Cartagena de Indias necesitaba volver a mirar al mar, pero no solamente desde los balcones de los grandes edificios, las terrazas de los hoteles o los exclusivos restaurantes. Necesitaba recuperar espacios para el encuentro ciudadano, la recreación, el deporte y la convivencia.
En medio de las discusiones sobre el futuro de la ciudad y de quienes aspiran a dirigir sus destinos, el Malecón del Mar merece un debate serio, sustentado en argumentos y alejado de las descalificaciones políticas.
Porque una cosa es cuestionar los costos, los diseños, la ejecución o el mantenimiento de una obra pública, y otra muy distinta es desconocer los beneficios que una infraestructura de esta naturaleza puede representar para Cartagena.
El Malecón del Mar ofrece una oportunidad para recuperar espacios públicos, fortalecer el turismo, dinamizar la economía popular y construir nuevos escenarios de integración social.
No estamos hablando simplemente de cemento, senderos, iluminación o mobiliario urbano. Estamos hablando de una nueva manera de relacionarnos con nuestro litoral, de ofrecerles a las familias lugares para compartir y de abrir oportunidades para comerciantes, emprendedores y prestadores de servicios.
Una ciudad como Cartagena, que vive buena parte de su dinámica económica alrededor del turismo, necesita ampliar sus atractivos y diversificar las experiencias que ofrece a propios y visitantes.
Pero también necesita que sus habitantes sean los primeros beneficiarios de esas transformaciones.
El espacio público no puede ser un privilegio reservado para quienes tienen capacidad económica. Debe ser un derecho que todos podamos disfrutar en condiciones de igualdad.
Desde esa perspectiva, el Malecón del Mar representa una oportunidad para avanzar hacia una ciudad más incluyente, donde caminar, contemplar el paisaje, ejercitarse o disfrutar de un atardecer no dependa del bolsillo de cada ciudadano.
También está el componente económico. Una infraestructura de estas características puede convertirse en un importante escenario para el emprendimiento local, siempre que exista organización, reglas claras y oportunidades para quienes tradicionalmente han encontrado en el turismo y el comercio popular su principal sustento.
Y qué decir del deporte y la recreación. Cartagena necesita más espacios para promover hábitos saludables, combatir el sedentarismo y ofrecer alternativas de aprovechamiento del tiempo libre.
Por supuesto, el Malecón no resolverá por sí solo los problemas estructurales de Cartagena. La ciudad seguirá necesitando inversiones en educación, salud, seguridad, movilidad, saneamiento básico y atención a las comunidades vulnerables.
Tampoco puede convertirse en una obra intocable. Su impacto ambiental, los recursos invertidos, la accesibilidad, la seguridad y su sostenibilidad deben estar sometidos al escrutinio ciudadano y al control institucional.
Pero sería un error convertir cada proyecto de ciudad en una batalla política, donde unos defienden las obras por el gobernante que las impulsa y otros las cuestionan únicamente por estar en la oposición.
Cartagena necesita una discusión pública más madura. Quienes aspiren a gobernarla deberían explicar cómo conservarían, mejorarían y aprovecharían sus espacios públicos, además de presentar propuestas para solucionar los problemas que todavía afectan a miles de cartageneros.
Las administraciones pasan, los alcaldes terminan sus periodos y los discursos de campaña se olvidan. Lo que permanece son las decisiones que transforman el territorio y sus consecuencias para la ciudadanía.
El Malecón del Mar debe evaluarse por sus resultados, por su capacidad para generar bienestar, por la calidad de sus espacios y por el acceso real que tengan los cartageneros a sus beneficios.
Reconocer sus aspectos positivos no significa respaldar políticamente a ninguna administración. Significa entender que el desarrollo de Cartagena debe estar por encima de las diferencias partidistas.
Si usted quiere ser candidato a la Alcaldía de Cartagena, no convierta el Malecón del Mar en un enemigo de campaña. Presente sus observaciones, señale lo que deba corregirse y explique cómo lo mejoraría.
Porque el verdadero debate no debería ser quién se lleva los aplausos por una obra, sino cómo garantizar que sus beneficios lleguen a toda la ciudadanía.
Cartagena necesita menos disputas alrededor de sus proyectos y más propuestas para aprovecharlos, cuidarlos y hacerlos sostenibles.
El mar siempre ha estado frente a nosotros. El desafío es conseguir que cada vez más cartageneros puedan disfrutarlo. Y esa debería ser una causa compartida, independientemente de quién ocupe el Palacio de la Aduana.
