Antes que nada, vale la pena hacer una precisión. En política es casi una tradición que quien llega al poder afirme haber recibido el país en las peores condiciones posibles. Es un recurso narrativo que sirve para justificar las dificultades que vendrán, consolidar el respaldo de quienes lo eligieron y establecer un punto de comparación favorable para el futuro. Ocurrió con casi todos los presidentes de las últimas décadas y, por lo visto en su primera intervención como presidente electo, Abelardo de la Espriella no será la excepción.
Una de las primeras responsabilidades de un presidente es comprender que el lenguaje de la campaña no puede convertirse en el lenguaje del gobierno. Durante una elección es válido acudir a la confrontación, a los símbolos, a las frases de impacto y a las consignas que movilizan emociones. Sin embargo, una vez concluye la contienda, el escenario cambia por completo. Quien ocupa la Presidencia deja de representar únicamente a quienes votaron por él y pasa a gobernar un país entero, incluso a quienes pensaron y votaron diferente.
Por eso llamó la atención que, en su primera intervención como presidente electo, Abelardo de la Espriella recurriera nuevamente a una de las principales consignas de su campaña: presentar a Colombia como un país destruido y calificar el gobierno de Gustavo Petro como el peor de la historia. Es una afirmación políticamente rentable, pero históricamente difícil de sostener.
Colombia ha atravesado momentos infinitamente más dramáticos que los vividos durante los últimos cuatro años. Hubo gobiernos que enfrentaron el terrorismo del narcotráfico cuando las bombas explotaban en las principales ciudades; otros convivieron con cifras superiores a los tres mil secuestros anuales; hubo administraciones marcadas por el exterminio de movimientos políticos enteros, por crisis económicas que llevaron el desempleo a niveles superiores al veinte por ciento y por escándalos institucionales que comprometieron seriamente la legitimidad del Estado. Desconocer esa historia para afirmar que el periodo de Gustavo Petro fue el peor de todos no parece responder a un análisis objetivo sino a una estrategia discursiva.
Eso no significa desconocer los errores del gobierno saliente. Sería igualmente equivocado. La administración Petro deja enormes cuestionamientos en materia de seguridad, donde la llamada Paz Total terminó generando más dudas que certezas en varias regiones; deja una reforma a la salud inconclusa, una relación permanente de confrontación con distintos poderes del Estado y dificultades para ejecutar parte importante de sus proyectos. Son críticas legítimas y sustentadas que seguramente seguirán siendo objeto de análisis durante muchos años.
Pero también es cierto que el balance no puede reducirse a una caricatura política. Durante estos cuatro años la inflación descendió significativamente después del impacto económico mundial provocado por la pandemia y la guerra en Europa; el desempleo mostró una tendencia de reducción frente a los años posteriores al COVID-19; la economía evitó la recesión que muchos pronosticaban; se aprobó una reforma pensional después de décadas de intentos fallidos y Colombia adquirió un protagonismo internacional importante en la discusión sobre transición energética y cambio climático. Se puede discutir la forma en que se alcanzaron esos resultados o sus efectos de largo plazo, pero simplemente ignorarlos conduce más a la propaganda que al análisis.
Ese es precisamente el desafío que tiene ahora Abelardo de la Espriella. La contundencia que funcionaba en los escenarios de campaña ya no necesariamente será útil desde la Casa de Nariño. El país espera diagnósticos serios, decisiones responsables y un liderazgo capaz de reducir la polarización, no de prolongarla. Gobernar exige más que construir enemigos; exige reconocer aciertos cuando existen y corregir errores cuando son evidentes.
Los presidentes suelen ser recordados no por los discursos que pronunciaron el día después de ser elegidos, sino por la capacidad que tuvieron para resolver los problemas que heredaron. Todos reciben un país con dificultades; ninguno recibe un país completamente destruido. Esa diferencia puede parecer apenas semántica, pero es profundamente política. Porque cuando un mandatario insiste en presentar la nación como un territorio devastado, corre el riesgo de gobernar más desde el relato que desde la realidad.
La campaña terminó el día de las elecciones. A partir de ahora, los colombianos ya no necesitan escuchar al candidato Abelardo de la Espriella. Necesitan comenzar a conocer al presidente Abelardo de la Espriella. Ese será, quizá, su primer gran examen de gobierno.
