo: no que todos hagan lo mismo, sino que capacidades diferentes encuentren una manera de actuar juntas.
Las artes hacen visible ese proceso.
Cuando las luces se encienden y una obra finalmente ocurre, vemos a los artistas. Pero detrás de ellos hay una sociedad entera que aprendió a formar, sostener, financiar, organizar, participar y crear las condiciones para que ese momento fuera posible.
Por eso, cuando las artes brillan, no estamos viendo solamente una obra. Estamos viendo, por un instante, a una sociedad en escena.
(*) Magister en Asuntos Internacionales | Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
