Por Fredy Muñoz Altamiranda

“Con agua y con mierda, no hay cosecha que se pierda” dice una frase de batalla entre la gente del monte, conuqueros, hortelanos, chacreros y hoy, agroecólogos.

Esa expresión es una síntesis de la experiencia ancestral de quienes convirtieron su día a día productivo y su relación con la tierra en fórmulas que el tiempo convalida, pero que el progresismo desdeña en función del negocio.

En Colombia, el ingeniero agrónomo redimido, Jairo Restrepo, la usa como una sentencia que estampa en franelas, libros, redes sociales y en su discurso por el rescate de la relación cultural tensa y perdida, entre el hombre contemporáneo y la naturaleza, como si no fuéramos una misma cosa.

Y digo redimido con mucho respeto porque creo que él mismo se describiría igual. Restrepo, un científico formado en el más competitivo entorno de la agroindustria brasilera, hoy se dedica a dinamitar los pies de barro del capitalismo financiero agrícola, con sus conferencias y talleres por el mundo. Y el agua y la mierda son sus principales argumentos.

Jairo Restrepo

Como Restrepo, un buen número de científicos se ha quitado la bata de laboratorio para ponerse la ruana, o el poncho y el sombrero de los soldados del empirismo ancestral. De esa relación está saliendo un movimiento poderoso: la agroecología.

Nada más agroecológico que un conuco, una chacra, una rosa, una milpa, como llamamos a todos los cultivos prehispánicos, que además de mantenernos a flote, con vida en el cuerpo, también enaltecían nuestra necesidad espiritual.

Y la ciencia, la ciencia buena, porque hay ciencia mala, desde hace tiempo tomó de la mano al conuquero, al chacrero, al milpero, y en una relación necesaria, como la canción de Alí, está produciendo el tipo de vida que debemos llevar para desacelerar la extinción.

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