Por Rubén Darío Rodríguez
Se cumplirán mañana 211 años de uno de los episodios más dolorosos de la historia de Cartagena. El sitio ordenado por Pablo Morillo, que terminó con el sacrificio de los mártires de La Heroica. Aquella ciudad, que resistió con hambre y con dignidad, quedó marcada para siempre como símbolo de lucha y de resistencia.
Hoy, dos siglos después, Cartagena enfrenta un sitio distinto, menos sangriento pero igual de cruel: el de las empresas de servicios públicos. Agua intermitente, energía costosa y una gestión que obliga a los ciudadanos a vivir como mártires modernos, pagando caro por servicios precarios. Los cartageneros, que alguna vez fueron mártires por la libertad, hoy lo son por la ineficiencia y el abuso.
La paradoja es evidente. La ciudad no puede seguir sitiada por la precariedad de lo básico. Está claro que el enemigo hoy ya no viste uniforme español, ahora se disfraza de facturas impagables y de empresas que se lucran con la necesidad y el esfuerzo de los cartageneros.
En medio de este nuevo sitio, el alcalde Dumek Turbay Paz ha asumido el papel de liberar a la ciudad. Su gestión busca recuperar la confianza y abrir espacios de dignidad, como lo demuestra la inversión en infraestructura educativa y la presión por mejorar los servicios públicos. Esta no es una batalla menor: liberar a Cartagena de este cerco significa devolverle a sus habitantes la posibilidad de vivir con calidad y esperanza.
Cartagena no puede resignarse a ser mártir eterno. La memoria de 1815 nos recuerda que la resistencia es parte de nuestra identidad, pero también que la victoria es posible. Hoy, la liberación no se mide en batallas militares, sino en la conquista de servicios públicos dignos. Ese es el verdadero desafío de La Heroica en el siglo XXI.
El sitio de 1815 nos recuerda que Cartagena fue doblegada por la fuerza militar y por el hambre, pero nunca por la falta de espíritu. Hoy, el cerco es distinto: se manifiesta en la incapacidad de acceder a servicios básicos de calidad, en la resignación de pagar facturas desproporcionadas y en la sensación de que la ciudad sigue siendo rehén de intereses ajenos a su bienestar. Los cartageneros, como entonces, resisten, pero ahora lo hacen desde la cotidianidad de un recibo de agua o de energía que se convierte en símbolo de injusticia.
En este contexto, la administración de Dumek Turbay intenta abrir una brecha de esperanza. Su apuesta por recuperar instituciones educativas, presionar mejoras en la prestación de servicios y devolver dignidad a los espacios públicos es una forma de enfrentar el nuevo sitio. No se trata de cañones ni de ejércitos, sino de decisiones políticas y de voluntad de gestión. La liberación de Cartagena pasa por romper el cerco de la ineficiencia y por devolverle a sus habitantes la certeza de que vivir en La Heroica no significa ser mártir eterno.
Cartagena cumple 211 años de aquel sitio histórico, pero sigue sitiada por problemas modernos que la condenan a la precariedad. Recordar a los mártires no es solo un acto de memoria, es también un llamado a la acción: liberar a la ciudad de sus nuevos verdugos, las empresas de servicios públicos, y construir un futuro donde la heroicidad no sea resistencia al abandono, sino la conquista de una vida digna.
