Por Rodolfo Díaz Wrigth
Llegué a Chambacú en 1955, cuando apenas tenía cinco años. Mi familia, como tantas otras, fue desplazada por la violencia política de los años cincuenta, después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Veníamos desde Barrancabermeja, navegando el río Magdalena, buscando paz y un lugar donde empezar de nuevo. Éramos siete hijos y recuerdo que llegamos un Jueves Santo en la noche, sin luz, con la incertidumbre de lo desconocido.
Lo primero que nos impactó fue el agua salada del lago del Cabrero. Para quienes nunca habíamos visto el mar, aquello fue un descubrimiento y lo primero que hicimos fue probar el agua para comprobar que en verdad era salada. Chambacú ya era un gran sector, dividido en barrios como el Papayal, la Loma de Vidrio y Puerto Duro. Allí crecí, entre callejones, vecinos que se conocían y brigadas cívicas que cuidaban la seguridad. Era un lugar duro, con fama de peligroso, pero también lleno de vida y comunidad.
Con los años, Chambacú se convirtió en símbolo de marginalidad y abandono. Las familias fueron reubicadas en los setenta, pero el terreno quedó sin plan, a merced de intereses y del olvido. Lo que siguió fue un espacio de improvisación: circos, casetas, plazas de toros fallidas y nuevas oleadas de desplazados. El tugurio volvió a crecer, afectando incluso al centro histórico y turístico de Cartagena.
Recuerdo que Chambacú era un universo propio, con sus sectores, sus callejones y su vida comunitaria. Allí crecimos entre la solidaridad de los vecinos y la fama de ser un lugar peligroso. Era un barrio que mezclaba la alegría de las brigadas cívicas con la dureza de la pobreza y el estigma. Esa dualidad marcó a quienes lo habitamos: aprendimos a resistir, a convivir y a soñar con un futuro distinto.
Con el tiempo, vi cómo el barrio se fue apagando. Las familias fueron reubicadas y el terreno quedó vacío, sin un plan claro. Lo que siguió fue el abandono, el uso improvisado del espacio para circos, casetas y plazas de toros que nunca prosperaron. Chambacú se convirtió en símbolo de exclusión, un lugar que la ciudad prefería olvidar, pero que seguía vivo en la memoria de quienes lo habitamos.
La historia cambió para bien
Hoy, esa historia se resignifica. El Nuevo Chambacú es un espacio de encuentro, un corredor cultural y turístico que conecta el centro histórico con el Castillo de San Felipe. Donde antes hubo precariedad, ahora hay plazas, museos y monumentos que honran la memoria de quienes hicieron de Chambacú un referente de resistencia y dignidad.
Para mí, que lo viví desde niño, ver esta transformación es un acto de justicia con la historia y con la ciudad. Chambacú deja de ser herida abierta para convertirse en símbolo de esperanza. Cartagena recupera un lugar que fue estigma y lo convierte en orgullo.
Hoy puedo decir que el Nuevo Chambacú es la prueba de que la ciudad aprendió de su pasado y decidió construir futuro.”
Hoy, al contemplar el Nuevo Chambacú, siento que la historia se reconcilia con la ciudad. Este espacio ya no es un tugurio ni un campo desolado, sino un corredor cultural y turístico que conecta el centro histórico con el Castillo de San Felipe. Ver que se proyecta un museo, un monumento y plazas que honran la memoria de quienes hicieron de Chambacú un referente, me llena de esperanza. Es como si la Cartagena que nos dio la espalda ahora nos devolviera un lugar digno, transformando la herida en símbolo de futuro.”
