En Cartagena, durante décadas se instaló la idea de que los manglares eran intocables. Se asumió que cualquier intervención era un atentado contra la naturaleza, y esa visión se convirtió en una especie de dogma ambientalista. Sin embargo, la realidad de los cuerpos de agua de la ciudad muestra un panorama distinto: no todos los manglares cumplen hoy la función que se les atribuye en los manuales de conservación.
Los manglares son valiosos cuando están en contacto con el agua, protegiendo los litorales de la erosión, capturando carbono y oxígeno, y sosteniendo ecosistemas marinos. Pero en aguas estancadas y contaminadas, su papel cambia. Allí, sus raíces se colmatan, generan rellenos y terminan transformándose en árboles terrestres que ya no prestan los servicios ambientales originales. En esos espacios degradados, lo que antes era un guardián de la naturaleza se convierte en un árbol común.
El problema es que esos rellenos han sido aprovechados por la informalidad y la inseguridad: basureros improvisados, cambuches, refugios de delincuencia y hasta asentamientos urbanos han surgido en las orillas de cuerpos de agua contaminados. Lo que debería ser un ecosistema protector se convierte en un foco de deterioro social y ambiental. Ignorar esta realidad es cerrar los ojos ante un problema que afecta directamente la calidad de vida de la ciudad.
Por eso, las llamadas podas técnicas no son un capricho ni un atentado contra el medio ambiente. Son medidas necesarias para recuperar orillas, limpiar espacios degradados y devolverle a Cartagena cuerpos de agua visibles y dignos. La intervención busca transformar basureros y escondites inseguros en paisajes agradables, accesibles y útiles para la ciudadanía. La recuperación paisajística también es una forma de protección ambiental.
El choque surge con un ambientalismo rígido, que se aferra a la idea de que todo mangle es intocable. Esa postura, aunque bien intencionada, puede terminar frenando proyectos de recuperación urbana y ambiental. Lo que Cartagena necesita es un ambientalismo informado, capaz de distinguir entre conservación legítima y manejo técnico. Defender el mangle sin matices es tan dañino como destruirlo sin razón.
En conclusión, Cartagena debe superar el mito del mangle intocable. La verdadera defensa del medio ambiente exige análisis, estudios y decisiones técnicas. Recuperar las orillas, limpiar los cuerpos de agua y devolverle a la ciudad paisajes dignos es también proteger la naturaleza. La ciudad gana cuando sus lagos vuelven a ser visibles, cuando sus riberas dejan de ser basureros y cuando el manejo ambiental se hace con ciencia y no con dogmas.
