En tiempos donde la opinión se ha convertido en moneda corriente, abundan artículos y columnas que, más que informar, buscan imponer percepciones. El problema no es opinar —la Constitución lo ampara—, sino hacerlo desde la improvisación, sin rigor ni sustento, como si la credibilidad viniera únicamente del nombre o del cargo de quien habla. Esa práctica ha deteriorado la confianza en los medios y amenaza con llevarnos a un escenario donde nadie crea en nada.
Hoy cualquiera con nombre o cargo suelta opiniones en redes o columnas y pareciera que por eso ya tienen que ser creídas. El resultado: un ruido constante que desgasta la confianza en los medios y en la gente que los consume. Opinar es un derecho, sí, pero hacerlo sin datos ni análisis solo alimenta la confusión.
En Cartagena se repite la cantaleta de que las obras de infraestructura no sirven para el desarrollo social. Pero las cifras oficiales dicen otra cosa: la pobreza monetaria bajó 9.5 puntos en tres años y la extrema casi 5. Eso no se logra con discursos, se logra con inversión, empleo y políticas que sí están funcionando. Tres puntos menos en pobreza multidimensional también son prueba de que algo se está moviendo.
La ciudad sigue siendo pobre, nadie lo niega. Pero tampoco se puede tapar el sol con un dedo: los resultados están ahí y son medibles. Lo que falta no son más frases altisonantes ni opinadores que creen descubrir el agua tibia, sino voces coherentes que hablen con cifras en la mano. Porque el verdadero desarrollo no se mide en titulares fáciles, sino en cambios reales en la vida de la gente.
Cartagena necesita menos discursos improvisados y más análisis serio. La crítica es válida, pero que sea con datos, no con percepciones. Solo así la conversación pública dejará de ser ruido y empezará a ser construcción.
No se trata de negar que Cartagena arrastra problemas históricos de pobreza y desigualdad. Eso está claro y nadie lo discute. Pero insistir en que nada cambia, que todo sigue igual, es desconocer los avances que sí se han logrado. Reducir la pobreza extrema en casi cinco puntos no es un detalle menor, es un golpe directo a la miseria que por décadas ha marcado a la ciudad.
El punto es que la conversación pública necesita más seriedad. No basta con repetir frases hechas ni con alimentar la narrativa de que todo está mal. Si hay críticas, que vengan acompañadas de cifras, de estudios, de datos verificables. Porque de lo contrario, lo único que se logra es sembrar desconfianza y ruido, y Cartagena no puede darse ese lujo.
La ciudad está cambiando, aunque no al ritmo que todos quisiéramos. Y ese cambio merece ser contado con coherencia, sin exageraciones ni negaciones. Los opinadores de ocasión deben entender que la credibilidad no se gana con titulares fáciles, sino con argumentos sólidos. Cartagena necesita voces que construyan, no que repitan la misma letanía de siempre.
