Por: Arq. William Eduardo De La Hoz Córdoba
Cartagena atraviesa uno de los momentos más importantes de su historia reciente y, paradójicamente, pocos ciudadanos son conscientes de ello. Mientras avanza la formulación del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT), se está definiendo cómo crecerá, se organizará y funcionará la ciudad durante las próximas décadas.
Muchos creen que el POT es un documento reservado para arquitectos, ingenieros o abogados. Nada más alejado de la realidad. Es el instrumento que más influirá en la vida cotidiana de todos los cartageneros, porque de él dependerán la movilidad, los servicios públicos, los parques, los colegios, la protección ambiental, las zonas donde podrá crecer la ciudad y, en definitiva, la calidad de vida de las futuras generaciones.
Pero la Cartagena de hoy ya no es la misma de hace veinticinco años. Su población ha aumentado, el parque automotor se ha multiplicado, las necesidades de infraestructura son mayores y el cambio climático plantea nuevos desafíos. Pretender responder a esa realidad con las mismas herramientas del pasado sería desperdiciar una oportunidad histórica.
Por eso, el nuevo POT debe ser mucho más que una actualización de normas. Debe convertirse en una verdadera visión de ciudad.
El primer gran reto consiste en mirar hacia los barrios que ya existen. Durante años hemos hablado de expansión urbana, mientras numerosos sectores consolidados esperan inversiones que mejoren su calidad de vida. Rehabilitar un barrio no significa reemplazarlo; significa recuperar sus parques, renovar sus andenes, sembrar más árboles, mejorar sus espacios públicos, fortalecer sus equipamientos comunitarios y hacer que vuelva a ser un lugar agradable para vivir.
Al mismo tiempo, debemos evitar que los errores del pasado se repitan. Cartagena no puede seguir permitiendo que nuevos sectores se consoliden sin el debido cumplimiento de las normas urbanísticas, sin capacidad suficiente de servicios públicos, sin espacio público adecuado y sin un seguimiento oportuno por parte de las autoridades. Planificar siempre será menos costoso que corregir.
La movilidad constituye otro de los grandes desafíos.
Con frecuencia atribuimos la congestión únicamente al aumento del número de vehículos. Sin embargo, buena parte del problema radica en que la ciudad creció sin una estructura vial preparada para soportar ese desarrollo. El nuevo POT debería proyectar la Cartagena de los próximos cincuenta años, definiendo desde ahora las grandes carreras y transversales que conformarán la columna vertebral de la ciudad, preservando esos corredores para que el crecimiento futuro ocurra de manera ordenada y con capacidad suficiente.
Igualmente, importante será proteger desde hoy los terrenos que mañana necesitará Cartagena para construir nuevas avenidas, grandes parques, hospitales, colegios, terminales de transporte y demás equipamientos estratégicos. Una ciudad con visión no espera a necesitar el suelo para buscarlo; lo reserva antes de que desaparezca bajo nuevas construcciones.
Pero la movilidad del futuro no puede depender únicamente de construir más vías.
Será necesario fortalecer el transporte público, aprovechar mucho mejor el enorme potencial del transporte acuático e integrar los diferentes modos de desplazamiento mediante terminales donde un ciudadano pueda dejar su vehículo o motocicleta y continuar su recorrido en transporte público o por vía acuática.
También vale la pena estudiar soluciones innovadoras como los Estacionamientos Comunitarios de Proximidad, ubicados estratégicamente cerca de zonas residenciales para reducir la ocupación permanente de calles y andenes, devolviendo ese espacio a los peatones y mejorando la convivencia en los barrios.
A ello podrían sumarse sistemas inteligentes de movilidad, capaces de coordinar semáforos, monitorear el tráfico en tiempo real y hacer más eficiente la circulación, así como centros logísticos donde la distribución de mercancías pueda organizarse sin que vehículos pesados congestionen permanentemente los sectores residenciales.
Todas estas herramientas persiguen un mismo objetivo: lograr que la ciudad funcione mejor, que las personas pierdan menos tiempo en sus desplazamientos y que Cartagena pueda crecer sin sacrificar la calidad de vida de sus habitantes.
También será necesario reflexionar sobre el crecimiento del parque automotor. Miles de familias encuentran en el transporte una fuente legítima de empleo y desarrollo económico. Por ello, cualquier política futura deberá buscar un equilibrio entre la capacidad de la infraestructura vial, las necesidades de movilidad y la realidad económica de la ciudad. Regular sin ofrecer alternativas difícilmente resolverá el problema; planificar con visión sí puede hacerlo.
Finalmente, ningún POT será exitoso si la participación ciudadana termina el día de su aprobación. Quienes habitan los barrios conocen mejor que nadie sus fortalezas y necesidades. Escuchar esa experiencia y convertirla en parte permanente del seguimiento al Plan fortalecerá la confianza entre la ciudadanía y las instituciones.
Dentro de pocos meses el Concejo Distrital debatirá un documento técnico. Pero, en realidad, estará decidiendo la ciudad que heredarán las futuras generaciones.
Ojalá ese debate trascienda las diferencias políticas y se concentre en construir una Cartagena más organizada, más conectada, más sostenible y más humana.
«Las ciudades no se juzgan por los edificios que levantan, sino por la calidad de vida que ofrecen a quienes las habitan.”
