La marejada que golpeó nuestras playas todavía deja huellas visibles en Cartagena. Sin embargo, la ciudad ha entendido que este no es momento de mirarse al espejo, sino de tender la mano. Los daños aquí son manejables; lo urgente está en Montería, donde el desbordamiento de los ríos ha desatado una crisis que exige respuestas inmediatas.
El alcalde, junto a su equipo, ha tomado la decisión correcta: organizar y enviar ayudas médicas, veterinarias y logísticas hacia Córdoba. Ya han llegado los primeros apoyos, y con ellos la tranquilidad de una población que empieza a sentir que no está sola. La sonrisa de quienes reciben medicamentos, alimentos o atención para sus animales atrapados por la inundación es prueba de que la solidaridad no es discurso, sino acción.
Lo más valioso es que esta corriente de apoyo no se limita a las instituciones. Estudiantes, gremios, hoteleros, comerciantes y banqueros han empezado a sumarse. Una niña cartagenera que pide colaboración en su colegio es símbolo de que la fuerza de la ciudad se multiplica desde lo más sencillo. Y lo que nació tímidamente aquí ya se replica en Atlántico y Cundinamarca, demostrando que la periferia puede liderar cuando el centro se enreda en disputas estériles.
Hoy Cartagena no solo enfrenta sus propios estragos: lidera un movimiento nacional de solidaridad. Es un ejemplo de cómo la unión puede transformar la desesperanza en alivio. A nuestros hermanos de Córdoba y Montería les decimos: tengan paciencia, el país está con ustedes. La ola invernal pasará, y saldremos todos fortalecidos de este momento.
