La noticia del posible traslado del general Peña, actual comandante de la Policía Metropolitana, encendió las alarmas en Cartagena. No porque sea extraño —los relevos en la institución son frecuentes— sino porque su gestión ha logrado consolidar un equipo sólido entre la policía, la ciudadanía y el distrito, con planes concretos y resultados palpables en la lucha contra el crimen.
En los barrios, la rotación constante de comandantes de los CAI es ya una rutina: llegan jóvenes oficiales recién egresados, se reúnen con líderes comunitarios, escuchan las mismas historias de atracos y problemas de movilidad, y justo cuando empiezan a conocer el territorio… son trasladados. Esa falta de empalme obliga a empezar de cero una y otra vez, debilitando la continuidad de las acciones locales.
A nivel de ciudad, sin embargo, el trabajo del general Peña ha marcado diferencia. Los indicadores de homicidio, hurto y extorsión muestran una tendencia a la baja, y la seguridad ha dejado de ser el tema dominante en la conversación pública. Cuando la ciudadanía deja de hablar de un problema, es porque empieza a sentir que está bajo control.
Por eso preocupa que un cambio abrupto interrumpa el proceso. La seguridad no se resuelve en semanas: requiere planes estructurales, logística, apoyo institucional y tiempo. Cartagena ha avanzado en esa dirección y sería un error perder el ritmo justo cuando los resultados comienzan a consolidarse.
Si el traslado se confirma, lo mínimo que se espera es un empalme serio, responsable y bien hecho. Que el nuevo comandante no llegue a improvisar, sino a continuar lo que ya funciona. Porque la ciudad necesita estabilidad, y porque la seguridad —ese bien tan frágil— no puede depender de la suerte de un relevo.
La ciudadanía ha demostrado que valora la continuidad y los resultados más allá de los nombres. El respaldo que recibió el general Peña de gremios, líderes y habitantes es prueba de que la confianza se construye con hechos y no con discursos. Esa confianza no debería ponerse en riesgo por la rigidez de los relevos institucionales, sino aprovecharse para consolidar lo que ya está funcionando.
En definitiva, Cartagena necesita que la seguridad deje de ser un péndulo que oscila con cada traslado. La ciudad merece un proceso estable, con empalmes serios y con comandantes que lleguen a sumar, no a improvisar. Porque cuando la seguridad avanza, todo lo demás —empleo, ingresos, vivienda— también tiene espacio para crecer. Y ese es el verdadero reto: que el cambio de mando no signifique retroceso, sino continuidad en el camino que ya empieza a dar frutos.
