Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Los mapas no cambian; cambia la manera en que los leemos
Aprender la geografía colombiana siempre será un reto. Todos recordamos aquellas largas listas de cordilleras, nevados, páramos, valles, ríos, golfos, bahías, islas y fronteras que debíamos memorizar para los exámenes. Difícilmente un país reúne una geografía más diversa. Sin embargo, pese al inmenso esfuerzo que representó ese aprendizaje, durante generaciones solo aprendimos a recorrer el mapa de Colombia desde las montañas hasta las líneas costeras, como si allí terminara el país. Colombia, sin embargo, no tiene únicamente 1,14 millones de kilómetros cuadrados de territorio continental. Cuando incorporamos sus espacios marítimos bajo jurisdicción nacional, el país supera los dos millones de kilómetros cuadrados, de los cuales cerca de 929.000 corresponden al Caribe y al Pacífico. En otras palabras, casi la mitad del territorio colombiano está cubierta por el mar. El mapa nunca estuvo incompleto; fuimos nosotros quienes dejamos de leer una parte esencial de él.
Esa relectura del mapa se vuelve aún más reveladora cuando se contrasta con una realidad evidente. El puerto de Cartagena moviliza cerca de cuatro millones de TEU al año (unidad equivalente a un contenedor estándar de veinte pies) y se ha consolidado como el principal centro de transbordo del Gran Caribe y uno de los puertos con mayor conectividad marítima de América Latina. Al mismo tiempo, Buenaventura moviliza más de la mitad del comercio exterior colombiano y concentra cerca del 90 % de la carga que el país intercambia con la región Asia-Pacífico. Desde ambos puertos, Colombia se conecta diariamente con las grandes rutas del comercio internacional. Sin embargo, buena parte de nuestra relación cotidiana con el mar sigue reducida al turismo y la recreación. Basta observar los crecientes problemas de convivencia y seguridad derivados del uso desordenado de motos acuáticas en la bahía para entender que aún no hemos construido una verdadera cultura marítima. Mientras Cartagena y Buenaventura demuestran que Colombia puede competir en las grandes ligas del comercio marítimo, seguimos viendo el océano como el lugar donde termina el mapa o donde simplemente comienza el descanso.

Sin duda, uno de los paradigmas que Colombia debe romper en el siglo XXI es precisamente ese: dejar de pensar como una nación encerrada entre montañas y comenzar a actuar como una verdadera nación bioceánica.
¿Qué significa realmente ser una nación bioceánica? No se trata simplemente de tener costas sobre dos océanos. Significa reconocer que Colombia posee una condición geográfica excepcional: proyectarse simultáneamente hacia el Gran Caribe, las Américas y Europa, y hacia la cuenca del Pacífico, donde se concentra buena parte del dinamismo económico, comercial, científico y tecnológico del siglo XXI. Nuestra condición bioceánica no es una curiosidad cartográfica; es una ventaja estratégica que aún no hemos desarrollado plenamente.
Pero esa condición solo cobra sentido cuando releemos el mapa completo. Los dos océanos no son territorios aislados del resto del país. Las montañas alimentan los páramos; los páramos dan origen a los grandes ríos; los ríos articulan el territorio y desembocan en el Caribe y el Pacífico, desde donde Colombia se conecta con el mundo.
Nuestra historia explica por qué durante tanto tiempo pensamos diferente. Durante más de dos siglos aprendimos a construir un país entre cordilleras. Allí nacieron nuestras principales ciudades, se desarrolló buena parte de nuestra economía y se consolidaron nuestras instituciones. Convertimos una geografía compleja en una fortaleza. Esa experiencia nos dejó capacidades extraordinarias en ingeniería, logística, organización territorial y resiliencia.
La misma geografía nos obligó a innovar. La dificultad para conectar un país atravesado por montañas impulsó el desarrollo temprano de la aviación comercial. No es casual que Avianca, nacida en Barranquilla en 1919, sea una de las aerolíneas más antiguas del mundo que continúa en operación. Aquella fue una transferencia de capacidades: la montaña nos obligó a conquistar el aire. Hoy el desafío consiste en realizar una nueva transferencia: llevar ese mismo espíritu innovador hacia nuestros ríos y nuestros mares.
La historia demuestra que las grandes transformaciones de las naciones comenzaron cuando cambiaron la manera de leer su propio mapa. Venecia y Génova hicieron del Mediterráneo una red de comercio, conocimiento y finanzas durante el Renacimiento. Portugal abrió las rutas oceánicas que conectaron continentes. Los Países Bajos construyeron su prosperidad sobre la gestión del agua, la logística y el comercio marítimo. El Reino Unido proyectó desde sus puertos buena parte de su influencia global. Más recientemente, Noruega convirtió el océano en una fuente de conocimiento, energía y desarrollo sostenible. Ninguno de ellos entendió el mar como un límite geográfico; todos lo asumieron como una plataforma para ampliar sus posibilidades.
Colombia posee condiciones excepcionales para recorrer un camino propio. Tenemos dos océanos, una posición privilegiada entre el Caribe y el Pacífico, una de las mayores biodiversidades marinas del planeta y una inmensa riqueza hídrica que atraviesa todas las regiones.
Tal vez durante demasiado tiempo nos definimos como una nación andina con dos costas. Quizá la realidad sea mucho más interesante: somos una nación articulada por el agua.
Durante décadas hemos reconocido el río Magdalena como la gran arteria nacional. Pero el Magdalena no está solo. El Atrato, el Meta, el Orinoco, el Putumayo, el Amazonas y decenas de grandes ríos conforman un sistema que integra el territorio desde los Andes hasta el Caribe y el Pacífico. La Amazonía y la Orinoquía, vistas durante mucho tiempo como periferias, son también escuelas vivas sobre el manejo del agua y la navegación fluvial. Allí la Armada Nacional ha desarrollado capacidades extraordinarias que van desde el control de los grandes ríos hasta la presencia institucional en algunas de las regiones más apartadas del país.
No es casual que la Armada sea una de las instituciones que mejor comprende el territorio colombiano como un sistema integrado de aguas. Su experiencia abarca los ríos de la Amazonía y la Orinoquía, el Magdalena, el Caribe y el Pacífico. A ello se suma una industria naval liderada por COTECMAR, reconocida por el diseño y construcción de embarcaciones de alto nivel tecnológico, y un creciente ecosistema de investigación científica marina impulsado por universidades e instituciones especializadas. El conocimiento del agua ya existe; ahora debe convertirse en una política de desarrollo.
También contamos con activos estratégicos de alcance mundial. Cartagena se consolida como uno de los principales centros logísticos del continente y, al mismo tiempo, concentra un extraordinario patrimonio cultural sumergido que abre enormes posibilidades para la arqueología marina, la investigación histórica y el turismo cultural. Buenaventura representa nuestra puerta natural hacia el Asia-Pacífico. San Andrés, Providencia y Santa Catalina proyectan la presencia colombiana sobre el Gran Caribe. Gorgona y Malpelo son referentes globales de biodiversidad e investigación marina. Son activos que deben dejar de verse como territorios aislados para entenderse como parte de una misma visión nacional.
Sin embargo, lo que aún falta no son diagnósticos. Colombia ya cuenta con una Política Nacional del Océano y los Espacios Costeros y con una visión de país bioceánico. El desafío consiste en ejecutar esa política pública, convertirla en cultura, infraestructura, educación, investigación científica, arqueología marina, innovación, economía azul, alianzas público-privadas y desarrollo regional. No necesitamos más teoría; necesitamos hacer realidad los instrumentos que ya existen.
La descentralización también adquiere un nuevo significado. No bastará con trasladar competencias desde Bogotá hacia las regiones si estas continúan reproduciendo el centralismo de sus propias capitales. Descentralizar significa romper paradigmas. Significa que cada región descubra y desarrolle sus propios activos estratégicos. Para las regiones costeras, ese activo continúa mar adentro.
Quizá el mayor cambio que necesita Colombia no sea geográfico, sino cultural. Debemos dejar de ver el mar únicamente como un balneario para comprenderlo como un ecosistema de biodiversidad, investigación científica, biotecnología, seguridad alimentaria, energías marinas, turismo náutico, comercio global e innovación. El conocimiento de los océanos será para el siglo XXI tan importante como lo fue el conocimiento de la tierra en el desarrollo del siglo XX.
Los grandes proyectos nacionales no comienzan cuando cambia el territorio, sino cuando cambia la manera en que una nación lo imagina. La montaña nos dio identidad. El agua nos articula. El mar nos proyecta hacia el mundo.
Colombia no necesita un mapa distinto. Necesita aprender a leer completo el que siempre ha tenido.
En consecuencia, el aprendizaje de la geografía colombiana no termina. Si de niños el colegio nos desbordó con las cordilleras, los nevados, los páramos, los valles, los ríos, los golfos, las bahías, las islas y las fronteras, ha llegado el momento de ampliar esa mirada. Es tiempo de descubrir el inmenso territorio que se extiende bajo nuestros mares: las plataformas continentales, los taludes, las cuencas oceánicas, los cañones y montes submarinos, los bancos coralinos, los arrecifes, las corrientes marinas y la extraordinaria biodiversidad que albergan. Conocer esa geografía no es un simple ejercicio académico; es comprender mejor el país que somos y el que podemos llegar a ser. Solo cuando aprendamos a leer completo nuestro mapa entenderemos que Colombia no termina en la playa. Es en nuestras costas donde comienza el tránsito de una Colombia andina hacia una Colombia bioceánica.
(*) Magíster en Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
