Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Laicidad sin amnesia
Hay frases que sobreviven a los siglos. Atraviesan guerras, imperios y revoluciones; cambian de significado, pasan de una generación a otra y, algunas veces, reaparecen siglos después en lugares donde nadie imaginaría encontrarlas.
«¡Viva Cristo Rey!» es una de ellas.
Tres palabras detrás de las cuales hay una historia que comienza mucho antes de Colombia, mucho antes de España y, en realidad, mucho antes de que existiera el cristianismo.
Colombia no nació como una sociedad laica y luego construyó un Estado laico. Fue históricamente una sociedad profundamente creyente, formada en una tradición judeocristiana —fundamentalmente católica—, y con el tiempo construyó una República laica que reconoce y protege la libertad religiosa.
Esa diferencia es fundamental. Una cosa es que el Estado no tenga religión oficial y garantice a todos los ciudadanos la libertad de creer, cambiar de religión o no creer; y otra muy distinta es pretender que, para ser una República laica, Colombia tenga que desprenderse de las tradiciones que durante siglos contribuyeron a formar su cultura, su historia, sus instituciones y buena parte de su identidad.
Colombia se hizo laica sin dejar de ser, culturalmente, una sociedad profundamente marcada por Dios. Por eso resulta tan significativo que la Constitución de 1991 comience diciendo: “El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano […] invocando la protección de Dios…”
En ese sentido, la soberanía política pertenece al pueblo. El Estado no tiene religión. La libertad de conciencia y la libertad religiosa están protegidas. Pero Dios no desaparece del texto constitucional.
La paradoja es interesante: Colombia es una República laica, pero su memoria histórica no nació de la laicidad. Y ahí comienza la pregunta que gobierna esta columna: ¿Puede una República arraigada en la tradición judeocristiana ser laica sin convertirse en una República antirreligiosa?
La respuesta exige distinguir entre laicidad y amnesia.
Un Estado puede ser laico sin ser antirreligioso. Puede ser pluralista sin negar la tradición de la que procede. Porque la religión no es solamente una creencia: es también historia, cultura, arte, literatura, arquitectura, lenguaje, instituciones, símbolos, costumbres y memoria.
De Jerusalén a Colombia
En Colombia, hablar de esa memoria conduce inevitablemente a dos palabras: Dios y Cristo. Comprender por qué ambas están tan profundamente relacionadas con nuestra historia exige retroceder mucho más allá de Colombia, de España e incluso del cristianismo.
La historia comienza en Génesis, con la creación; continúa con Abraham y la alianza, con Moisés y el Éxodo, con David y los profetas y con la espera del Mesías. Mucho después, en Belén de Judea, bajo el dominio del Imperio romano, nació Jesús de Nazaret.
Era judío. Habló desde las Escrituras de Israel, vivió dentro de esa tradición y fue reconocido por sus seguidores como el Mesías, el Cristo.
Cuando murió en la cruz, sobre su cabeza apareció una inscripción:
INRI: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum — Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.
Para el poder romano, aquellas palabras estaban vinculadas a la causa de su condena. Para los cristianos, terminaron adquiriendo un significado que atravesaría los siglos: Rey.
Primero, Rey de los Judíos. Después, Cristo Rey. Y finalmente, en el Apocalipsis, Rey de reyes y Señor de señores.
Entre esas tres expresiones transcurrieron siglos de historia. Primero fue una cruz en Jerusalén; después, una pequeña comunidad perseguida; luego, un Imperio que terminó incorporando el cristianismo. Vinieron la cristiandad medieval, la Reforma, las guerras de religión, la Ilustración y, finalmente, el Estado moderno y el Estado laico.
La relación entre Dios y el poder político había cambiado para siempre. Desde entonces, la fe, la religión y el poder quedarían intrínsecamente relacionados en la historia de Occidente, incluso cuando el Estado comenzara a separarse de la Iglesia. Y fue esa historia, con sus continuidades, sus rupturas y sus contradicciones, la que cruzó el Atlántico.
De Europa llegó a América, de la mano de España, una religión, pero también una lengua, un derecho, universidades, instituciones, arte, arquitectura, música y una tradición intelectual que se encontró —no sin violencia ni contradicciones— con las civilizaciones que ya existían en este continente.
Colombia nació de ese encuentro.
Por eso sus raíces no caben en una sola religión ni pueden explicarse desde una sola mirada. En ellas están los pueblos indígenas, España, Europa, África, el judaísmo, el cristianismo católico, las tradiciones protestantes y otras expresiones culturales y religiosas.
Pero reconocer esa pluralidad no obliga a desconocer una raíz histórica fundamental. La tradición judeocristiana es anterior al catolicismo. El cristianismo nació dentro del mundo judío y, a lo largo de los siglos, judaísmo y cristianismo desarrollaron relaciones de continuidad, ruptura, conflicto y diálogo. Por eso la historia colombiana tampoco puede contar el cristianismo sin recordar su raíz judía.
Una memoria también judía
Esa raíz judía no pertenece solamente a un pasado remoto.
La presencia judía en Colombia tiene su propia historia. Comunidades sefardíes participaron tempranamente en la vida comercial del Caribe y, posteriormente, nuevas migraciones judías contribuyeron a la vida económica, urbana, educativa y cultural de distintas ciudades del país.
Reconocer esa historia no significa atribuir a un pueblo una identidad económica colectiva. Significa reconocer una experiencia de inmigración, integración, emprendimiento y aporte cultural que también forma parte de Colombia.
Por eso reivindicar lo judío en nuestro país no debería ser un gesto circunstancial ni depender de una coyuntura internacional. Es también un acto de memoria.
Y esa memoria vuelve a encontrarse con el presente.
Colombia restableció sus relaciones diplomáticas con Israel el 7 de agosto de 2026, después de la ruptura anunciada en 2024. Más allá de las posiciones que cada colombiano pueda tener frente al conflicto de Oriente Medio, el restablecimiento vuelve a colocar a Israel dentro de la agenda diplomática, económica y estratégica del país.
Pero esa relación no debería reducirse a geopolítica, comercio o cooperación. También puede ser una oportunidad para recuperar una dimensión más profunda: la relación de Colombia con la historia judía, con la cultura judía y con los colombianos de origen judío que han contribuido a construir el país.
Mantener relaciones diplomáticas con Israel significa reconocerlo como un Estado soberano y mantener abiertos con él los canales propios de una relación bilateral: el diálogo diplomático, la cooperación, el intercambio económico y cultural y la defensa de los intereses nacionales.
Cristo en una República laica
Y entonces volvemos a Colombia.
No solamente decimos «Dios bendiga a Colombia». Nuestra Constitución comienza «invocando la protección de Dios» y el propio Himno Nacional lleva esa memoria todavía más lejos:
La humanidad entera
que entre cadenas gime
comprende las palabras
del que murió en la cruz.
Dios está en el Preámbulo y Cristo, en uno de los símbolos oficiales de la República. La libertad religiosa, al mismo tiempo, está protegida por la Constitución y permite que esa memoria pueda convivir con todas las demás convicciones que forman nuestra sociedad.
No hay necesariamente una contradicción. Son capas diferentes de una misma historia.
Una República puede ser neutral frente a las creencias de sus ciudadanos sin ser neutral frente a su propia historia. El Estado debe garantizar la misma libertad a quien cree y a quien no cree; no puede imponer una religión ni convertir una tradición religiosa en condición de ciudadanía. Pero tampoco necesita reescribir su pasado para construir una falsa simetría histórica.
Puede reconocer su raíz judeocristiana y, al mismo tiempo, reconocer las raíces indígenas, africanas, europeas y las múltiples tradiciones que hacen de Colombia una sociedad plural. Reconocer una herencia no significa imponerla; conocerla no obliga a compartirla. Significa, sencillamente, hacer memoria.
Cristo Rey
Y así regresamos al principio.
Después de recorrer miles de años, volvemos a las tres palabras con las que comenzó este análisis:
«¡Viva Cristo Rey!»
Ahora podemos escucharlas de otra manera. No solamente como una expresión religiosa, sino como el eco de una historia que comenzó con una inscripción sobre una cruz y atravesó dos milenios de civilización.
La pregunta, entonces, es mucho más interesante:
¿Puede una República laica recordar a Cristo sin convertir su figura en un instrumento político para atacar un gobierno?
Creo que sí. Y precisamente porque es laica.
La laicidad no nos obliga a escoger entre la memoria y la libertad. Nos permite reconocer aquello que forma parte de nuestra historia sin convertirlo en una obligación para los demás. Nos permite hablar de Cristo, de judaísmo, de Israel y de nuestra propia tradición cultural sin que cada referencia tenga que convertirse en una declaración de adhesión política.
Tal vez ahí esté la verdadera madurez de una República pluralista: poder reconocer lo que somos sin convertir nuestra memoria en un arma contra quien piensa diferente.
Porque una tradición no pierde su valor cuando deja de ser instrumento de poder. Al contrario: puede recuperar entonces su dimensión cultural, histórica y espiritual, y volver a pertenecer a todos aquellos que quieran conocerla, estudiarla, discutirla o simplemente recordarla.
Eso también vale para Israel y para la presencia judía en Colombia. Podemos reconocer una historia compartida, fortalecer relaciones entre Estados, valorar los vínculos económicos y culturales y reivindicar la contribución del pueblo judío a nuestra sociedad sin convertir ninguna de esas cosas en una prueba de fidelidad política.
La libertad consiste precisamente en poder hacerlo sin miedo y sin imposiciones.
Quizá por eso las tres palabras del comienzo ya no necesitan explicación.
Después de atravesar siglos de historia, desde Jerusalén hasta Colombia, «¡Viva Cristo Rey!» puede ser escuchado también como el eco de una tradición que forma parte de nuestra memoria, pero cuyo significado último no corresponde al Estado ni a ningún gobierno determinar.
La República no tiene que apropiarse de Cristo. Tampoco tiene que expulsarlo de su memoria.
Tiene, simplemente, que garantizar que cada conciencia pueda decidir qué significa para ella. Y quizá esa sea la verdadera lección de una República laica: recordar sin imponer, reconocer sin excluir y convivir sin olvidar.
Por eso, desde la historia y desde la libertad de cada conciencia: ¡Viva Cristo Rey!
Y para Colombia: Dios bendiga a Colombia.
(*) Rodrigo Velásquez Ángel | Magíster en Asuntos Internacionales | Comunicador Social de la Universidad Externado de Colombia.
