Hace días les conté acerca del viejo que espera que, en el Malecón del Mar, instalen una venta de Margaritas clásicas, el excelente coctel mejicano, y unas tumbonas playeras, para recostarse a mirar uno de los atardeceres más bellos del mundo, mientras se deleita con la famosa bebida. El plan no suena nada mal, sobre todo que lo estás disfrutando en Cartagena de Indias, la ciudad que todos dicen, “siempre será un buen plan”.
Ya se me había olvidado el tema, cuando de repente me sorprendió un interesante video en redes sociales, donde se observaba a una linda y elegante jovencita, caminando por el malecón con una pequeña nevera en su mano, en la que decía llevaba unos bolis que ella misma fabricaba y vendía, a los paseadores sedientos. Me recordé enseguida de los lejanos años sesenta del siglo pasado, cuando a alguien se le ocurrió echar líquido dulce y coloreado en una bolsa plástica doble, ponerla a congelar y luego venderla como refresco. No sé de dónde lo sacó, pero el nombre pegó de una y aún hoy se conserva: BOLI
Por la facilidad de fabricación, el Boli pasó rápidamente de ser un producto industrial a un emprendimiento casero, con la ventaja de que, en la casa, seguramente algún descendiente de Aureliano Triste, le agregó frutas de todo tipo, lo que lo hizo mucho más sabroso y variado. Se vendían en las propias casas y poco a poco, hubo especializaciones en cuanto a la fórmula de fabricación. El de coco, por ejemplo, ganó mucho prestigio y tenía una gran demanda.
La joven del Malecón, no solamente vendía sus Bolis con mucha gracia, sino que llamaba la atención de los paseadores por su apariencia y forma de ofrecer su producto. En el video se le notaba feliz porque, había descubierto que el alcalde de la ciudad, en uno de sus habituales recorridos, notó también su interesante actividad e inmediatamente, como es costumbre en él, se imaginó a la joven con un carrito muy bien decorado y funcional, en el que vendía sus bolis con mayor tranquilidad y eficacia.
A través de sus redes, el alcalde le ofreció un inesperado apoyo, para mejorar y valorar su emprendimiento y además, brindarles a los caminantes y observadores otro motivo de disfrute de los agradables elementos de nuestra cultura gastronómica. Así que la vendedora tenía sobradas razones para estar muy entusiasmada y llena de expectativas para el desarrollo futuro de su negocio.
Todavía no sabemos cuál será el desenlace de la interesante historia, sin embargo, sabiendo que el alcalde Turbay cumple su palabra y hace lo que promete, muy seguro que tendremos un final feliz. Por ahora la joven se ha convertido en una especie de atractivo y ya hay quienes dicen que pronto aparecerá un Vinicio de Moraes y otro Antonio Carlos Jobín, a escribir la canción: “la joven del malecón”.
