La izquierda se considera dueña de la verdad. Ese es el mensaje que se desprende cuando se afirma que, si la derecha gana, Colombia se incendiará. Bajo esa lógica, no hay espacio para la pluralidad ni para la alternancia: solo existe una opción válida y cualquier otra es presentada como una amenaza. Esa narrativa no solo es peligrosa, sino que erosiona los fundamentos mismos de la democracia.
La democracia se construye sobre la pluralidad de ideas, sobre la posibilidad de alternancia y sobre el respeto a las diferencias. Pretender que solo una corriente política tiene legitimidad, y que cualquier otra representa el caos, equivale a reducir la ciudadanía a un rebaño de borregos que debe seguir sin cuestionar lo que se le ordena.
El problema no es que la izquierda defienda su proyecto —eso es legítimo—, sino que lo haga bajo la amenaza de que cualquier alternativa es inviable. Esa lógica convierte la política en un chantaje emocional: o aceptas lo que decimos, o el país se derrumba. Y en ese terreno, la discusión deja de ser sobre propuestas y se convierte en un ejercicio de miedo.
Colombia necesita superar esa visión binaria. Ni la izquierda ni la derecha tienen el monopolio de la verdad, y ambas deben someterse al escrutinio ciudadano. La alternancia no es un riesgo, es una garantía de que el poder no se enquista. Lo que incendia al país no es el triunfo de una corriente distinta, sino la incapacidad de aceptar que la democracia implica perder y volver a competir.
La ciudadanía merece respeto. No se le puede tratar como masa obediente, ni se le puede imponer la idea de que solo existe un camino. El verdadero incendio sería renunciar a pensar, a debatir y a elegir libremente.
La política no puede reducirse a una narrativa de miedo. Cuando se afirma que “si gana la derecha, Colombia se incendiará”, lo que se está sembrando es la idea de que el ciudadano no tiene derecho a elegir libremente, porque cualquier decisión distinta a la que dicta la izquierda sería un error fatal. Ese discurso erosiona la confianza en las instituciones y convierte la democracia en un terreno de amenazas, no de propuestas.
El verdadero reto está en recuperar la capacidad de debatir sin imposiciones. Colombia necesita que sus partidos, de izquierda o de derecha, presenten proyectos claros, viables y respetuosos de la pluralidad. La democracia no se fortalece con discursos de miedo, sino con la certeza de que el poder puede cambiar de manos sin que el país se derrumbe. La alternancia es un derecho, no una amenaza, y defenderla es la única manera de garantizar que la ciudadanía no sea tratada como un rebaño, sino como un pueblo libre que decide su destino.
