Por Rodolfo Díaz Wright

La noche que Pambelé ganó el título mundial de boxeo, me encontraba completamente solo y a oscuras, en el pequeño balcón del cuartico que compartía con Fermín Garizabal y Armando Camacho, en la calle Moor.

Para un estudiante de 21 años, arrutanado, mondado y extraño, en una ciudad extraña, era otro sábado frío y aburrido, en el que la única diversión posible, era salir del cuartico de 3 x 3 al balconcito minúsculo, a mirar la calle desierta, en la que el silencio solo era interrumpido por las sirenas de las patrullas y los acordes lejanos de los tangos, en los bares de café y aguardiente, infaltables en casi cada esquina.

Tengo que admitir que estaba preparado para una derrota más de nuestro boxeo. Las caídas de Caraballo frente a Joffre y Harada, nos habían enseñado que una cosa era ganar peleítas en la Serrezuela y otra, muy distinta, enfrentarse a campeones del mundo. El mismo Pambelé había sido vencido dudosamente, un año antes, por un chiquitico calvo, en el emblemático y abrumador Luna Park de Buenos Aires. Niccolino Loche: un hombrecito que, por la forma de esquivar los golpes, parecía más un mago que un boxeador.

La pelea estaba siendo trasmitida, por radio, por Edgar Perea, con comentarios de Meporto y, a pesar de las exageraciones nacionalistas del locutor, se veía que el campeón panameño, llevaba la ofensiva del combate. Al terminar el noveno asalto, Meporto hizo el famoso y extraño comentario que resultó premonitorio y definitivo: “El campeón mundial recibió una buena mano y se fue resentido” – dijo con su rara vocecita-. La esquina del Pambe también lo analizó y un minuto después, yo estaba saltando, solo, en mi oscuro balconcito. Una vecina paisa que no se perdía la rodada de un catre, se asomó, me miró como quien mira a un marciano y me increpó: ¿Oiga costeño y que pasó?  -Pues imagínese que ganó Pambelé -le grité. Me miró desconcertada y preguntó ¿Y luego ese quien es pues?

En realidad, el interior del país no estaba para festejar campeonatos de boxeadores desconocidos y mucho menos costeños: Apenas si habían pasado dos años desde la fatídica noche del 19 de abril de 1970. Ese domingo se elegiría el reemplazo de Carlos Lleras y la elección tenía además un ingrediente simbólico, ya que se enfrentaban el último representante del desprestigiado Frente Nacional, varias veces ministro y últimamente Embajador en Washington, Misael Pastrana, contra el expresidiario, exdictador, expresidente, excomandante de las Fuerzas Militares, Gustavo Rojas Pinilla, a la sazón candidato de la Alianza Nacional Popular ANAPO.

A las 8 de la noche el candidato Rojas Pinilla, quien además gozaba de un gran respaldo popular y de gratitud, de buena parte de los votantes pobres, aventajaba a Pastrana por 113721 votos, cifra astronómica para la época. Fue cuando el pueblo comenzó a festejar ruidosamente, que el Ministro de Gobierno Noriega, ordenó suspender todo tipo de informaciones radiales y dejó en manos de: óigase bien, la Registraduría, todo el proceso de información. En la mañana ya Pastrana ganaba por 2617 votos, cifra que aumentó lentamente hasta quedar finalmente en una diferencia de 63567 votos a favor del papá de Andrés, otro a quien también elegimos en un domingo aciago. Las protestas no se hicieron esperar y la represión tampoco. Esa misma noche Carlos Lleras decretó el tenebroso Estado de Sitio, el Toque de Queda y el arresto de Rojas Pinilla y otros dirigentes de la ANAPO.

Dos días después, ya había informes comprometedores de chocorazos y fraudes en Nariño, Sucre, Cauca y Chocó. La violencia estudiantil y obrera, se apoderaba del país y cientos de estudiantes, entre esos mi compañero, eran arrestados y desaparecidos en los socavones criminales de cárceles infrahumanas. El fantasma del infame Consejo de Guerra, comenzó a espantar hasta a los más bravos y comprometidos líderes de la protesta.

Fue entonces cuando el presidente sacó a relucir su talante mas represivo y autoritario: a las 8 de la noche del martes 21 de abril de 1970, frente a las cámaras de la borrosa televisión de época, sacó su viejo reloj de fabricación rusa, lo acercó a la pantalla y dijo: “El toque de queda se cumplirá, y quien salga a la calle será por su cuenta y riesgo y con las consecuencias de quien viola un Estado de Guerra. La gente tiene una hora para dirigirse a sus casas”.

Así que ya entienden la tristeza, la soledad y el miedo que reinaban, la noche que ganó Pambelé y porque me tocó festejar, brincar solo en mi pequeño balcón y, sobre todo, aguantarme las repelencias de la vecina paisa malcriada. Unos meses después comenzaron a circular unos mensajes enigmáticos en algunos periódicos nacionales: Parasitos …gusanos? Espere M-19. Luego aparecería el famoso grupo guerrillero que captó la atención y algunas simpatías de los colombianos, hasta su desmovilización en 1990.

Varios años más tarde, el exministro Lucio Pabón, el senador Luis Avelino Pérez y una Capitán retirado, de la Policía, informaron como se había planeado y tramitado el famoso Chocorazo. 28 años después, el mismo ministro de gobierno de la época, Carlos Augusto Noriega, publicaría: “Fraude en la elección de Pastrana Borrero” (Editorial La Oveja Negra, 1998), en el cual aceptaría y daría datos sobre la realización del fraude.

Es claro entonces, que nada de lo que pasó, pasa y seguirá pasando, es nuevo. Lo tenemos bien aprendidito y bien practicadito, para aplicarlo cada vez que sea necesario.

Por mi parte, tengo buenas razones para festejar el triunfo del Pambe en esa fecha, así sea solo: exactamente dos años después, el 28 de octubre de 1974, recibía mi grado de ingeniero y el mismo día pero 10 años más adelante, nacería uno de mis hijos.

P.D. Mi compañero fue arrancado de las garras del consejo de guerra y liberado,  en una audiencia histórica tumultuosa, en la que me tocó actuar como testigo, gracias a la actuación jurídica  impecable de ese gran humanista: Carlos Gaviria Díaz (QEPD).

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