El túnel de Crespo y su parque lineal nacieron de una improvisación ministerial, no de un plan urbano pensado para la ciudad. Lo que en los planos originales estaba diseñado como una vía costera que respetaba al barrio, terminó convertido en un deprimido y un parque sobre su superficie. La comunidad de Crespo resistió la idea de una autopista de ocho carriles que habría partido en dos al vecindario, y gracias a esa presión ciudadana se optó por la solución del túnel.
Pero lo que parecía un triunfo terminó siendo otra paradoja cartagenera: el parque lineal y el túnel no pertenecen a la ciudad, sino a la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI). Bajo concesiones nacionales, el espacio ha sufrido abandono y mal mantenimiento, mientras Cartagena reclama su integración al proyecto del malecón del mar.
La escena reciente raya en lo insólito: el director de la ANI, Óscar Torres, aparece entregando el parque “a la ciudad” sin funcionarios presentes, con una hoja de papel en la mano, y poco después anuncia sus aspiraciones políticas. Una entrega simbólica, sin claridad jurídica, que deja más preguntas que respuestas.
Cartagena necesita que este espacio sea suyo, no de una empresa nacional. El parque lineal debe ser parte del malecón, debe ser un lugar vivo y cuidado, no un terreno en disputa. La ciudad no puede seguir acumulando obras que no le pertenecen.
El túnel y el parque de Crespo son el reflejo de una Cartagena que exige respeto: respeto a sus barrios, a sus espacios públicos y a su derecho de decidir sobre ellos. La entrega debe ser real, transparente y definitiva. Porque un parque sin dueño es, en realidad, un parque sin futuro.
La historia del túnel y el parque lineal de Crespo es también un recordatorio de cómo las decisiones improvisadas desde el poder central terminan afectando la vida cotidiana de los barrios. Lo que comenzó como una solución rápida a un trancón navideño se transformó en una obra que, aunque necesaria, nunca fue plenamente entregada a la ciudad. Esa falta de claridad en la propiedad y administración ha dejado a los cartageneros con un espacio público a medias, sin el cuidado ni la integración que merece.
Hoy, cuando Cartagena avanza con el proyecto del malecón del mar, el parque lineal debería ser un aliado natural, un espacio que complemente la visión de una ciudad abierta al mar y a sus ciudadanos. Sin embargo, mientras siga bajo el limbo administrativo de la ANI, seguirá siendo un símbolo de la desconexión entre las necesidades locales y las decisiones nacionales. Cartagena no necesita más promesas simbólicas ni entregas teatrales: necesita hechos concretos, espacios públicos vivos y una gestión que piense primero en la ciudad y en su gente.
