La escena de Juvenal Urbino firmando el acta de defunción de su amigo Jeremiah de Saint-Amour sin dar espacio al joven médico bogotano es un retrato perfecto de lo que significa ser primíparo. Ese instante muestra cómo la autoridad se ejerce con experiencia, mientras el novato queda frustrado, mirando desde la esquina, sin poder demostrar lo que sabe. Es la primera lección: la vida no siempre concede el turno esperado.
La primiparada es un rito universal. En la Armada mandan a los reclutas a buscar cabuyas para zurdos. En Ecopetrol enviaban a los primíparos a buscar baldes de vapor y en la aviación los pilotos debutantes terminan emplumados. Son bromas que parecen crueles, pero que cumplen una función: recordar que el estreno nunca es fácil y que la experiencia se gana a punta de burlas y tropiezos.
En la política también se ven primiparadas. Presidentes que se ponen la banda al revés, que no logran coordinar el paso militar o que se quedan cortos en el saludo protocolario. Son errores que generan risa, pero que también revelan la fragilidad del poder cuando se enfrenta por primera vez. La ansiedad y el entusiasmo suelen ser terreno fértil para que otros más hábiles aprovechen y hagan la jugada.
La moraleja es clara: el primíparo debe estar alerta. Siempre habrá alguien dispuesto a probar su temple, a bajarlo de la nube, a recordarle que la autoridad no se estrena de golpe. Pero esas burlas, esas jugadas y esas frustraciones son el primer escalón hacia la experiencia.
A veces las primiparadas no son simples bromas, sino jugadas políticas de alto calibre. Un ejemplo es cuando, a última hora, alguien queda fuera de la presidencia del Senado. Esa es una primiparada seria, porque exige gran habilidad para anticipar que, pese a la ansiedad, la euforia y el entusiasmo por mandar y estar al frente, siempre habrá personas más astutas que aprovechen la ocasión para “hacer la jugada”.
Con frecuencia ocurre que quien cree tener todo asegurado descubre, en el momento decisivo, que se la aplican y queda mal parado. Es la versión política de la novatada: un recordatorio de que la experiencia y la malicia son tan necesarias como la preparación, y que en los escenarios de poder la ingenuidad suele pagarse caro.
La primiparada, más allá de la risa que provoca, también desnuda la vulnerabilidad del ser humano frente a lo desconocido. Es un recordatorio de que la primera vez siempre es un terreno incierto, lleno de ansiedad y expectativas que rara vez se cumplen. El novato, en cualquier campo, se enfrenta a la mirada de los veteranos que ya pasaron por ese mismo trance y que ahora disfrutan del privilegio de ponerlo a prueba.
Sin embargo, detrás de la burla hay un aprendizaje profundo: la experiencia no se hereda, se construye. Cada tropiezo, cada broma pesada y cada frustración se convierten en cicatrices que fortalecen el carácter. Por eso, aunque la primiparada pueda parecer cruel, es también un rito de paso que prepara al individuo para enfrentar con más temple las responsabilidades futuras. En definitiva, es la manera en que la sociedad recuerda que nadie nace sabiendo y que el camino hacia la autoridad empieza siempre con un golpe de realidad.
En conclusión, la primiparada es un ritual que atraviesa oficios, industrias y hasta familias. Es el recordatorio de que la primera vez nunca es perfecta, pero sí inolvidable. Y que, al final, lo que hoy parece humillación se convierte mañana en anécdota, en cicatriz y en aprendizaje.
