Por Óscar Viña Pardo – Especial para ESOVA
Entre los hilos de una hamaca, una mujer convirtió el dolor de la guerra en el lenguaje silencioso de la esperanza.
Nacira del Rosario Núñez Corrales comenzó aquella entrevista con el fotógrafo lituano Vytenis Didzuilis sin imaginar que no sería una conversación de una tarde, sino un diálogo que tardaría más de dos años en terminar. Durante veinticuatro meses él volvió una y otra vez a verla tejer, a escucharla, a guardar silencios y a comprender que aquella hamaca de mil colores no era simplemente una artesanía: era un mapa de la memoria. Cada hilo que cruzaba sus manos llevaba escondido un nombre, una ausencia, una historia. Mientras el tejido crecía, también se iba destejiendo su vida, como si hubiera esperado durante décadas a alguien dispuesto a escucharla hasta el final.
En Morroa, a pocos minutos de Sincelejo, el calor termina por desnudarlo todo. También el alma. Después de varios días de trabajo, Nacira comenzó a quitarse parte de la ropa para soportar las altas temperaturas mientras seguía moviendo el telar con la serenidad de quien conoce el lenguaje de los hilos. No había vergüenza en aquel gesto; había libertad. Era como si con cada prenda que dejaba a un lado también se desprendiera de un poco del miedo acumulado durante tantos años de guerra. Frente a Vytenis no estaba posando una mujer. Estaba sanando una sobreviviente.
Los Montes de María aprendieron demasiado pronto el significado del silencio. Allí la guerra dejó casas vacías, caminos sembrados de miedo y familias partidas para siempre. La violencia convirtió los amaneceres en incertidumbre y las noches en un territorio donde cualquier ruido podía anunciar la tragedia. Muchas personas nunca regresaron. Otras regresaron distintas. Y hubo quienes comprendieron que el único camino posible para seguir viviendo consistía en recoger los pedazos de la comunidad y volver a unirlos.
Eso hicieron las mujeres.
Mientras los hombres cargaban muchas veces el peso de la confrontación o el destierro, fueron ellas quienes sostuvieron la vida cotidiana. Cocinaron para quienes quedaban, cuidaron a los niños que preguntaban por quienes nunca volverían, acompañaron los duelos que parecían interminables y, cuando el miedo comenzó a ceder, transformaron la palabra y el tejido en herramientas para reconstruir el territorio.
Descubrieron que una aguja también podía desafiar a la violencia y que una hamaca podía convertirse en un archivo de la memoria.
Nacira entendió muy pronto que tejer era mucho más que fabricar un objeto. Era una manera de nombrar a los ausentes sin romperse, de abrazar el dolor sin dejarse consumir por él y de demostrar que la reparación comienza mucho antes de que aparezcan las instituciones. Empieza cuando alguien decide volver a confiar en el otro.
Por eso una Nacira habita el telar y otra se sienta en los círculos de palabra y memoria histórica. En ambos lugares es la misma mujer, pero habla idiomas distintos. En uno conversan las manos; en el otro lo hace la voz. Siempre pensando en las mujeres como el centro de la reconstrucción del tejido social de los Montes de María. Junto a lideresas como su hija Edilma Corrales y Soraya Bayuelo Castelar ha tejido, destejido y vuelto a tejer la esperanza, convencida de que incluso las heridas más profundas pueden encontrar una costura que las mantenga unidas. No desaparecen. Nunca desaparecen. Pero dejan de sangrar cuando alguien se atreve a compartirlas.
Con el tiempo, Vytenis también quedó atrapado en esa historia. En Lituania comenzaron a preguntarse por él. Decían que se lo había tragado la tierra. Nadie entendía por qué seguía regresando a Morroa. Algunos imaginaron que era la belleza de aquella mujer que tejía bajo el sol del Caribe. Otros pensaron que nunca había visto una hamaca con semejante explosión de colores. Ninguna explicación alcanzaba. Lo que realmente lo retenía eran los relatos de una mujer campesina que hablaba por cientos de mujeres. Comprendió que Nacira no representaba únicamente a Morroa, sino a los quince municipios que conforman los Montes de María, un territorio donde la guerra intentó romper la identidad colectiva y donde la memoria decidió responder con dignidad.
Allí nacieron iniciativas como El Mochuelo, el Museo Itinerante de la Memoria, que llevó las voces de las víctimas hasta las plazas de los pueblos; las cartografías del cuerpo y el territorio, donde las telas comenzaron a dibujar aquello que las palabras no alcanzaban a decir; y los archivos del dolor convertidos en esperanza, porque registrar la memoria también es una manera de impedir que la historia vuelva a repetirse.
Conocí a Nacira gracias al proyecto Voces en el Territorio. Al principio nuestras conversaciones eran breves. Ella observaba más de lo que hablaba. Bastó compartir varios días en su casa, junto a Clara Téllez, para descubrir que su hospitalidad era otra forma de resistencia. Nos recibió con los sabores heredados de sus ancestros, con la generosidad de quien nunca perdió la capacidad de abrir la puerta, aun después de que la violencia intentara cerrarla para siempre. Hay personas que envejecen acumulando años. Nacira los ha convertido en sabiduría.
Han pasado más de cinco años desde aquella visita y aún no he vuelto a Morroa. Sin embargo, sigo caminando ese territorio a través de las redes sociales y de las noticias del colectivo de mujeres que continúa organizando, año tras año, el Festival de la Luna.
Cada edición parece un milagro construido a pulso. Porque la memoria también necesita presupuesto, voluntades y manos dispuestas a trabajar cuando casi nadie mira. Detrás de cada escenario, de cada exposición y de cada tejido hay mujeres que hacen rifas, gestionan recursos, golpean puertas y se niegan a permitir que el olvido gane la batalla.
Quizá por eso el reconocimiento que recibirá Nacira del Rosario Núñez Corralesdurante el Festival de la Luna tiene un significado que trasciende cualquier homenaje. No es solamente un premio para una artesana. Es el abrazo que un territorio le ofrece a una mujer que decidió convertir el dolor en un oficio de esperanza. Es el agradecimiento de un pueblo que comprendió que la paz también se construye alrededor de un telar.
A veces pienso que Colombia debería parecerse más a una hamaca montemariana. En ella ningún hilo es idéntico al otro, ninguno ocupa el lugar del vecino y, sin embargo, todos son indispensables para sostener el peso de quien descansa. La reconciliación quizá no sea otra cosa que aprender a tejer de nuevo con quienes alguna vez compartieron el mismo territorio roto por la guerra.
Y cuando cae la noche sobre Morroa, mientras la luna vuelve a iluminar los telares y el viento mueve lentamente las hamacas, imagino a Nacira haciendo lo que mejor sabe hacer: cruzar un hilo más. Porque cada puntada es una victoria sobre el olvido. Porque mientras existan mujeres como ella, la memoria seguirá encontrando el camino de regreso a casa.
