Por Juan Diego Perdomo Alaba *
En el 2012 era un yo un neófito de quinto semestre de Comunicación Social, que asistía a los Consejos de Gobierno al lado de un Juan Carlos Gossaín enérgico que descollaba como uno de los mejores gobernadores de Colombia.
Había recibido, como él mismo lo mencionaba al iniciar sus discursos, un «departamento en ruinas» que, entre otras, estaba en Ley 550 o Ley de Quiebras. No había ni $100 mil en caja cuando asumió en La Proclamación.
Nombró a los mejores y más experimentados profesionales en cada una de las dependencias, y con liderazgo, disciplina y corazón, puso a Bolívar en el foco nacional. Los Consejos de Gobierno eran cátedras de Administración Pública que podían durar entre tres y cinco horas. Podía pasar de todo; aburridos nunca fueron.
Gossaín, además de ser el político más brillante que conozco, como gobernante fue siempre exigente y sus estándares de calidad y niveles de excelencia eran altísimos. Y eso no solo impactó en la gestión de gobierno sino en la psiquis de quienes lo rodeábamos. Porque lo público por ser público no tenía por qué ser mediocre o de menor valía, y en eso era inclaudicable.
Para esas épocas la Gobernación de Bolívar era un ente intrascendente que solo se usaba para la repartija burocrática; no generaba nada, solo escándalos. «Bolívar dejó de ser convocada para ser convocante», decía Gossaín al tercer año cuando las obras, la gestión y los resultados hablaban por sí solos.

De ese combo de subalternos del hoy embajador de Colombia en Francia se destacaban, entre otros, Dumek Turbay, Fejed Alí y Yolanda Wong. Pero Turbay era el diferente, el que más se acercaba al perfil de funcionario que aquel exigía. Malacaroso pero efectivo. Resolutivo, ejecutivo. Recuerdo que cuando había que resolver uno de esos imposibles que surgen en el trasegar de lo público, la consigna era siempre la misma, «digámosle a Dumek, que él resuelve». Y resolvía. Nunca daba un «no se puede» como respuesta.
Tan productiva fue esa dupla, que ahí se gestó la época dorada del deporte bolivarense. El Iderbol del ‘Bolívar Ganador’ ha sido sin duda el más prolífico e importante en la historia del Departamento. Y como anécdota aparte, aquel legendario slogan de gobierno, que aún la gente recuerda con afecto, se lo inventó el hoy alcalde de Cartagena para nombrar el programa deportivo con el que afrontó con éxito los Juegos Nacionales de noviembre de 2012. Al gobernador le gustó tanto que lo acogió. Y vaya que nos funcionó.
Para nadie era un secreto que Dumek Turbay era el alumno más aventajado de la escuela Gossaín. Prometía obras en dos meses y en mes y medio las sacaba. Le respiraba en la nuca a los contratistas. Lo más curioso era la calidad de las mismas. Claro, influía el enfoque del gobernante, que se complementaba con el talante del gerente, siempre meticuloso y atento a los detalles. En general, el nivel de ejecución de ese gobierno departamental fue bárbaro.
Ese mismo modelo de gestión pública moderno, efectivo, eficiente, de interlocución ciudadana permanente, ejecutor, que comunica bien, y que Gossaín promovió en su momento, se instaló en la memoria institucional de la Gobernación de Bolívar. Lo continuaron Turbay y Vicentico Blel, y hasta la fecha perdura. Es que sobre ese tren todo funciona bien. Y Yamil Arana lo ha entendido, y ese es quizá parte de su éxito.
Dumek, el alcalde de la transformación

Cartagena elige alcaldes acorde a sus momentos y coyunturas. Ninguna elección es igual a la otra, salvo excepciones. Es episódica y a veces, esquizofrénica. William Dau, por ejemplo, fue la respuesta a la rabia, a la impotencia, a la decepción y la frustración ciudadana. Ocho años de tumbos administrativos la enloqueció y optó por un salto al vacío. Dumek, con toda la experiencia en el quehacer de lo público que le dejó su paso por Iderbol y la Gobernación, llegó para inyectarle adrenalina de obras, gestión y orden a una Cartagena en cuidados intensivos, paralizada, anómica y anárquica donde pasaba de todo pero no pasaba nada.
Pensó la ciudad a partir de ideas de los mismos cartageneros; planeó, se hizo elegir y se rodeó de los mejores en cada una de las áreas del gobierno. A propósito: clave que la rotación de funcionarios ha sido mínima, y la curva de aprendizaje, alta.
La ejecución de más de 700 obras de infraestructura social en tres años en Cartagena no solo requieren recursos de inversión; demanda planificación, método, decisión, gestión, disciplina, carácter, compromiso, escucha social y trabajo de equipo.
Y como mi vinculación al Gobierno no depende de la lisonja al mandatario (como quienes me conocen lo saben), me doy la licencia de confesar que muchas de las grandes decisiones de esta administración han surgido de profundas y álgidas discusiones internas. Dumek es tozudo pero escucha y toma nota. Aprende rápido, es metódico, obsesivo, dinámico, incansable. Tiene un olfato extraordinario, no solo en lo político sino en lo estratégico. 35 años de experiencia en lo público forjan el criterio y el carácter, te hacen más agudo y preciso en el análisis de las situaciones. Características necesarias para gobernar una ciudad tan compleja como Cartagena y no morir en el intento.
Pero es estando en las entrañas del monstruo que uno entiende que esto de gobernarla no es soplar y hacer botellas. Es una responsabilidad compleja que exige unas cualidades especiales que no todos tenemos. A mí, en lo particular, no me quedaron ganas de ser alcalde. No por ahora.
Y bueno, me pasa últimamente que cuando voy a otras ciudades y veo sus plazas descuidadas, su mobiliario urbano desvensijado y a los niños en los parques jugando en bancas rotas, pienso: ¿y en dónde está el gobierno local, que ni teniendo el problema en las narices le da por resolver, invertir, mantener o intervenir?
El ‘modelo de gestión’ es el alma de la administración pública. Y la administración pública es una sola. Es por ello que Cartagena no puede retroceder un ápice en su impulso, ni volver a épocas aciagas donde nos quejábamos era porque no se hacía nada. Que la queja de algunos malquerientes de ocasión surja ahora sobre lo que sí se hace, muestra que hemos avanzado y que se han resuelto centenares de problemas que eran cíclicos, titulares recurrentes, columnas de opinión repetidas.
Y, así como Juan Carlos Gossaín le cambió la cara al Departamento desde 2012, qué bueno sería que este modelo que dejamos -perfectible, por supuesto – continúe para que esta, la ciudad de todos los colombianos, siga por la senda del desarrollo y la equidad social.
El adanismo es para los fanáticos y el negacionismo es mezquino. Hay solo un camino, el más sensato, no importa el sector político de origen del próximo alcalde de Cartagena: construir sobre lo construido para avanzar y transformar. El estilo lo define cada quien.
* Comunicador Social de la Universidad de Cartagena | Asesor de Despacho para Asuntos Estratégicos y de Gobierno de la Alcaldía Distrital de Cartagena.
