Dice el adagio popular que Dios los cría y el diablo los junta. En Cartagena, pocos ejemplos parecen ajustarse mejor a esa sentencia que la reaparición política de Lidy Ramírez junto a William Dau. Una dupla que para muchos ciudadanos evoca uno de los periodos más turbulentos, conflictivos y desgastantes de la vida pública reciente de la ciudad. No se trata de una alianza nueva. Es una relación política que ha sobrevivido a escándalos, sanciones, derrotas electorales y fracturas internas, y que hoy intenta reinventarse ante una opinión pública que, por fortuna, todavía conserva memoria.
Los cartageneros recuerdan aquellos años marcados por enfrentamientos permanentes, señalamientos constantes y una administración que hizo de la confrontación su principal sello. En medio de ese escenario apareció Lidy Ramírez, convertida en una de las figuras de mayor confianza del entonces alcalde William Dau. Su influencia alcanzó distintos escenarios de poder, incluido el sector salud, donde intentó consolidar espacios de control que terminaron generando profundas controversias y resistencias.
Paradójicamente, quien llegó al gobierno envuelto en el discurso anticorrupción intentó mantener en las más altas esferas del Distrito a una funcionaria que terminaría cuestionada porque no cumplía los requisitos para el cargo que ocupaba. Dau la promovió como una especie de zar anticorrupción, un papel que apenas pudo desempeñar durante unos meses antes de que las observaciones del Concejo Distrital dejaran al descubierto las irregularidades de su nombramiento. Una contradicción difícil de explicar para quienes prometían transformar las prácticas de la política tradicional.
Los hechos posteriores fueron aún más reveladores. La sanción disciplinaria impuesta por la Personería Distrital por haberse posesionado sin cumplir los requisitos legales terminó convirtiéndose en una sombra imposible de ignorar. Sin embargo, lejos de tomar distancia, Dau continuó otorgándole responsabilidades políticas y estratégicas, llegando incluso a encargarle puentes de diálogo con un Concejo Distrital al que él mismo había declarado la guerra desde el inicio de su mandato.
En las urnas, entretanto, los resultados nunca acompañaron las ambiciones de Ramírez. Su aspiración al Concejo de Cartagena en 2019 terminó con una modesta votación que evidenció las limitaciones de un liderazgo construido más sobre la denuncia permanente que sobre la construcción de consensos. Aun así, persistió en el activismo político, en las movilizaciones callejeras y en la defensa irrestricta del proyecto dauista, incluso promoviendo acciones de presión y protesta en favor del entonces mandatario.
Su recorrido posterior tampoco estuvo exento de sobresaltos. Las diferencias con sectores del petrismo, las tensiones internas del Pacto Histórico y los desacuerdos frente a candidaturas locales la fueron alejando progresivamente de sectores que en algún momento la acompañaron. Cada ruptura dejó un saldo político negativo. Cada desencuentro debilitó una credibilidad que nunca terminó de consolidarse plenamente entre las bases progresistas.
Ahora, en un nuevo capítulo de esta historia, reaparecen los mismos protagonistas. Lidy Ramírez vuelve a caminar de la mano de William Dau. A la ecuación se suman la exalcaldesa Judith Pinedo y el concejal Armando Córdoba, configurando una alianza que pretende presentarse como alternativa, pero que inevitablemente carga con el peso de sus antecedentes. Más que una propuesta de futuro, parece una reunión de viejos actores intentando revivir fórmulas que ya fueron puestas a prueba por los ciudadanos.
La política tiene derecho a las segundas oportunidades. Lo que no tiene derecho es a exigir amnesia. Cartagena ya conoce a sus protagonistas, conoce sus discursos y conoce sus resultados. Por eso, antes de dejarse seducir por nuevas apuestas envueltas en los mismos rostros de siempre, la ciudad haría bien en mirar hacia atrás. Porque cuando la memoria funciona, el maquillaje político pierde efectividad. Y porque, al final, son los ciudadanos quienes deciden si quieren volver al pasado o seguir construyendo una Cartagena que avance con menos estridencia y más resultados.
