Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
La capacidad institucional: la nueva ventaja competitiva de las ciudades del siglo XXI
Las instituciones fuertes no producen indicadores; producen bienestar. En el deporte, ingresar a las grandes ligas siempre es motivo de celebración. Permanecer en ellas exige algo mucho más difícil: disciplina, entrenamiento, mejora continua y un equipo comprometido con la excelencia. Con las instituciones ocurre exactamente lo mismo.
El segundo lugar alcanzado por Cartagena en el Índice de Desempeño Institucional no representa únicamente un buen resultado administrativo. Es la evidencia de que la ciudad está fortaleciendo uno de los activos más importantes para competir en el siglo XXI: su capacidad de gobernarse mejor.
Las instituciones no existen para producir buenos indicadores. Existen para que los ciudadanos vivan mejor: niños en mejores colegios, familias atendidas en hospitales oportunos, barrios con agua potable y saneamiento confiables, empleos formales, empresas que invierten con confianza, servicios públicos eficientes y gobiernos que responden con transparencia. Ese es el verdadero propósito de una gestión pública de alto desempeño.
En otras palabras, no se trata de administrar mejor el Estado por el Estado mismo, sino generar valor público.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de la cual Colombia hace parte desde 2020, reúne a las economías que han logrado convertir la buena gobernanza en un motor de desarrollo. En su Policy Framework on Sound Public Governance, la OCDE sostiene que los gobiernos de alto desempeño comparten una misma característica: administraciones íntegras, profesionales y transparentes, capaces de planear con visión de largo plazo, tomar decisiones basadas en evidencia, coordinar actores, evaluar resultados y aprender continuamente.
No es casualidad que ciudades como Copenhague, Singapur, Zúrich, Helsinki, Estocolmo o Seúl aparezcan de manera recurrente entre las mejores del mundo para vivir, invertir e innovar. Antes que construir grandes obras, construyeron grandes capacidades públicas. Y fueron esas capacidades las que hicieron posibles sistemas educativos de excelencia, infraestructura moderna, transporte eficiente, seguridad jurídica, confianza ciudadana y economías altamente competitivas.
Ese es el verdadero referente internacional al que comienza a acercarse Cartagena.
Una ciudad histórica, portuaria, turística e industrial que tiene ante sí el desafío de transformar sus ventajas naturales y culturales en desarrollo sostenible. No porque un indicador la convierta automáticamente en una ciudad desarrollada, sino porque demuestra que está fortaleciendo las condiciones que hacen posible el desarrollo.
En un país donde la debilidad institucional, la improvisación, la corrupción y la discontinuidad administrativa han limitado durante décadas el potencial de muchos territorios, alcanzar un resultado de esta magnitud constituye mucho más que una buena noticia. Es la demostración de que otra forma de gobernar es posible.
Pero precisamente por eso, el futuro será determinante. Las ciudades que construyen capacidades públicas no pueden permitirse retrocesos. Cartagena tendrá en los próximos años una decisión fundamental: elegir liderazgos que entiendan que la profesionalización del Estado, el mérito, la planeación de largo plazo y la gestión basada en evidencia no son patrimonio de una administración, sino activos permanentes de la ciudad. Las capacidades construidas durante años pueden debilitarse rápidamente cuando se abandona la visión de largo plazo.
Es claro que, las medallas no ganan campeonatos. Lo verdaderamente importante comienza después del reconocimiento.
En momentos que Colombia empieza a avanzar hacia una profundización de la descentralización. Los territorios asumirán mayores competencias y responsabilidades. En ese nuevo escenario, las ciudades competirán cada vez menos por sus ventajas naturales y cada vez más por la calidad de su gestión pública. La autonomía sin capacidad produce frustración; la autonomía respaldada por una arquitectura institucional sólida produce desarrollo.
Por eso Cartagena no puede fallar precisamente donde hoy empieza a diferenciarse: preservar la integridad pública, blindar la administración frente a la corrupción, fortalecer el mérito y la profesionalización del servicio público, consolidar la planeación de largo plazo, profundizar el gobierno digital, evaluar permanentemente sus políticas públicas y mantener una gestión basada en evidencia. La OCDE identifica precisamente estos factores como habilitadores de una gobernanza sólida y sostenible.
Pero este ya no es únicamente un reto del Gobierno Distrital. Las ciudades que sostienen altos niveles de desempeño entienden que las capacidades son una construcción colectiva. El Gobierno debe liderar con visión y ejecución; el Concejo garantizar estabilidad normativa y control técnico; los servidores públicos aportar profesionalismo y continuidad; el sector empresarial impulsar competitividad e innovación; la academia producir conocimiento y evaluar políticas públicas; los medios fortalecer el debate informado; y la ciudadanía participar, vigilar y defender el valor de lo público.
Quizá el mayor desafío sea, precisamente, creerse el cuento. Comprender que este resultado no pertenece a una administración en particular, sino a Cartagena. Porque las ciudades no transforman su historia cuando inauguran una gran obra, sino cuando construyen las condiciones capaces de hacer posibles miles de ellas durante generaciones.
Entrar en la liga de las instituciones es un logro; permanecer en ella será la verdadera medida de su grandeza. Los rankings reconocen un año de gestión. Las instituciones sólidas construyen generaciones de prosperidad.
(*) Magíster en Asuntos Internacionales, Comunicador Social – Universidad Externado de Colombia
