La visita del presidente Abelardo de la Espriella a Cartagena el póximo sábado tiene un significado que va más allá de la agenda protocolaria. Es la tercera vez que el jefe de Estado pisa suelo cartagenero y, nuevamente, coincide con el alcalde Dumek Turbay Paz en un momento de alto valor simbólico para la ciudad. Esta vez no se trata de una reunión institucional más. Llega para inaugurar la primera fase del Malecón del Mar, una obra llamada a convertirse en referente urbano y en uno de los proyectos más transformadores de las últimas décadas.
Durante años, Cartagena vivió atrapada en una pregunta recurrente: ¿por cuál obra serán recordadas sus administraciones? La respuesta no siempre fue fácil. La última gran infraestructura que logró trascender gobiernos, debates y coyunturas fue Transcaribe. Un sistema de transporte cuya planeación comenzó a principios de los años 2000 y cuya ejecución atravesó más de una docena de alcaldías, combinando recursos nacionales, distritales e internacionales. Fue una apuesta colectiva que terminó marcando una época.
Hoy, el Malecón del Mar representa algo distinto. No es únicamente una obra física. Es una declaración de ciudad. Es la recuperación de una relación histórica entre Cartagena y su litoral, una invitación al encuentro ciudadano y un legado tangible que podrán disfrutar todos, sin importar su postura política. También representa el cumplimiento de la palabra empeñada, al convertirse en una de las promesas más emblemáticas de la campaña de Dumek Turbay que hoy deja de ser un compromiso para transformarse en una realidad. Lo disfrutarán quienes han respaldado su gestión y también quienes la han cuestionado. Las grandes obras tienen precisamente esa virtud: terminan perteneciendo a la gente y no a los gobiernos.
Por eso cobra especial relevancia la presencia del presidente en este acto inaugural. Los mandatarios nacionales escogen cuidadosamente los escenarios donde aparecen. Que el Malecón del Mar haga parte de esa agenda es una señal inequívoca de que Cartagena ha captado la atención del Gobierno Nacional, no por sus problemas de siempre, sino por su capacidad de ejecutar proyectos que generan desarrollo, confianza e identidad. Es el reconocimiento a una ciudad que avanza y que vuelve a ocupar un lugar protagónico en el mapa nacional.
Naturalmente, no todos marchan al mismo ritmo. Siempre habrá quienes observen cada avance desde la barrera de la crítica, motivados por diferencias políticas, aspiraciones personales o simples desacuerdos sobre el rumbo de la ciudad. Esa es una realidad propia de toda democracia. Sin embargo, hay verdades que terminan imponiéndose por sí solas. Las obras, la recuperación de espacios públicos, la inversión social y los resultados palpables tienen una fuerza que ningún debate logra eclipsar. Al final, los ciudadanos suelen quedarse con aquello que transforma su cotidianidad y mejora su calidad de vida, mucho más que con los discursos o las controversias pasajeras.
Cartagena ha esperado durante años proyectos capaces de inspirar orgullo colectivo. El Malecón del Mar parece reunir esas condiciones. Y cuando dentro de varios años se vuelva a formular la pregunta sobre cuál fue la obra emblemática de esta época, probablemente la respuesta será inmediata. Porque los gobiernos pasan, las controversias se olvidan y las discusiones se apagan. Lo que permanece son las transformaciones que mejoran la vida de la gente. Ahí es donde se construyen los verdaderos legados. Y todo indica que ese es justamente el camino que hoy comienza a recorrer el Malecón del Mar.
