Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
Son las cinco y media de la mañana. Cartagena comienza a despertar.
El nuevo Plan de Ordenamiento Territorial es una de las principales herramientas para reducir la vulnerabilidad de Cartagena frente a los riesgos del siglo XXI.
En el puerto ya hay movimiento. Los primeros trabajadores inician su jornada mientras los buques entran y salen de la bahía. En el aeropuerto despegan los primeros vuelos del día. Las plantas de bombeo impulsan agua hacia miles de hogares. Los hospitales funcionan con normalidad. La energía fluye, la infraestructura opera y las redes que mantienen conectada la ciudad —desde el agua y el transporte hasta las telecomunicaciones e Internet— hacen posible que la vida cotidiana transcurra sin sobresaltos.
Mientras toma un café antes de salir de casa, un cartagenero enciende el televisor.
Las imágenes muestran dos terremotos recientes ocurridos en distintos países.
En una pantalla aparecen edificios colapsados, familias buscando a sus seres queridos entre los escombros y ciudades intentando comprender cómo cambió su realidad en cuestión de minutos.
En la otra, los trenes se detienen automáticamente, los sistemas de alerta funcionan y los equipos de emergencia actúan con rapidez. No porque la naturaleza haya sido menos intensa, sino porque durante décadas un país decidió prepararse para lo inevitable.
Apaga el televisor.
Mira por la ventana.
Cartagena sigue su rutina.
Entonces comprende que la diferencia no comenzó con el terremoto.
Comenzó muchos años antes.
Surge entonces una pregunta que también interpela a La Heroica:
¿Cuál de los dos caminos queremos seguir cuando enfrentemos nuestra próxima gran crisis?
Responder esa pregunta exige mucho más que reaccionar cuando ocurre una emergencia. Exige decidir, con décadas de anticipación, cómo crecerá la ciudad, qué protegerá y dónde concentrará sus inversiones. Esa es, precisamente, una de las razones por las que un Plan de Ordenamiento Territorial resulta decisivo para el futuro de Cartagena.
Todas las ciudades tienen dos maneras de relacionarse con el riesgo: esperar a que ocurra la emergencia o prepararse para reducir sus consecuencias. Japón representa una de las expresiones más avanzadas de esta segunda visión. No eliminó los terremotos; construyó instituciones sólidas, infraestructura resiliente, una cultura ciudadana de prevención y una planificación capaz de proteger la vida cotidiana.
Cartagena enfrenta amenazas distintas. Pero la lección es exactamente la misma.
¿Qué tienen en común el Canal del Dique, las murallas, el nuevo aeropuerto, el puerto y el Plan de Ordenamiento Territorial?
Todos responden a una misma pregunta:
¿Cómo reducir la vulnerabilidad de Cartagena frente a los riesgos del siglo XXI?
Las murallas fueron mucho más que una obra de ingeniería. Representaron la decisión de anticiparse a las amenazas que llegaban desde el mar. Durante siglos protegieron a la ciudad porque alguien fue capaz de pensar y planificar más allá de su propio tiempo.
Cinco siglos después, los riesgos cambiaron, pero la necesidad de anticiparse sigue siendo la misma. Si las murallas respondieron a las amenazas de su época, hoy la ciudad necesita nuevas defensas: un territorio mejor planificado, ecosistemas protegidos, infraestructura resiliente y servicios esenciales capaces de seguir funcionando cuando las circunstancias se vuelvan adversas. En ese desafío convergen asuntos tan diversos como el aumento del nivel del mar, el Canal del Dique, la protección del patrimonio, el puerto, el nuevo aeropuerto y la seguridad del abastecimiento de agua, energía y conectividad digital.
Ese es, precisamente, el propósito de un Plan de Ordenamiento Territorial.
Durante años hemos asociado el POT con mapas, normas urbanísticas y usos del suelo. Sin embargo, su alcance es mucho mayor. Es el instrumento mediante el cual una ciudad decide cómo crecer, qué proteger, dónde desarrollar su infraestructura y cómo reducir las vulnerabilidades que podrían comprometer su futuro.
En otras palabras, un POT no solo organiza el territorio; contribuye a reducir la vulnerabilidad de la ciudad y a fortalecer su capacidad para enfrentar los riesgos de su tiempo.
La vulnerabilidad no siempre es evidente. Muchas veces se acumula lentamente mientras la ciudad continúa funcionando con aparente normalidad. Decisiones que parecen pequeñas —como deteriorar los ecosistemas, descuidar la infraestructura o debilitar los servicios esenciales— pueden aumentar la exposición de la ciudad frente a futuras amenazas. Por eso, proteger el litoral, recuperar la bahía, conservar los manglares y demás ecosistemas estratégicos, fortalecer la resiliencia del puerto y del aeropuerto, garantizar la continuidad del suministro de agua y energía, preservar las telecomunicaciones y cuidar el patrimonio histórico forman parte de una misma conversación: cómo reducir la vulnerabilidad de Cartagena y fortalecer su capacidad para seguir funcionando cuando enfrente situaciones difíciles.
Los especialistas hablan de infraestructura crítica. Los ciudadanos la conocen de una forma mucho más sencilla: el agua que llega a sus hogares, la energía que enciende sus casas, el hospital que los atiende, el aeropuerto que los conecta, el puerto que mueve la economía y el Internet que hoy hace posible trabajar, estudiar y comunicarnos. Cambia el nombre; la importancia es la misma.
Ningún Plan de Ordenamiento Territorial puede anticipar todas las crisis del futuro. Pero sí puede ayudar a construir una ciudad con mayores capacidades para responder a riesgos que aún no conocemos. Esa es, precisamente, la esencia de la resiliencia.
Muy probablemente, la mayoría de los cartageneros nunca leerá un Plan de Ordenamiento Territorial. Y probablemente no sea necesario. Lo importante es que pueda vivir sus beneficios: una ciudad que responde mejor a las lluvias, protege sus ecosistemas, mantiene funcionando sus servicios esenciales, fortalece su economía y reduce su vulnerabilidad frente a los desafíos del futuro.
Cuando un POT funciona, los ciudadanos casi nunca piensan en él. Simplemente viven en una ciudad mejor preparada.
La aprobación del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial constituye un paso trascendental. Pero representa apenas el comienzo. El verdadero desafío consiste en convertir la preparación frente al riesgo en una responsabilidad compartida por autoridades, empresarios, universidades, gremios y ciudadanos.
Detrás de toda ciudad resiliente existe una arquitectura casi invisible. Tres grandes pilares sostienen la vida cotidiana mucho antes de que aparezca una emergencia: la energía, la infraestructura y las redes que mantienen conectada la ciudad. Comprender cómo interactúan será fundamental para fortalecer la resiliencia de Cartagena. Sobre ellos volveremos en una próxima columna.
Al terminar la jornada, ese mismo cartagenero regresa a casa.
Hay agua.
Hay energía.
Hay Internet. A través de la pantalla sigue las noticias: en un país continúan las labores de rescate; en otro, las autoridades evalúan el desempeño de los sistemas que permitieron reducir el impacto de la emergencia.
Los aviones continúan despegando.
Los barcos siguen entrando a la bahía.
Las murallas contemplan el mismo horizonte de hace siglos.
Todo parece normal.
Y, sin embargo, esa normalidad es el resultado de decisiones tomadas mucho antes de que comenzara este día. Las murallas protegieron a Cartagena de los riesgos del siglo XVII. El nuevo Plan de Ordenamiento Territorial debe contribuir a que Cartagena sea una ciudad menos vulnerable y mejor preparada para los desafíos del siglo XXI.
Ese es, quizás, el mayor desafío del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial: cambiar la manera en que entendemos el territorio. Dejar de verlo únicamente como un documento de usos del suelo y empezar a reconocerlo como una herramienta para proteger la vida cotidiana, reducir vulnerabilidades y construir una ciudad capaz de enfrentar los desafíos que aún no conocemos.
Las ciudades no comienzan a prepararse el día en que ocurre una crisis. Ese día simplemente descubren cuánto se prepararon antes. Porque, al final, la normalidad también se planifica.
(*) Rodrigo Velásquez Ángel es magíster en Asuntos Internacionales | Comunicador social de la Universidad Externado de Colombia.
