Resulta desconcertante observar cómo una empresa que durante años se mostró apática y sin rumbo, de repente intenta proyectar dinamismo y entusiasmo. Aguas de Cartagena, que en este gobierno acumuló crisis y contratiempos, parece haber despertado de golpe, anunciando proyectos y mostrando una energía que hasta hace poco brillaba por su ausencia. Sin embargo, la memoria ciudadana no olvida que su contrato fue prorrogado de manera insólita hace más de una década, con la promesa de modernizarse y acompañar el crecimiento de la ciudad, promesa que nunca se cumplió del todo.
El arranque de esta administración estuvo marcado por emergencias constantes: roturas de tuberías, puestos de mando improvisados y un manejo reactivo que convirtió a la empresa en un “apaga incendios” más que en un proveedor confiable de agua. Luego, cuando parecía que la calma llegaba, la sorpresa fue mayor: racionamientos programados sin previo aviso, justificados por fenómenos de algas en las bocatomas. La ciudad pasó de la urgencia operativa a la evidencia de un problema estructural: la incapacidad de la empresa para garantizar el suministro en una Cartagena que crece aceleradamente.
Las actuaciones judiciales que frenaron los racionamientos dejaron claro que el servicio no puede depender de improvisaciones. Y, paradójicamente, justo después de esas presiones, la empresa anunció que ya podía cumplir, como si de la noche a la mañana hubiera encontrado soluciones mágicas. Ahora habla de grandes proyectos, campamentos y tuberías, mientras desliza que espera otra prórroga contractual hacia 2034. Esa errática conducta genera más dudas que confianza: ¿hay realmente un plan estratégico o solo respuestas coyunturales?
El alcalde ha sido claro: las relaciones están rotas y se requieren decisiones de fondo. Cartagena no puede vivir en estado permanente de crisis frente a un servicio vital como el agua. La ciudadanía merece una empresa seria, con visión de futuro, capaz de anticipar problemas y no simplemente reaccionar a ellos. La improvisación no puede seguir siendo la norma.
Que Aguas de Cartagena muestre una nueva dinámica es, sin duda, mejor que la apatía anterior. Pero la ciudad necesita más que entusiasmo repentino: requiere estrategia, transparencia y compromiso real con su desarrollo. El agua no admite juegos ni titubeos. Es hora de que las decisiones estratégicas se tomen pensando en la ciudad y no en la supervivencia de una empresa que ha demostrado demasiadas veces su fragilidad.
