Opinión
Por estos días resulta imposible ignorar el nivel de confrontación política que vive Colombia. Sin embargo, más allá de las diferencias ideológicas legítimas que caracterizan toda democracia, existe un fenómeno mucho más profundo y preocupante: la construcción sistemática del odio político como herramienta de poder.
Para nadie es un secreto que, desde antes de llegar a la Presidencia de la República, Gustavo Petro ha sido uno de los dirigentes más atacados, estigmatizados y vilipendiados de la historia contemporánea colombiana. Sus contradictores tienen todo el derecho de cuestionar sus decisiones, sus reformas o su visión de país. Eso hace parte de la democracia. Lo que resulta preocupante es cuando la crítica abandona el terreno de los argumentos y se instala en el de la demonización permanente.
Durante décadas, Colombia ha sido escenario de una práctica política peligrosa: convertir al adversario en enemigo. No es una estrategia nueva. Basta recordar la historia nacional para encontrar numerosos ejemplos.
La violencia que terminó con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 no nació de un día para otro. Fue el resultado de años de estigmatización, campañas de miedo y discursos que presentaban a determinados sectores políticos como una amenaza existencial para la nación. El país fue llevado a creer que el opositor no era un colombiano con ideas distintas, sino un enemigo que debía ser eliminado.
Aquella narrativa desembocó en uno de los periodos más oscuros de nuestra historia: La Violencia, que dejó cientos de miles de muertos y abrió las puertas a décadas de confrontación armada.
Hoy, salvando las enormes diferencias de contexto, resulta inquietante observar cómo algunos sectores vuelven a recurrir a estrategias similares. Desde la campaña presidencial de 2022 se anunciaba el supuesto fin de la democracia, la destrucción de la propiedad privada, el colapso económico y hasta la desaparición de las libertades individuales si Gustavo Petro llegaba al poder.
Cuatro años después, esas profecías apocalípticas no se materializaron. Colombia sigue siendo una democracia. Hay elecciones. Existe libertad de prensa. El sector privado continúa funcionando. Las instituciones permanecen vigentes.
Esto no significa que el Gobierno esté exento de errores o críticas. Ningún gobierno lo está. Significa simplemente que muchas de las advertencias catastrofistas terminaron siendo instrumentos de propaganda política más que análisis serios de la realidad.
La historia enseña que el miedo es una herramienta poderosa para movilizar masas. Pero también enseña que quienes construyen su liderazgo exclusivamente sobre el miedo suelen terminar debilitando las bases mismas de la democracia.
En ese contexto emerge un fenómeno igualmente preocupante: la construcción de figuras políticas con características mesiánicas.
En la tradición bíblica, Israel enfrentó repetidamente el problema de los falsos salvadores. El pueblo buscaba líderes que prometieran soluciones instantáneas a problemas complejos. El libro de Samuel relata cómo los israelitas exigieron un rey que los salvara de todos sus males, ignorando que ninguna persona puede reemplazar la responsabilidad colectiva de una nación.
La Biblia advierte constantemente sobre aquellos que se presentan como redentores absolutos. En el Evangelio de Mateo se recuerda que surgirían personajes capaces de seducir multitudes mediante discursos grandilocuentes y promesas extraordinarias.
Las democracias modernas tampoco están inmunes a esa tentación.
Cuando un dirigente comienza a ser presentado como el único capaz de salvar a la patria, cuando se le atribuyen cualidades casi sobrenaturales, cuando sus seguidores lo elevan por encima del debate racional y lo convierten en una especie de enviado providencial, se corre el riesgo de abandonar la política para entrar en el terreno del culto personalista.
Por eso resulta legítimo cuestionar discursos que presentan determinados proyectos políticos como una «Nación Milagro» o que pretenden erigir a ciertos dirigentes en salvadores únicos de Colombia.
Las naciones no se construyen por milagros ni por mesías.
Las naciones se construyen mediante instituciones sólidas, ciudadanos informados, respeto por la diferencia y debates fundamentados en hechos.
El verdadero patriotismo no consiste en odiar al adversario ni en convertirlo en enemigo de la patria. Tampoco en rendir culto a líderes políticos, sin importar el sector ideológico al que pertenezcan.
El patriotismo consiste en defender la democracia incluso cuando pensamos diferente.
La historia de Colombia debería habernos enseñado que el odio político nunca termina bien. Desde las guerras civiles del siglo XIX hasta el asesinato de Gaitán, pasando por décadas de violencia partidista, el país ha pagado un precio demasiado alto por convertir las diferencias ideológicas en confrontaciones existenciales.
Quizás la mayor lección que debemos aprender es que ningún colombiano debería ser perseguido por sus ideas políticas, así como tampoco ningún gobernante debería ser elevado a la categoría de redentor nacional.
Porque cuando el odio reemplaza a los argumentos y los mesías sustituyen a las instituciones, la democracia comienza a perder su esencia.
Y Colombia ya conoce demasiado bien las consecuencias de ese camino.
