La reciente entrega de la vía que conecta Canapote y Santa Rita con la cima de La Popa marca un antes y un después para la comunidad de Loma Fresca. No se trata únicamente de una obra de infraestructura: es la materialización de un anhelo colectivo y la confirmación de que el gobierno puede estar cerca, escuchar y responder.
Durante años, la ausencia de esta vía generó incomodidades, riesgos de erosión y acumulación de sedimentos que afectaban la movilidad en sectores vecinos. Hoy, con una construcción sólida y moderna, se resuelve un problema histórico y se abre un corredor que dinamiza la vida urbana. A ello se suma el mirador que ya atrae visitantes y vecinos, y la cancha polideportiva en fibra sintética, que promete convertirse en un espacio de integración y recreación.
Pero lo más valioso no está en el asfalto ni en la fibra: está en la emoción de los habitantes, que sienten por primera vez que el gobierno los mira, los atiende y los incluye. Para ellos, esta obra es símbolo de reconocimiento y pertenencia, un recordatorio de que también son parte de la ciudadanía cartagenera.
Es cierto que algunas voces han expresado reservas, temiendo una supuesta “tugurización” del sector. Sin embargo, la historia demuestra que la falta o carencia de la vía nunca generó invasiones ni desorden. Lo que prevalece hoy es el consenso de gratitud y satisfacción de una comunidad que ve atendida una necesidad largamente postergada.
La nueva vía no solo facilita el acceso al convento de La Popa, sitio emblemático de la ciudad, sino que también representa un puente de confianza entre periferia y centro. En Loma Fresca, la obra pública se convierte en obra de ciudadanía. Y ese es el verdadero progreso: que la gente se sienta parte, se sienta escuchada y se sienta orgullosa de su ciudad.
