Los cherokee acuñaron una frase que hoy es célebre en las escuelas de administración: “para juzgar a alguien hay que ponerse en sus zapatos”. Esa idea de empatía resulta clave para analizar lo ocurrido con James Rodríguez en el episodio de los sombreros y la bandera, cuando su gesto frente a la hija del presidente Gustavo Petro fue interpretado como desaire. Antes de emitir juicios, conviene entender el contexto y las presiones de un protocolo que no es sencillo.
Quienes han estado en la línea de saludo presidencial saben que es un momento cargado de tensión. Cada persona tiene asignada una posición, un recorrido y unas reglas estrictas. La seguridad es máxima y cualquier movimiento fuera de lo previsto puede ser considerado riesgoso. En ese escenario, la atención del invitado se concentra en el saludo al jefe de Estado, no en lo que ocurre alrededor. Pretender que James debía improvisar una foto en ese instante es desconocer la rigidez del protocolo.
Además, la trayectoria del jugador muestra lo contrario de lo que se le atribuye. James ha sido generoso con los niños: defendió a uno en el Bernabéu cuando la policía intentaba retirarlo, ha parado su carro para firmar autógrafos y ha roto filas para atender aficionados. No es un hombre distante ni soberbio, sino alguien que ha cultivado gestos de cercanía. Por eso, reducirlo a una “cara brava” en un acto oficial es simplificar una historia de empatía que lo ha acompañado siempre.
También cabe señalar que la hija del presidente pudo desconocer las limitaciones del momento. El protocolo impide romper la fila y la seguridad lo refuerza. Si se critica la reacción de James, también habría que reconocer que la solicitud de la foto no era oportuna. En un país polarizado, cualquier gesto se convierte en combustible para la especulación y la interpretación interesada.
Lo ocurrido merece el beneficio de la duda. James Rodríguez no es un personaje improvisado ni ajeno al cariño de la gente. Su historia lo respalda como alguien cercano y atento. Antes de sumarnos a la ola de juicios apresurados, conviene recordar la enseñanza cherokee: ponerse en los zapatos del otro. Solo así podremos juzgar con justicia y no con la ligereza que tanto daño hace en la coyuntura actual del país.
Y más aún, cuando el país vive la expectativa del próximo Mundial de Fútbol, donde James vuelve a ser referente de la Selección Colombia. Su liderazgo y experiencia serán vitales para un grupo joven que busca recuperar la ilusión y el respeto internacional. En ese escenario, lo que más necesita el equipo —y el país— es unión, no juicios precipitados.
Porque al final, los gestos se olvidan, pero las acciones perduran. Y las de James, dentro y fuera de la cancha, han demostrado que su compromiso con la gente y con la camiseta amarilla va más allá de una foto o de una interpretación. En tiempos donde la empatía escasea, recordar su trayectoria es también una forma de reconciliarnos con la sensatez.
