Las playas y los mares son el corazón del turismo de la ciudad. Cada jet ski, lancha o tabla de surf debería ser sinónimo de diversión, no de riesgo. Sin embargo, los incidentes se han vuelto parte del paisaje: embarcaciones que atracan en la arena pese a los muelles, “bananos” atravesando zonas de bañistas, y accidentes graves que pudieron evitarse con un mínimo de responsabilidad.
El problema no es la falta de normas, sino la falta de respeto hacia ellas. Quienes viven de estos negocios deberían ser los primeros en garantizar orden y seguridad, pero muchos insisten en violar reglas y desafiar a la autoridad. El resultado: turistas inseguros, reputación dañada y un mar convertido en escenario de caos.
Los jet skis son el ejemplo más claro. Se alquilan sin control, sin exigir licencia ni entrenamiento, y terminan en manos de personas sin pericia que arriesgan su vida y la de otros. Un accidente en tierra es grave; en el agua, puede ser fatal.
La solución no está solo en más guardacostas o más operativos. Está en la cultura de responsabilidad: exigir licencias, capacitar usuarios, sancionar a quienes incumplen y educar a los turistas para que entiendan los riesgos. El mar es un tesoro, pero también una fuerza que no perdona la imprudencia.
La hora llegó. Hay que agarrar el toro por los cachos. La vida náutica es orgullo de la ciudad, pero debe ser también garantía de seguridad. Proteger al turista en el agua es proteger el futuro del turismo en tierra.
La ciudad no puede permitirse que la imprudencia se normalice. Cada accidente en el mar no solo pone en riesgo vidas, también golpea la confianza del turista y la imagen del destino. Si queremos que nuestras playas sigan siendo un motor económico, debemos garantizar que la diversión esté acompañada de reglas claras y de un cumplimiento estricto. El turismo náutico no puede seguir siendo un terreno de improvisación.
El llamado es doble. A las autoridades, para que refuercen la vigilancia y sancionen con firmeza; y a los operadores y usuarios, para que entiendan que la seguridad es parte del negocio. El mar es atractivo, sí, pero también exige respeto. Convertir la responsabilidad en cultura es la única manera de que nuestras playas sigan siendo un espacio de disfrute y no un escenario de tragedias repetidas. Un mar seguro es una ciudad respetada.
