La política tiene una extraña capacidad para reinventar biografías. De repente, quienes durante años hicieron parte de los círculos más exclusivos terminan presentándose como enemigos jurados de esos mismos sectores que alguna vez los recibieron con alfombra roja, brindis y aplausos. La memoria, al parecer, suele ser la primera víctima de las conveniencias electorales.
La María Mulata representa uno de esos casos que llaman la atención. En su juventud militó en causas de izquierda y participó en escenarios de protesta estudiantil, pero con el paso del tiempo terminó ocupando espacios de reconocimiento y prestigio dentro de la élite cartagenera. Compartió escenarios, proyectos y relaciones con quienes conformaban los sectores más influyentes de la ciudad. No era una visitante ocasional. Era parte del paisaje.
Fue concejal, lideró importantes procesos institucionales, ocupó posiciones destacadas en organizaciones de gran influencia y disfrutó del reconocimiento de los grupos tradicionales de poder. En aquellos años no parecía existir ninguna incomodidad con quienes tenían para el whisky y para el hielo. Por el contrario, era una época de cercanías, coincidencias y mutuos reconocimientos.
Quienes estuvieron allí recuerdan que el día de su posesión como alcaldesa la ciudad política y empresarial la acompañó con entusiasmo. Era la dirigente del momento, la figura de consenso para amplios sectores de Cartagena. Su liderazgo era celebrado precisamente por muchos de aquellos grupos que hoy son retratados como símbolo de todos los males sociales y políticos.
Por eso resulta llamativo que ahora se intente construir una narrativa en la que pareciera que nunca existió esa convivencia. Como si la dirigente hubiera vivido siempre distante de los sectores privilegiados. Como si jamás hubiera compartido escenarios, proyectos o intereses con quienes hoy aparecen en el papel de adversarios permanentes.
El verdadero debate no está en los cambios de postura, porque toda trayectoria política está marcada por aprendizajes, alianzas y transformaciones. Lo que resulta cuestionable es la tendencia a presentar el pasado como si nunca hubiera existido, especialmente cuando ese pasado estuvo estrechamente ligado a los mismos sectores que hoy se señalan con severidad.
La credibilidad de un líder no se construye negando capítulos de su historia, sino asumiéndolos con transparencia. Después de todo, los ciudadanos tienen derecho a conocer el recorrido completo de quienes aspiran a representarlos, incluyendo las etapas en las que compartieron espacios, intereses y reconocimientos con aquellos a quienes ahora critican.
Al final, la discusión no es sobre el whisky ni sobre el hielo. Es sobre la coherencia. Porque quienes ayer disfrutaban de la compañía de los poderosos deberían tener la honestidad de reconocerlo antes de asumir el papel de vengadores de una realidad que también ayudaron a construir. La memoria política puede ser frágil, pero no debería convertirse en una herramienta para acomodar el relato según las necesidades del momento.
