Cartagena vuelve a recibir un llamado urgente desde sus propios cuerpos de agua. El Establecimiento Público Ambiental (EPA), en cumplimiento de una sentencia de acción popular, adelanta jornadas de educación ambiental en el mercado de Bazurto y la Ciénaga de las Quintas. A primera vista, parece una noticia menor. Pero si se mira con lupa, revela una verdad incómoda: la ciudad está ahogada en basura y carece de una cultura ambiental sólida.
La Ciénaga de las Quintas, que debería ser un tesoro natural, se ha convertido en un vertedero. Residuos sólidos, descontrol en el mercado y manglares que avanzan sobre un ecosistema degradado pintan un panorama alarmante. Y aunque estas capacitaciones son un paso necesario, no basta con cumplir una sentencia: Cartagena necesita un cambio estructural en la forma en que sus ciudadanos entienden y manejan los desechos.
Los números son contundentes: cada cartagenero produce casi 2 kilos de basura al día, lo que suma más de 2.000 toneladas diarias. Una parte se recoge oficialmente, pero otra termina en caños, canales y cuerpos de agua. El resultado es un ciclo interminable: se limpian los canales y, al poco tiempo, vuelven a llenarse de residuos.
La educación ambiental no puede ser un parche ocasional. Debe convertirse en parte de la vida cotidiana, enseñarse en colegios, universidades y transmitirse en cada hogar. Separar en la fuente, reciclar, reducir la producción de basura y, sobre todo, dejar de arrojar residuos en cualquier esquina son hábitos que Cartagena debe adoptar si quiere evitar que sus ciénagas se conviertan en pantanos insalubres.
Además, no podemos olvidar que detrás de cada tonelada de basura hay una cadena de responsabilidades compartidas. No basta con señalar al ciudadano que arroja residuos en la calle: también hay que exigir a las autoridades un sistema de recolección más eficiente, infraestructura adecuada para el reciclaje y campañas permanentes que no se limiten a cumplir una sentencia judicial. La educación ambiental debe ser acompañada de políticas públicas claras y sostenidas, porque de nada sirve enseñar a separar residuos si no existen rutas de reciclaje que los aprovechen.
Cartagena, con su riqueza histórica y turística, no puede seguir cargando con la imagen de una ciudad que se ahoga en sus propios desechos. La Ciénaga de las Quintas es solo un espejo de lo que ocurre en otros rincones de la ciudad. Transformar esta realidad exige un compromiso colectivo: ciudadanos conscientes, instituciones firmes y proyectos que integren la sostenibilidad como eje central. Solo así podremos garantizar que el futuro de la ciudad amurallada no esté marcado por montañas de basura, sino por un entorno limpio y digno de su patrimonio.
Que las jornadas del EPA en Bazurto sean el inicio de una transformación más amplia. Porque la verdadera modernidad de Cartagena no está en grandes proyectos turísticos, sino en la capacidad de cuidar lo más básico: su agua, su tierra y su gente.
