Por Rodolfo Díaz Wright

Un semáforo de la populosa Avenida Santander, en la heroica Cartagena de Indias, se desgañotó de su soporte, quedó colgado cabeza abajo por el cable de alimentación eléctrica, girando y dando señales locas, amarillo, verde y rojo, como la bandera de la ciudad.

Por supuesto que, en una tierra de guasones inmortales y mamadores de gallo excelsos, no faltaron los chistes, las burlas y, finalmente, los inmondables memes y videos, en las redes sociales. Quizá el mejor de todos fue uno que decía, en medio de risas, que: “en Cartagena ya había llegado la última tecnología en semáforos inteligentes, giratorios y que le daban la vía, hasta a los pescados”.

Más allá de lo gracioso del tema, la realidad es que esta situación no es más que un pálido reflejo, del tremendo estado de postración, desorden y locura, en que se encuentra nuestra ciudad. Que un semáforo ubicado, quizá en una de las intersecciones viales más peligrosas y complejas de la ciudad, se caiga y quede girando loco e inoperante, durante varios días, solo muestra, sin muchos análisis, que algo debe estar muy mal en El Corralito y en los dirigentes que la gobiernan.

Nada mas importante y significativo para una ciudad, que “se las pica” de turística, que su malla vial en óptimas condiciones, limpia y ordenada, su buen manejo del tráfico, la presencia, discreta pero efectiva, de los agentes controladores y el buen estado del equipamiento de señalización y control, incluidos los semáforos y las señales de tránsito reglamentarias, tanto en andenes, como cruces y demás sitios de información. Esta es la primera impresión que reciben quienes nos visitan.

Los semáforos, adicionalmente, cumplen una función insoslayable e irremplazable: evitar graves accidentes y protección de la vida por posibles siniestros. Su falta o malfuncionamiento constituyen una falla gravísima de una administración que cobra impuestos y dispone de presupuestos para este fin. Lamentablemente, y duele decirlo, nada de esto está funcionando en Cartagena y nuestro tráfico, como la gran mayoría de cosas de la ciudad, está al garete.

Hace varios meses, cuando se inició el proceso de revocatoria del alcalde y los comités prorevocatoria, esgrimían sus argumentos, era fácil encontrar ingenuos que defendían a la administración, con el refrito que sostenía que quienes queríamos y trabajábamos por la revocatoria, éramos viudos de poder, sin OPS´s, y que, con la lucha anticorrupción de la nueva administración, nos habíamos quedado sin opciones, para ejercer nuestras actividades malándrinescas. Hoy, la jauría enardecida que amenazaba y pelaba los colmillos, se ha recogido. Las bodegas de vociferantes mercenarios, defensores pagados por el régimen, se han silenciado y, los payasos y arlequines, ya no hacen reír con sus chistes pendejos y sus bailecitos de marionetas empolvadas.

La falta de planes y estrategias concretas para sacar adelante los proyectos indispensables para que la ciudad funcione, la inactividad total de la administración, después de que ha transcurrido el 34% de período del gobierno, comienzan a pasar cuenta de cobro y cada día que pasa hay más certeza de que la situación va de mal en peor. Así como dicen algunas encuestas, que el alcalde tiene un alto nivel de popularidad, así mismo expresan los ciudadanos en elevado porcentaje, que la situación es grave y que prácticamente no tiene retorno. La ciudad se hunde en medio del desgreño administrativo, la corrupción y el desorden: el mal manejo de temas tan sensibles e importantes, como los peajes y Transcaribe, pone una espada de Damocles a colgar sobre la tranquilidad de los cartageneros.

No sabemos en que momento la ciudadanía va a reaccionar ante tantas presiones y se va a producir la tan temida explosión social. El manejo de la pandemia, a contrapelo de los requerimientos mínimos para evitar la propagación, trabaja en contra de los cartageneros, sigue siendo una amenaza latente y, ya no queda ninguna duda, de que será esta administración la responsable, si las nuevas etapas y cepas de la pandemia se hacen fuertes en la ciudad, con resultados y   consecuencias impredecibles. Los tan controvertidos procesos de revocatoria, interrumpidos en mala hora por el estado y las amenazas a sus promotores, hoy son pedidos a gritos y apoyados por todos los cartageneros que, cansados de tantas locuras, ya no soportan más.

El tiempo sigue pasando y el barco sigue haciendo agua, ante la mirada indolente y complaciente de una sociedad pusilánime, anclada a tradiciones mojigatas y proclive al conformismo. Parece que a nadie le importara el berenjenal, sin salida, en que estamos metidos y que solo estuviéramos esperando la llegada del viento bíblico de Macondo que nos acabe de una vez por todas.

Lincoln lo decía claro: Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.

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