La primera visita de Iván Cepeda a Turbaco se llenó de magia, show y mucha diversión por cuenta de William Dau. En medio de este acto político, el exalcalde de Cartagena apareció para protagonizar un episodio que terminó opacando la agenda del día.
Fiel a su estilo, Dau lanzó acusaciones de tiempo atrás sin pruebas contra el congresista Amaury Julio Pérez, señalándolo de haber robado un dinero para su campaña política. La respuesta de Julio, al no tener pruebas, fue tajante: “por eso es que te parten la boca”. Lejos de asumir la responsabilidad de sus palabras, Dau recurrió al dramatismo y gritó como gallina clueca: “¡Senador Cepeda, el negro me quiere partir la boca!”. La escena, más propia de un espectáculo callejero que de un debate político, dejó en evidencia la fragilidad del respeto en la esfera pública.
La actitud de Dau no solo desvió la atención de la visita de Cepeda, sino que convirtió un espacio de diálogo en un circo mediático. En lugar de aportar ideas o discutir propuestas, prefirió el insulto y el victimismo, buscando protagonismo a costa de la seriedad del encuentro. Esa teatralidad constante lo coloca como un agitador más que como un líder, y lo que logra es desgastar la confianza en las instituciones.

Dau volvió a hacer lo que mejor sabe: lanzar acusaciones sin pruebas, incendiar el ambiente y luego hacerse el perseguido. Acusó al congresista de robar dinero sin mostrar evidencia alguna, y cuando recibió una respuesta firme —“por eso es que le parten la boca”—, corrió a gritar como si estuviera en una comedia: “¡Senador Cepeda, el negro me quiere partir la boca!”. Esa escena resume su estilo: provocar, victimizarse y buscar cámaras.
Su comportamiento no es político, es teatral. Dau ha confundido el ejercicio público con una tarima de redes sociales donde el insulto vale más que el argumento. Cada vez que aparece, lo hace para dividir, para generar ruido, para alimentar su ego con titulares. Y lo más grave: lo hace sin asumir responsabilidad por las consecuencias de sus palabras.
La política necesita debate, no circo. Dau representa lo contrario: el populismo del escándalo, el show del agravio. Su actitud no construye, destruye; no convence, grita; no lidera, manipula. Y mientras siga actuando así, seguirá siendo recordado no por sus obras, sino por sus desplantes.
Colombia merece políticos que piensen antes de hablar, que argumenten antes de acusar y que respeten antes de exigir respeto. Dau, lamentablemente, parece decidido a seguir siendo el ejemplo perfecto de lo que no debe ser un servidor público.
La actitud de William Dau no solo es reprochable, sino que además refleja una peligrosa tendencia a banalizar la política. Convertir un encuentro serio en un espectáculo de gritos y acusaciones sin pruebas es una falta de respeto hacia la ciudadanía que espera soluciones, no shows mediáticos. Dau parece más interesado en alimentar su personaje de “outsider” polémico que en aportar ideas o propuestas concretas. Esa teatralidad constante lo coloca como un agitador más que como un líder, y lo que logra es desgastar la confianza en las instituciones.
Además, su recurso al victimismo inmediato —gritar que lo quieren agredir, dramatizar la situación— es una estrategia que busca manipular la percepción pública. En lugar de asumir responsabilidad por sus palabras, Dau se refugia en el papel de perseguido, como si la política fuera un escenario de telenovela. Esa actitud no solo degrada el debate, sino que también normaliza la idea de que el insulto y la provocación son válidos en la esfera pública. En realidad, lo que hace es restarle seriedad a los problemas de fondo y convertir la política en un circo donde él siempre quiere ser el protagonista.
