Por Luis Adolfo Payares ACORD/AIPS
Hay una costumbre muy colombiana que aparece cada vez que la Selección sale a la cancha. De un momento a otro dejamos de ser analistas políticos, economistas o abogados para convertirnos en directores técnicos con doctorado en el pretil del barrio, expertos en tácticas, cambios y alineaciones. Todos tenemos una fórmula para ganar el Mundial y todos creemos saber más que Nestor Lorenzo.
El fútbol despierta una pasión que ningún otro deporte consigue en nuestro país. Es una conversación permanente que se vive en las esquinas, en los lugares de trabajo, en las redes sociales y en las mesas familiares. Sin embargo, esa misma pasión tiene un defecto: la facilidad con la que se transforma en pesimismo. Así como lo lee: pesimismo.
Lo curioso es que, aun viendo lo que está ocurriendo en este Mundial, todavía existen quienes se resisten a creer. Pareciera que al colombiano le costara aceptar que su selección puede competir de igual a igual contra las grandes potencias. Como si el éxito siempre tuviera que pertenecer a otros. Es un complejo de inferioridad.
Y lo que ha mostrado Colombia en estos tres partidos no es producto del azar ni de una generación que simplemente atraviesa un buen momento. Detrás hay una estructura colectiva que pocas veces se había visto en la historia de nuestro fútbol. Cada jugador entiende su función, todos corren, todos presionan, todos defienden y todos atacan. Hay solidaridad táctica, sacrificio y una intensidad que durante muchos años reclamamos.
Lo más llamativo es que la diferencia entre titulares y suplentes prácticamente ha desaparecido. Entra un jugador desde el banco y el rendimiento del equipo no disminuye; por el contrario, muchas veces aumenta. Esa competencia interna no nace por generación espontánea. Es el resultado de un cuerpo técnico que ha logrado convencer a un grupo de futbolistas de que nadie tiene el puesto asegurado y que el único protagonista es el equipo.
Ese es, quizás, el mayor mérito del entrenador. No solamente diseñó un sistema de juego competitivo, sino que construyó una mentalidad ganadora. Hoy Colombia juega convencida de que puede ganar, no sale a esperar que el rival se equivoque. Sale a imponer condiciones, a disputar cada balón con determinación y a buscar el arco contrario desde el primer minuto.
Durante años se criticó que las selecciones colombianas dependían de dos o tres figuras. Hoy sucede exactamente lo contrario. El funcionamiento colectivo está por encima de cualquier individualidad. Si una estrella tiene una tarde discreta, aparece otra. Si un delantero no marca, lo hace un volante. Si un defensor debe proyectarse, encuentra respaldo inmediato. Eso es trabajo. Eso es planificación.
Mientras tanto, seguimos mirando el fútbol con una especie de complejo de inferioridad. Admiramos con facilidad lo que hacen Argentina o Brasil, dos países con una cultura futbolística extraordinaria, pero olvidamos que ellos también construyeron su historia creyendo en sus procesos incluso en los momentos difíciles. Nosotros, en cambio, muchas veces pedimos resultados inmediatos y al primer error queremos cambiarlo todo.
Tal vez el problema no sea futbolístico, sino cultural. En Colombia nos cuesta creer que podemos ser protagonistas. Nos acostumbramos tanto a celebrar pequeñas victorias que cuando aparece la posibilidad de competir por algo realmente grande, preferimos desconfiar antes que ilusionarnos.
Por eso estos tres partidos tienen un valor especial. Más allá de los resultados, esta selección ha mostrado una identidad clara, un compromiso colectivo admirable y una ambición que pocas veces habíamos visto. Para muchos, son las mejores presentaciones de Colombia en una Copa del Mundo, no solo por el marcador, sino por la manera de competir, por la autoridad con la que enfrenta a sus rivales y por la personalidad que transmite durante los noventa minutos.
El fútbol siempre dejará espacio para la crítica, porque hace parte de su esencia. Lo que resulta incomprensible es criticar por costumbre, incapaces de reconocer cuando un equipo está haciendo las cosas bien.
Esta Selección Colombia todavía no ha ganado el Mundial. Nadie puede garantizar que lo hará. Pero hay algo que sí ha conseguido: demostrar que tiene argumentos futbolísticos para ilusionar a un país entero. Quizá llegó el momento de dejar de buscar defectos en cada jugada y empezar, por fin, a creer que Colombia también puede escribir una página histórica en el fútbol mundial.
No se trata de decir que Colombia ya ganó el Mundial, sino de reconocer que esta selección transmite algo diferente. Tiene carácter, identidad y una mentalidad competitiva que hacía mucho no veíamos. Desde los procesos de Maturana y Pékerman no se percibía un equipo con tanta convicción. Más que los resultados, lo que ilusiona es la forma en que compite.
