Playa Azul siempre fue un lugar tranquilo y solitario. Hace sesenta años, cuando caminábamos por ella, Cartagena apenas tenía 120 mil habitantes y en la manzana donde vivía solo había tres carros. No había suficiente gente para tantas calles y tanta playa.
Los cresperos más osados nos arriesgábamos a cruzar la caudalosa bocana para acercarnos a La Boquilla. Como no existía una vía definida, tanto personas como vehículos debíamos pasar por la playa. En el lado donde hoy hay edificios y la Vía al Mar, apenas había dos o tres casas, entre ellas la del Melcocha, rodeadas por monte cerrado y la ciénaga infinita con sus cinco metros de profundidad y su gran boca de fuerte caudal, capaz de arrastrar a quien se atreviera.
Playa Azul era usada por pocos bañistas que jugaban frisby o partidos interminables de fútbol, y por pescadores que lanzaban boliches y luego los arrastraban hasta la orilla. Allí la gente se entretenía viendo las maniobras de los boquilleros y aprovechaba para comprar pescado fresco, siempre más barato que en el mercado.
Con el tiempo, Playa Azul se consolidó como una playa amplia y de mar tranquilo, ideal para tomar sol y relajarse. Esa condición le valió la categoría de “Playa Azul”, un lugar seguro para bañistas y salvavidas. Su amplitud permitió que hace dos años la Liga de Voleibol de Bolívar realizara tres campeonatos nacionales de voleibol playa de manera simultánea, con seis canchas y toda la logística necesaria.
Por eso es una excelente noticia que Playa Azul sea la primera fase del gran proyecto Malecón del Mar en ser terminada y entregada para el disfrute de cartageneros y visitantes. Además de su belleza y tranquilidad, contará con servicios complementarios como senderos, zonas de permanencia, parqueaderos, espacios gastronómicos, chiringuitos, baños, áreas de urbanismo y un centro de atención al turista.
La transformación de Playa Azul no solo representa un avance en infraestructura, sino también un homenaje a la memoria de quienes la conocieron como un espacio sereno y casi desierto. Hoy, con senderos, zonas de permanencia y espacios gastronómicos, se convierte en un punto de encuentro que une tradición y modernidad, ofreciendo a cartageneros y visitantes un lugar donde la historia se mezcla con el progreso.
Además, la entrega de esta primera fase del Malecón del Mar marca un hito en la planificación urbana de la ciudad. Con dos kilómetros de playa y áreas de recreación, se abre la posibilidad de consolidar un espacio turístico y comunitario que fortalezca la identidad de Cartagena y potencie su atractivo como destino nacional e internacional.
En conclusión, Playa Azul pasa de ser un recuerdo de tranquilidad y juegos sencillos a convertirse en el corazón de un proyecto emblemático que promete convivencia, disfrute y desarrollo. El reto ahora está en que los ciudadanos lo cuiden y lo valoren, garantizando que este esfuerzo colectivo perdure en el tiempo.
