Por Apolinar Moscote
Las cometas —o barriletes, como las llamamos aquí— se remontan a más de 2500 años antes de Cristo, cuando ya eran utilizadas en China. A lo largo de la historia, distintos relatos han destacado esta práctica como una forma de entretenimiento humano: atar un objeto ligero que ofrezca resistencia al viento a una cuerda y hacerlo volar.
Tradicionalmente, las cometas han sido vistas como un juego y una diversión, sobre todo para los niños. Según las lecturas que he realizado, una cometa no suele elevarse más de 40 o 50 metros, incluso con viento fuerte. Esto ocurre porque el peso de la cuerda genera una curva —lo que antes se llamaba un “seno”— que impide que siga ganando altura. Al volverse demasiado pesada, la cuerda termina por hacer descender la cometa.
Las cometas siempre han tenido su momento especial en agosto, durante las fiestas de San Lorenzo. Incluso existe un vallenato titulado Los tiempos de la cometa, que recuerda cómo, siendo niño, se pedían brisas a San Lorenzo para poder elevarlas.
Por razones obvias, nadie intenta volarlas en medio de edificios o zonas densamente pobladas: se enredan y se pierde el esfuerzo. Por eso, siempre se buscan espacios abiertos. En Cartagena, esta costumbre se volvió parte de la cultura: familias enteras acuden a La Tenaza, donde se venden y se elevan cometas como parte del entretenimiento popular.
Resulta difícil entender cómo, después de más de 120 años de aviación, apenas ahora se considere que las cometas representan un peligro para los aviones. Los nuevos concesionarios del aeropuerto, que parecen saber de todo menos de aviación, advierten que el hilo de una cometa podría estrellar un avión o incluso introducirse en él. Nadie sabe de dónde salió esa idea, pues durante décadas las cometas nunca fueron señaladas como un riesgo.
Esto recuerda la época en que, en el barrio Crespo, se prohibían las palmeras porque supuestamente interferían con los vuelos. El aeropuerto obtenía permisos y las cortaba casa por casa. Paradójicamente, hoy si uno se acerca al aeropuerto verá palmeras sembradas dentro de sus instalaciones, las mismas que antes se eliminaban.
El verdadero peligro, sin embargo, está en las aves. La Ciénaga de la Virgen es hábitat de especies migratorias que vuelan constantemente en la zona. Es un riesgo documentado y reglamentado: las aves pueden ingresar a las turbinas y provocar accidentes. Aun así, el aeropuerto sigue en la orilla de la ciénaga, donde cada día las aves cruzan el espacio aéreo.
Hoy Cartagena amanece con una nueva prohibición: otra alerta, más restricciones, como si fueran fotomultas aéreas. Una ciudad donde lo cotidiano se convierte de repente en amenaza, y donde aparece alguien dispuesto a arruinar el entretenimiento de las cometas y el sustento de quienes las venden.
En fin, ¿qué le vamos a hacer?
