Por Rodrigo Velásquez Ángel
Ella sale de la ceremonia de grado con la toga todavía puesta y una técnica impecable. Puede ser violinista, pintora, bailarina o actriz. Durante años estudió armonía o color, historia del arte, estética, repertorio. Domina su oficio como pocos. Pero esa tarde, entre fotos y abrazos, no sabe cómo cobrar por su trabajo, cómo registrar su obra ni cómo vivir de lo que ama.
Con el tiempo empezará una carrera ilusionada: desarrollará su concepto, su lenguaje, su filosofía, todo lo que construye un artista. Y poco a poco descubrirá que su sustento depende de esperar una convocatoria del Ministerio, un estímulo, una beca, una concertación, un premio. Descubrirá que nadie le enseñó a leer el entorno económico, tecnológico y social en el que tendrá que trabajar.
Las escuelas de artes en Colombia, en música, en pintura, en danza, en teatro, con todo y sus técnicas y estilos nuevos, siguen graduando a sus estudiantes como si salieran a trabajar para el Barroco. No en el sentido del estilo, que es de los más bellos de la historia, sino en el de la época: un mundo de mecenas, cortes e iglesias que sostenían a los artistas. Ese mundo ya no existe.
Esos son los costos ocultos de la educación en artes. No aparecen en la matrícula, pero se pagan durante toda la carrera.
El mecenas se está retirando
En Colombia, ese mecenas se llama Estado. Y se está retirando. El 30 de septiembre de 2026, el Ministerio de las Culturas aplazó para 2027 la convocatoria del Programa Nacional de Concertación Cultural, que suele apoyar unos 3.000 proyectos al año en 662 municipios. Semanas antes había aplazado los premios del Programa Nacional de Estímulos. La razón: no tenía los recursos aprobados para comprometerse.
No se trata de afirmar que el Estado deba desentenderse de las artes. Su papel es irremplazable en la formación, el patrimonio y las regiones que el mercado no alcanza. La cuestión es otra: un artista cuyo único plan de vida es la convocatoria pública queda a merced del presupuesto de turno, de la política de turno y, a veces, de la ideología de turno.
El arte también es una industria
Mientras tanto, el sector creativo crece. Según la Cuenta Satélite del DANE, la economía cultural y creativa generó 47,8 billones de pesos en 2025, el 2,89 % del valor agregado del país, y dio trabajo a más de 820.000 personas. Detrás de cada concierto, cada exposición y cada estreno hay una industria entera: productores, técnicos, diseñadores, gestores, distribuidores, plataformas.
Los jóvenes que hoy entran a una escuela de artes lo saben mejor que sus profesores, porque lo consumen todos los días. El anime japonés movió en 2024 unos 3,84 billones de yenes, más de 25.000 millones de dólares, y más de la mitad de esos ingresos vino de fuera de Japón, según la Asociación de Animaciones Japonesas. Corea del Sur exportó en 2025 más de 300 millones de dólares solo en álbumes de K-pop, y la agencia coreana de contenidos calcula que por cada 100 millones de dólares que exportan su música, sus series y sus webtoons, las ventas de cosméticos coreanos crecen 73 millones. El arte no solo se vende: arrastra a toda una economía.
Nada de eso surgió de la inspiración sola. Surgió de sistemas que unieron talento, tecnología, producción, distribución y estrategia de país.
El miedo a la máquina
Muchas escuelas miran la tecnología con desconfianza, como si contaminara la pureza del arte. Pero la tecnología ya llegó, con o sin permiso. Un estudio de la CISAC, la confederación mundial de sociedades de autores, calcula que hacia 2028 los músicos podrían perder hasta el 24 % de sus ingresos y los creadores audiovisuales el 21 % por la inteligencia artificial generativa, mientras el mercado de contenidos hechos con IA pasaría de unos 3.000 a 64.000 millones de euros. La UNESCO advierte que el 35 % de los ingresos de los creadores ya depende del entorno digital y recomienda formar a los artistas en esas herramientas.
La máquina no amenaza al artista que la entiende. Amenaza al que no sabe que existe.
El taller que olvidamos
Hay una ironía en todo esto. Los grandes maestros del Barroco fueron, a su manera, los artistas más industriosos de su tiempo. En Amberes, Pedro Pablo Rubens organizó un taller con ayudantes y colaboradores, entre ellos el joven Van Dyck, que le permitía asumir encargos a gran escala, cultivar clientes en las cortes europeas y comerciar con arte. De ese sistema salieron obras como El descendimiento de la cruz, en la catedral de Amberes, o Las tres Gracias, que hoy guarda el Prado. El Museo del Prado le dedicó en 2024 la exposición El taller de Rubens. Rubens no esperaba al mecenas: lo buscaba, lo organizaba y lo administraba.
Lo que falta en nuestras escuelas no es menos Barroco. Es el taller de Rubens.
Lo que hay detrás del escenario
En una columna anterior me pregunté qué tiene que estar funcionando detrás de los escenarios para que las artes puedan brillar. La respuesta era un ecosistema: familias, escuelas, universidades, instituciones, empresas, públicos. Hoy la pregunta es otra: ¿está el artista preparado para entender ese ecosistema y moverse en él?
Hablo con músicos de orquesta extraordinarios y a veces siento que entro en otra dimensión. No pienso mal de ellos: son el resultado de una formación que les enseñó a tocar como nadie, pero no a pensar en la sostenibilidad ni en la maquinaria cultural de un país.
Una formación a la altura de este siglo enseñaría, además de la técnica, a aprender, crear, producir, presentar, circular y profesionalizarse. Enseñaría propiedad intelectual y derechos de autor, gestión de proyectos y de públicos, producción y distribución digital, inteligencia artificial aplicada, alianzas con la ciencia, la ingeniería, el diseño y la comunicación. Y pediría a cada estudiante salir con un portafolio que muestre no solo lo que interpreta o pinta, sino lo que produce y gestiona.
De vuelta a la ceremonia
Imaginemos otra vez a la recién graduada. Sale con la misma técnica impecable, pero también con su obra registrada, un proyecto propio, una red de aliados y la tranquilidad de saber que la convocatoria del Ministerio es una oportunidad, no su única tabla de salvación.
Ese es el costo oculto que podemos dejar de pagar. No se trata de formar menos artistas, sino artistas más libres. Porque la independencia económica de un artista también es parte de su libertad creativa.
Rescoldo
Las lecciones de Rubens también viajaron por el anime. En 1872, la escritora inglesa Ouida publicó El perro de Flandes, la historia de Nello, un niño pobre que soñaba con ver los cuadros de Rubens en la catedral de Amberes, entre ellos el tríptico de El descendimiento de la cruz. En 1975, la televisión japonesa la convirtió en anime, y su último capítulo fue el más visto de toda su serie. Desde entonces, la historia es un fenómeno en Japón y lleva a sus seguidores hasta Amberes, donde una escultura de Nello y su perro Patrasche los espera frente a la catedral. Un tríptico de 1614, una novela de 1872 y un anime de 1975: cuando el arte encuentra su industria, no deja de circular.
Sobre la ilustración: El descendimiento de la cruz (1611–1614), tríptico de Pedro Pablo Rubens. Catedral de Nuestra Señora de Amberes, Bélgica.
(*) Rodrigo Velásquez Ángel es consultor en estrategia y sostenibilidad | Ejecutivo cultural, docente universitario y dramaturgo, con más de 30 años de experiencia dirigiendo y asesorando a organizaciones públicas, privadas y sociales | Magíster en Asuntos Internacionales y comunicador social de la Universidad Externado de Colombia.
