Hay campañas que no se construyen sobre ideas, propuestas ni soluciones. Se construyen sobre el desastre. Sobre la mala noticia. Sobre el caos. Sobre la tragedia ajena. Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en Cartagena, donde algunos aspirantes han decidido convertir cada dificultad de la ciudad en un escalón para sus aspiraciones políticas.
Hasta ahora, resulta llamativo que ninguno de los candidatos haya sido capaz de reconocer, aunque sea por simple honestidad intelectual, que Cartagena ha experimentado avances durante la actual administración. Para algunos, pareciera que nada funciona, nada sirve y nada ha mejorado. Un discurso tan extremo como poco creíble para una ciudadanía que observa a diario obras, inversiones y una gestión que, con errores y aciertos, ha intentado recuperar una ciudad que recibió múltiples problemas acumulados durante años.
Lo más preocupante es que muchos de quienes hoy señalan con vehemencia fueron actores directos o indirectos de las administraciones que permitieron que esos problemas crecieran. Algunos ocuparon cargos públicos, otros tuvieron responsabilidades de control político y varios guardaron un conveniente silencio mientras la ciudad se hundía entre la improvisación, el desgobierno y la ausencia de soluciones reales. Hoy pretenden presentarse como salvadores de una crisis frente a la cual fueron espectadores complacientes o protagonistas silenciosos.
Tomemos como ejemplo las inundaciones. ¿Acaso son responsabilidad exclusiva de un alcalde? ¿Dónde estuvieron durante años quienes hoy graban videos denunciando lo que nunca ayudaron a resolver? ¿Qué iniciativas lideraron? ¿Qué debates impulsaron? ¿Qué propuestas concretas presentaron? Las respuestas son tan escasas como incómodas. Porque la verdad es que muchos descubrieron los problemas de Cartagena justo cuando comenzaron a aspirar a un cargo de elección popular.
La crítica es necesaria en democracia. Nadie sensato puede oponerse a ella. Pero una crítica responsable exige contexto, argumentos y, sobre todo, propuestas. Lo fácil es encender una cámara y señalar. Lo difícil es presentar soluciones viables, asumir responsabilidades y reconocer cuando las cosas se hacen bien. La política seria no consiste en amplificar problemas, sino en resolverlos.
Resulta curioso que pocos hablen de cultura ciudadana cuando se refieren a los canales y drenajes de la ciudad. Se exige acción institucional, pero se evita mencionar que toneladas de basura terminan diariamente en estos sistemas por cuenta de ciudadanos irresponsables. Reconocer el esfuerzo realizado en la limpieza de canales y, al mismo tiempo, promover comportamientos responsables, sería una actitud mucho más constructiva que buscar culpables cada vez que cae un aguacero.
Cartagena merece un debate electoral de mayor altura. Merece candidatos que inspiren confianza a partir de propuestas y no de calamidades. Que construyan sobre las soluciones y no sobre la desgracia. Que entiendan que liderar no es aprovecharse de los problemas para ganar protagonismo, sino trabajar para resolverlos. Porque cuando la tragedia se convierte en estrategia política, quien realmente pierde no es el alcalde de turno. Pierde la ciudad. Y Cartagena ya ha perdido demasiado tiempo para seguir alimentando campañas construidas sobre el fracaso ajeno.
