Por Rodrigo Velásquez Ángel (*)
«No hay fragata como un libro para llevarnos a tierras lejanas.» Emily Dickinson, poema 1286 There is no Frigate like a Book.
Emily Dickinson imaginó el libro como una fragata capaz de llevarnos a tierras lejanas. Nosotros podríamos imaginarlo como un gran tren que atraviesa el tiempo, el espacio y la experiencia humana. Otros preferirán verlo como una nave espacial rumbo a galaxias desconocidas o como una diminuta nave capaz de explorar los universos de la mente. El vehículo cambia; el viaje permanece.
Existe un tren que no aparece en ningún horario ni llega a ninguna estación física. Recorre, desde hace miles de años, el tiempo, el espacio y la experiencia humana. Sus primeros pasajeros fueron los narradores que contaban historias alrededor del fuego. Después subieron Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Austen, Dostoievski, Tolstói, Woolf, Kafka, Borges, García Márquez, Murakami y miles de escritores más. Junto a ellos viajan también sus personajes, sus lectores y las generaciones que todavía no han nacido.
Ese tren nunca ha dejado de avanzar.
Mucho antes de que el ser humano imaginara máquinas para viajar por el tiempo, ya había descubierto una forma de hacerlo. Primero fueron los relatos; luego la escritura; más tarde los manuscritos, los libros y, hoy, las pantallas. Los soportes han cambiado, pero el viaje sigue siendo el mismo. La humanidad escribe porque una sola vida no basta para aprenderlo todo: necesita conservar la experiencia, transmitirla, imaginarla y entregarla a quienes vendrán después.
Por eso escribir nunca ha consistido únicamente en registrar el pasado. También ha sido una manera de construir el futuro. Antes de que muchas ideas transformaran el mundo, alguien fue capaz de imaginarlas. La literatura ha sido uno de los grandes laboratorios donde la humanidad ha ensayado civilizaciones, explorado dilemas morales, anticipado descubrimientos y dado forma a futuros posibles. Toda gran transformación fue primero imaginable antes de ser posible.
Entonces aparece la pregunta que da origen a esta serie.
¿Para qué leer?
Leemos para recorrer el pasado, el presente y el futuro en ese tren que nunca deja de avanzar.
Cada vez que abrimos un libro compramos un tiquete. Buscamos nuestro asiento y el viaje comienza. Mientras nuestros ojos recorren las páginas, ocurre uno de los fenómenos más extraordinarios de la cultura humana: nuestra mente empieza a acoplarse con la mente del escritor.
Pero ese acoplamiento va más allá de dos personas. A través del autor nos conectamos con su época, con quienes lo inspiraron, con los personajes que creó y con las preguntas que intentó responder. Al mismo tiempo llevamos nuestro propio equipaje: recuerdos, pérdidas, esperanzas y los desafíos de nuestro tiempo. La lectura convierte todos esos mundos en un punto de encuentro.
Un libro no transporta únicamente una historia. Transporta un universo de experiencias humanas.
Durante el viaje, el tiempo deja de ser una frontera. Conversamos con quienes vivieron hace siglos como si compartieran el mismo vagón. El espacio también pierde sus límites. En unas pocas páginas podemos recorrer Troya, la Rusia imperial, Macondo, la Cartagena colonial o una ciudad del futuro. Incluso la materia parece ceder. Mientras el cuerpo permanece inmóvil, la conciencia atraviesa épocas, geografías y vidas que jamás podría recorrer por sí sola.
Ninguna otra tecnología creada por el ser humano ha permitido un desplazamiento semejante de la conciencia.
Por eso el mayor valor de la lectura no consiste en acumular información. Consiste en ampliar nuestra capacidad de comprender: comprender mejor a las personas, las instituciones, las sociedades y también a nosotros mismos. De esa comprensión nacen el juicio para decidir, la imaginación para crear, la empatía para convivir y el pensamiento crítico para distinguir entre la verdad, el error y la manipulación.
Toda capacidad que no se ejercita termina debilitándose. Cuando dejamos de leer, el viaje se detiene. Nuestro mundo empieza a reducirse a la experiencia inmediata y a los relatos que otros construyen por nosotros. Disminuye la posibilidad de imaginar alternativas, comprender perspectivas distintas y participar conscientemente en la gran conversación de la humanidad.
La lectura acompaña todas las etapas de la vida, pero adquiere un valor especial en la madurez y la vejez. Mientras conservemos la curiosidad y el deseo de comprender, el viaje continúa. Nada hay más triste que llegar al final del recorrido creyendo que ya no quedan estaciones por descubrir.
Existe otro error frecuente: pensar que para convertirse en lector hay que empezar por los grandes clásicos o por los libros más difíciles. Nadie emprende un largo viaje comenzando por la cima de una montaña. Cada lector encuentra el tren en una estación distinta. Lo importante no es desde dónde abordamos, sino mantener viva la disposición a viajar.
Ese es el propósito de Literatura Aplicada. No leeremos para acumular títulos ni para exhibir erudición. Leeremos para descubrir qué capacidades desarrolla cada obra y cómo esos viajes nos ayudan a comprender mejor el mundo y nuestro lugar en él. Porque escribir permitió que la experiencia humana sobreviviera al tiempo; leer la convierte nuevamente en un flujo vivo de conciencia, donde las voces de otras épocas atraviesan nuestra mente, dialogan con nuestra propia experiencia y continúan su viaje hacia quienes vendrán después.
Cada vez que dos conciencias se acoplan a través de una historia, el viaje continúa. Quizá esa sea la respuesta más sencilla a la pregunta que da origen a esta serie: leemos para ampliar la vida y ensanchar las fronteras de la existencia.
En la próxima entrega seguiremos avanzando por este recorrido. Si todos podemos abordar ese gran tren de la humanidad, la verdadera pregunta ya no será por qué leer, sino cómo leer para comprender realmente. Descubriremos una propuesta que llamaremos Leer en 3D, una forma de viajar no solo por las historias, sino también por sus significados y por las transformaciones que producen en quien las lee.
(*) Dramaturgo, Magíster en Asuntos Internacionales, Comunicador Social | Universidad Externado de Colombia | Instagram: @buenavistasocialbook | Substack: @rodrigovelasquez1
