El concepto de Gobernanza, de amplia y repetida aplicación y promoción por eruditos y profanos, a veces pareciera que fuera más una fórmula cosmética de compromiso, que un contenido de amplia y profunda significación pública: “Conjunto de interacciones, procesos, reglas, reglamentos y normas, a través de los cuales se realizan y evalúan decisiones para gerenciar una organización, ciudad o estado.
Esto implica un evidente alejamiento de los viejos esquemas del gobierno tradicional, en los que el poder se ejercía de manera unilateral y jerárquica. Es claro entonces, que el moderno concepto de Gobernanza trae aparejado un esquema participativo donde, sector privado, sociedad civil e instituciones públicas actúan de forma colaborativa y horizontal.
De acuerdo con el mandato constitucional y legal, entonces la Gobernanza de lo público se ajusta a un proceso democrático y colaborativo donde Estado, Ciudadanía y Empresas, cooperan en la solución de problemas de interés popular y en la generación de valor social.
No hay dudas de que, desde el punto de vista conceptual, se dispone de un marco jurídico, administrativo y social, que garantizaría el funcionamiento eficiente y eficaz del gobierno, siendo inclusive probable que, en un escenario ideal, fuera posible lograr la utopía de una sociedad conviviendo armónicamente, con un mínimo de problemas y con una calidad de vida, que llevaría a superar deficiencias estructurales y conflictos innecesarios.
La pregunta entonces es: ¿por qué no funciona el sistema? ¿Que se está haciendo mal? ¿por qué a pesar de los grandes esfuerzos de gobiernos comprometidos con el mejoramiento, la transformación y el cambio, es tan difícil lograr indicadores que muestren resultados positivos de acuerdo a esta gestión?
Como muy seguramente dirán los opinadores de siempre: esa es la pregunta del millón. Algunos menos frívolos llegarán a la conclusión de que se trata de un fenómeno complejo, que incluye a todos los estamentos en cuestión. Obviamente no faltarán los oportunistas y profetas de desgracias, que dirán que se trata de falta de políticas y de procesos errados del gobierno.
Muy pocos aceptarán que se trata de que los ciudadanos asumamos nuestras responsabilidades en el cumplimiento de nuestros deberes, que entendamos que hoy en día el proceso de gobierno es colaborativo y participativo y que a cada quien corresponde aportar su esfuerzo sostenido y eficiente, para que la unión de voluntades logre el resultado esperado. A lo mejor lo que hace falta es una revolución de la educación, comenzando por donde siempre se ha debido comenzar, como es el trabajar sin descanso para formar ciudadanos de verdad.
