Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Cuando la realidad vuelve a poner a todos en un mismo lugar
La primera vez que escuché hablar de resiliencia fue hace algo más de veinticinco años, después del terremoto que sacudió el Eje Cafetero. Recuerdo haber leído entonces, en una revista de Avianca, un artículo sobre la manera como las sociedades enfrentan las crisis no solamente para resistirlas, sino también para aprender de ellas, corregir lo que no funciona y reconstruir mejor. La idea tenía un referente japonés que comenzaba a conocerse más ampliamente en Occidente: la crisis como un momento en el que, junto al peligro, puede aparecer también una oportunidad para transformar. El concepto se aplicaba a la situación que atravesaba Colombia y me dejó una idea que, con el tiempo, se hizo cada vez más evidente: la sociedad colombiana es profundamente resiliente.
Veintisiete años después, la tierra vuelve a recordarnos algo que nunca deberíamos olvidar: Colombia está donde está. No escogimos nuestra geografía ni nuestra geología. Vivimos entre tres cordilleras, dos océanos, volcanes, grandes ríos y una diversidad territorial extraordinaria. La misma geografía que nos hace uno de los países más diversos del planeta también determina buena parte de nuestras vulnerabilidades.
Hay realidades que no dependen de nuestra voluntad. Podemos conocerlas, estudiarlas, prevenirlas y construir de acuerdo con ellas, pero no modificarlas mediante un decreto, una ideología o un discurso. Los japoneses lo entendieron hace mucho tiempo: no pueden impedir que la tierra tiemble, por eso aprendieron a construir sabiendo que algún día volverá a hacerlo. La norma antisísmica no puede evitar el terremoto, pero sí puede atenuar sus consecuencias.
Nuestra realidad no es solamente geológica. También es social, económica, territorial e institucional. La geografía ha condicionado la manera de conectar el territorio, llevar el Estado hasta sus lugares más apartados, construir infraestructura y garantizar oportunidades. Sobre ella hemos construido una sociedad atravesada por desigualdades, conflictos y violencia. Pero muchas de esas dificultades también han sido agravadas y, en distintos momentos, convertidas en confrontaciones por la política. Desde las guerras civiles del siglo XIX y la Guerra de los Mil Días hasta la violencia partidista, el conflicto armado y las distintas formas de confrontación posteriores, nuestras diferencias políticas han tenido demasiadas veces la capacidad de transformar problemas difíciles en fracturas más profundas. Esa es otra forma de vivir en modo telúrico.
En ese largo aprendizaje fuimos capaces de suscribir la Constitución Política de 1991.
El gran acuerdo para tramitar nuestras diferencias
Ese acuerdo es una de las expresiones más importantes de ese aprendizaje colectivo. Es el resultado de una larga historia de conflictos, acuerdos y generaciones enteras intentando encontrar una manera de vivir juntos. Es, en cierto modo, nuestra norma antisísmica: no evita las sacudidas ni las fracturas, pero busca que la sociedad pueda tramitarlas sin quebrarse.
La Constitución no debería entenderse solamente como un texto jurídico. Es, ante todo, nuestro gran acuerdo para tramitar las diferencias. No elimina nuestras discrepancias. Establece las reglas dentro de las cuales podemos discrepar, competir por el poder, defender intereses distintos y resolver nuestras controversias sin convertirlas necesariamente en confrontación.
La Constitución es el puente entre la realidad que tenemos y la manera democrática de procesar nuestras diferencias. La democracia, sin embargo, no vive solamente en el texto: necesita instituciones capaces de hacerlo realidad y ciudadanos, organizaciones, universidades, empresas y medios de comunicación dispuestos a sostener ese acuerdo.
Cuando la tierra supera la política
La política importa. Pero hay momentos en que la realidad la supera. Una tragedia puede convertirse en un argumento contra el adversario, una obra pública juzgarse primero por quién la hizo y una emergencia convertirse en una disputa narrativa antes de convertirse en una tarea colectiva.
El terremoto supera todo eso. La tierra tiembla y, por un momento, la discusión cambia. Hay personas muertas, desaparecidas y heridas; familias buscando a los suyos; viviendas afectadas e infraestructura que debe ser evaluada. Hay vidas que proteger y una reconstrucción que comenzar. La primera pregunta deja de ser quién tiene la razón y pasa a ser otra, mucho más elemental: ¿qué ocurrió y qué debemos hacer?
Tal vez por eso no hay nada más democrático que un terremoto. No pregunta por quién votamos, cuánto tenemos, de dónde venimos o qué pensamos. Nos coloca, de golpe, frente a una realidad común.
Un cambio de gobierno y un cambio de ciclo
Apenas unos días antes del terremoto, Colombia había comenzado un nuevo período presidencial. El país había cambiado de gobierno y, casi inmediatamente, la tierra recordó que quien recibe un nuevo mandatario sigue teniendo las mismas condiciones fundamentales: la misma geografía, los mismos riesgos, las mismas fracturas y también las mismas posibilidades.
No es necesario convertir esa coincidencia en una señal política. Es un recordatorio de las condiciones sobre las cuales todo gobierno tiene que gobernar. Un gobierno puede cambiar las políticas y su ejecución. No puede cambiar las condiciones físicas, sociales y territoriales sobre las cuales esas políticas deben actuar. Tenemos que conocerlas, asumirlas y mantenerlas siempre en perspectiva.
El antes, el durante y el después
El terremoto también nos obliga a pensar el tiempo de otra manera.
- Antes: prevenir. Conocer el riesgo, planificar, educar, construir adecuadamente y preparar instituciones y ciudadanos.
- Durante: proteger la vida. Responder, rescatar, atender, coordinar y ayudar.
- Después: recuperar. Reconstruir viviendas, vías, hospitales, economías familiares, comunidades y confianza.
Pero hay algo más: el después de un terremoto es el antes del próximo. Reconstruir no puede significar simplemente volver a dejar las cosas como estaban. Si algo aprendimos del movimiento de la tierra es que debemos construir mejor y reducir nuestra vulnerabilidad.
La norma antisísmica de la democracia
Una sociedad tampoco debería construirse suponiendo que nunca habrá conflictos, crisis económicas, cambios políticos, desastres naturales o profundas diferencias entre sus ciudadanos. Debe construirse para resistirlos.
Una democracia viva tendrá desacuerdos, conflictos, cambios de gobierno y momentos de tensión. Lo importante es que exista una estructura capaz de absorber esas sacudidas sin quebrarse: separación de poderes, contrapesos, independencia de las instituciones, respeto por las reglas, alternancia, libertad de expresión y una ciudadanía capaz de aceptar que el adversario político no es necesariamente un enemigo.
La democracia no pretende eliminar el movimiento. Pretende evitar el colapso. Esa será una de las grandes tareas de este nuevo ciclo.
La solidaridad que aparece cuando todo tiembla
No obstante, el terremoto también ha puesto de manifiesto una fortaleza que Colombia debería reconocer. Frente a la tragedia aparece una capacidad de solidaridad que muchas veces permanece oculta detrás de nuestra polarización. Personas que no se conocen ayudan a otras que nunca habían visto. Comunidades se organizan. Empresas aportan. Voluntarios aparecen. Instituciones religiosas, sociales, académicas y públicas se movilizan. Llega cooperación internacional.
El desafío consiste en que esa solidaridad extraordinaria del durante se convierta también en cultura permanente del antes, porque prepararse es una forma de responsabilidad.
La reconstrucción exigirá las mejores mentes, pero también las mejores personas: conocimiento técnico, experiencia, capacidad de gestión e innovación, pero también integridad, transparencia y vocación de servicio. En una tragedia de estas dimensiones, la corrupción no es simplemente una falta administrativa. Es prolongar el daño.
La responsabilidad es aún mayor cuando el país recibe solidaridad internacional. Administrarla con transparencia y eficacia es una obligación con quienes sufrieron y con quienes decidieron ayudarnos. La reconstrucción será una prueba de nuestra capacidad técnica, pero también de nuestra capacidad moral e institucional.
Una Colombia con cicatrices
Y aquí aparece nuevamente aquella primera lección de resiliencia que escuché hace veinticinco años. En Japón existe una tradición de reparar la cerámica rota haciendo visibles sus fracturas. La pieza no oculta que estuvo rota: convierte sus cicatrices en parte de su historia.
Quizá Colombia pueda hacer algo parecido. No necesitamos un país sin cicatrices. Necesitamos un país capaz de convertir sus fracturas en aprendizaje.
El terremoto pasará. Las ciudades y las comunidades comenzarán a reconstruirse, pero pronto volveremos a estar en el antes. La tierra seguirá siendo la tierra y Colombia seguirá estando donde está. Habrá nuevas contingencias, nuevas pruebas, nuevas sacudidas. La pregunta no es si volveremos a ser sacudidos, sino qué tan bien estaremos construidos como sociedad cuando vuelva a ocurrir.
Quizá esa sea, en última instancia, la lección más democrática de un terremoto: por un momento, la realidad nos devuelve a todos al mismo lugar y nos recuerda que antes de decidir cómo queremos transformar el país tenemos que reconocer el país que tenemos; que antes de disputar el poder debemos asegurarnos de que las instituciones permanezcan en pie; y que antes de convertir cada diferencia en una batalla política debemos recordar aquello que compartimos.
Podemos discrepar profundamente sobre cómo construir Colombia, pero deberíamos ser capaces de ponernos de acuerdo en algo más fundamental: que la casa permanezca en pie.
