Cartagena ha sido víctima durante décadas de la indecisión y la lamentación. Nos hemos acostumbrado a mirar hacia atrás, a señalar lo que “debió hacerse” y nunca se concretó, como si la nostalgia fuera suficiente para construir futuro. Esa actitud pusilánime nos condenó a la postración.
La llamada sociedad del cangrejo, que avanza un paso y retrocede dos, convirtió la planeación en un ejercicio de retórica sin resultados. Se multiplicaron los diagnósticos y las opiniones, pero las obras brillaron por su ausencia.
Durante cuarenta años, lo único que se hizo fue opinar. Grandes visionarios se presentaron como salvadores, pero en realidad se limitaron a discursos interminables que nunca se tradujeron en acción. Cartagena quedó huérfana de decisiones y liderazgo.
Hoy, sin embargo, la ciudad vive un cambio palpable. Las obras que se ejecutan no son promesas en maqueta ni discursos en carreta: son realidades que transforman barrios, protegen vidas y fortalecen el sentido de pertenencia de los cartageneros.
La ciudadanía celebra con orgullo la transformación que se refleja en infraestructura, espacios públicos renovados y proyectos que apuntan a mejorar la calidad de vida. Este es el tiempo de la acción, no de las disquisiciones bizantinas que solo sirvieron para frenar el desarrollo.
La verdadera pregunta que debemos hacernos es: ¿qué aportan los opinadores, indecisos y cuestionadores a una ciudad huérfana de decisiones, liderazgo y recursos? La crítica estéril no construye, solo retrasa.
Cartagena necesita manos firmes que construyan, líderes que decidan y ciudadanos que acompañen. La historia reciente nos demuestra que las grandes visiones sin ejecución no son más que espejismos.
Como bien lo expresó Lope de Vega en el siglo XVI, “obras son amores y no buenas razones”. Esa frase, tan vigente hoy, es la respuesta que Cartagena debe dar a quienes se oponen al desarrollo o pretenden frenar la transformación con argumentos vacíos.
Las obras no son solo cemento y acero: son dignidad, son futuro, son la prueba tangible de que la ciudad se levanta frente a la adversidad. Son la evidencia de que Cartagena puede superar la postración y convertirse en un referente de progreso y resiliencia.
El tiempo de las indecisiones ha terminado. Cartagena está cambiando, y ese cambio merece ser defendido y celebrado. No más lamentos ni excusas: el tiempo de las obras ha llegado, y con ellas, la oportunidad de transformar la historia de una ciudad que por demasiado tiempo estuvo condenada a esperar.
