Por Rubén Darío Rodríguez
Tal y como suele suceder con la serie de Los Simpsons que nos han ido acostumbrando a predecir lo que sucederá en el nuevo orden mundial; en Colombia, una novela como ‘Yo Soy Betty, la Fea’ nos planteó desde mucho tiempo atrás un panorama nacional duro y complejo como es la triste y cruda realidad que enfrentan las mujeres actualmente. Cada uno de los personajes femeninos en la serie dan evidencias claras de cómo las mujeres eran tratadas en los espacios laborales.
En Ecomoda, las secretarias y empleadas eran objeto de insinuaciones, comentarios lascivos y presiones constantes. Más de una, si la historia se hubiera contado con realismo jurídico, habría tenido que llevar a varios hombres ante los juzgados por acoso laboral y sexual. Pero la novela lo disfrazaba de humor, como si la violencia fuera parte del paisaje cotidiano.
Hoy, la realidad no es muy distinta. Las mujeres siguen enfrentando acoso en oficinas, universidades, medios de comunicación y redes sociales. La diferencia es que ahora existe un marco legal más robusto y una conciencia social que permite denunciar. Sin embargo, el patrón se repite: los hombres acosan a las mujeres que cumplen con los estándares de belleza, mientras que las “feas” son invisibilizadas, relegadas o ridiculizadas. La violencia se distribuye según los prejuicios, y la invisibilidad también es una forma de agresión.
En la novela, Betty quedaba fuera del circuito del acoso por no encajar en el canon estético. Pero esa exclusión no era respeto, sino desprecio. En la actualidad, muchas mujeres viven esa misma paradoja: si son atractivas, son acosadas; si no lo son, son ignoradas o marginadas. En ambos casos, la dignidad se ve comprometida por la mirada masculina que sigue imponiendo reglas de valor.
Lo más inquietante es que tanto en la ficción como en la vida real, el acoso se normaliza. En Yo soy Betty, la fea se presentaba como parte del humor de oficina. Hoy, en redes sociales, se disfraza de “likes” o mensajes privados. La cultura del acoso persiste, aunque cambie de escenario.
Sin embargo, el caso de Patricia Fernández, papel interpretado por Lorna Cepeda, es un ejemplo distinto y revelador. Estudiante de la San Marino, con cuatro semestres de administración, su papel mostraba cómo una mujer con poca formación académica podía ser reducida a un estereotipo: la que se ofrece sin ruborizarse, la que usa su cuerpo como moneda de cambio en un entorno dominado por hombres. Su personaje expone otra cara de la discriminación: no solo el acoso, sino la presión social que empuja a algunas mujeres a “ofrecerse” para sobrevivir o ascender en un sistema que las mide por su atractivo más que por sus capacidades.
La lección es clara: Betty solo logra respeto cuando se transforma físicamente, cuando se acerca al canon de belleza impuesto. En la vida real, muchas mujeres sienten que deben adaptarse para ser reconocidas, ya sea mostrando más de sí mismas o escondiéndose para evitar ataques. El desafío sigue siendo el mismo: construir una sociedad donde la dignidad de las mujeres no dependa de su apariencia ni de la mirada masculina, sino de su derecho a existir libres, visibles y respetadas. Y donde, como debería haber pasado en Ecomoda, los acosadores terminen en los tribunales, no en la sala de juntas.
