Con la primera lluvia fuerte del año, volvió el sainete de los drenajes pluviales. Para los cartageneros y no cartageneros, no debe ser difícil saber y recordar que, octubre y noviembre son meses en que, tradicionalmente, se producen las más fuertes lluvias, inundaciones y hasta emergencias con damnificados y necesidad de evacuación.
Se recordará que, en noviembre de 2003, se nombró de alcalde en Cartagena a un viejo jubilado, para una vacancia que se presentó al terminarse el período Carlos Díaz Redondo. El pobre hombre no se había posesionado aún, cuando se desgajó un aguacero bíblico, similar al de Macondo, que inundó media zona sur oriental, con el Pozón a la cabeza. Fueron necesarias evacuaciones y reubicaciones de damnificados y al alcalde temporal, se le pasó todo el tiempo de la palomita que le dieron, achicando canales con el agua a la rodilla.
Al año siguiente en la nueva visita del aguacero loco, al alcalde Barboza le tocó exactamente el mismo chicharrón y además aplazar las fiestas de noviembre, algo que no ocurría desde 1965, cuando la explosión del mercado. Así que lo que vimos el pasado sábado, es algo propio y conocido de la ciudad y de sus condiciones meteorológicas, climática e hídricas, y que, por primera vez en su historia, está siendo tomado en cuenta, estudiado y en trámite de soluciones por parte del actual gobierno.
Si le preguntamos a los expertos, seguramente nos dirán que Cartagena es una de esas ciudades que, por sus características y ubicación, son proclives a estar sujetas a este tipo de fenómenos climáticos: en primer término, está al nivel del mar, lo que la hace sujeto pasivo de todo tipo de fenómenos provenientes de mareas, marejadas, tormentas, huracanes, frentes fríos. Luego está aguas abajo de una gran cuenca hidrográfica y por último, sus dos grandes cuerpos de agua de retención, la bahía y la ciénaga, llevan décadas de estar siendo colmatados por materias orgánicas y sedimentos, lo que conduce a que su capacidad sea cada vez menor y ante una gran precipitación la ciudad se inunde.
El diseño de drenajes pluviales de la ciudad se hizo hace largos años y con un bajo período de retorno, es decir con diseño para aliviar precipitaciones menores, tales como una capacidad para aliviar la mayor precipitación en 2 a 5 años. De acuerdo con su extensión y régimen de lluvias, la ciudad debería tener una capacidad para drenar la mayor precipitación en 50 a 100 años. Estos serían volúmenes tan grandes que harían inviable una inversión de tal magnitud. De cualquier manera, ahora que se trabaja en estos temas, bien vale la pena darles la debida consideración.
Dos cosas no deberían suceder frente a estos eventos: uno, que la ciudadanía por favor, no tape con basuras los canales para llevar las corrientes de las cuencas hidrográficas cercanas, a la ciénaga y a la bahía y dos, que los boca de champú no se aprovechen de estas tragedias, para hacer campañas pendejas contra el gobierno. Eso sería como reclamarles a los alcaldes de la costa del golfo de los estados unidos, por la presencia de huracanes y sus consiguientes efectos dañinos.
